F
Fausto Segovia Baus
Guest
Los fanatismos llevan a extremismos. Se presentan en varios órdenes de la vida -la política, el deporte, la religión, la ciencia y la cultura- que se amplifican a través de los medios de comunicación y las tecnologías. En el mundo actual esta tendencia se ha agudizado por los mensajes que recibimos y reenviamos, por influencia de la sociedad audiovisual y sus aplicaciones.
Mario Vargas Llosa reconocía en el ensayo “La Civilización del Espectáculo”, que en la sociedad contemporánea se destaca la trivialización de las artes, la frivolidad en la política y el triunfo del periodismo amarillista. El autor invita a reflexionar sobre el fanatismo, con impactos severos de la cultura del entretenimiento en la vida diaria y la falta de compromiso con la realidad. Vargas Llosa critica la desaparición de la figura del intelectual en el debate público y la superficialidad, que ha permeado todos los ámbitos de la vida cultural y política.
¿Qué es el fanatismo? Es una actitud de adhesión y defensa incondicional de una persona, doctrina, religión u otra causa, caracterizada por una pasión extrema que anula el sentido crítico y puede llevar a la intolerancia e incluso a conductas irracionales o violentas. El fanático se distingue de un simple seguidor fiel, porque implica una defensa desmedida e irracional de pensamientos y creencias, que pueden llevar a acciones que atentan contra el sentido común y los valores democráticos de diálogo y tolerancia.
Los fanáticos se multiplican por millones. Basta observar el griterío en las asambleas legislativas, en los estadios, en los desfiles e incluso en ámbitos familiares. Las personas se niegan a escuchar puntos de vista distintos, pese a las evidencias y argumentos en discusión. ¿Por qué se presentan estas actitudes fanáticas, cómo reconocerlas, comprender sus raíces y diseñar prácticas conciliadoras?
En nuestras relaciones encontramos a menudo personas cerradas, intolerantes y extremas en sus posiciones políticas o religiosas. Estas posturas rígidas delatan raíces emocionarles profundas, traumas o rupturas no superadas. El primer paso es escucharlas y luego entenderlas para intentar mejorar esas relaciones con madurez.
Las características de los fanatismos son la exclusividad, creencia como la única válida o verdadera; la intolerancia, rechazo o desprecio hacia opiniones diferentes, a veces con hostilidad; la emoción intensa, la razón queda eclipsada por sentimientos fuertes (ira, miedo, orgullo); la identidad ligada o la idea del fanatizado pasa a ser parte central de la identidad personal; y, la resistencia ante la evidencia, cuando los datos, hechos o argumentos contrarios raramente cambian la postura.
Los ejemplos son patéticos: en los deportes, el supuesto robo de goles, la traición, la discriminación; en la política, las “certezas inquebrantables”, cuando se defienden las ideas con obsesiones y negación de hechos comprobados; en la religión, si la fe se convierte en dogma absoluto y justifica la persecución o discriminación; en la ciencia y tecnología, cuando personas defienden a ultranza una teoría, una aplicación o dispositivo sin admitir fallos; y, los fandoms (en español, este anglicismo puede sustituirse por “aficionados”, “fanaticada” o “comunidad fan”), cuando los fans atacan a quien critica, y también a periodistas o líderes de opinión que piensan diferente.
Las señales del fanatismo son múltiples. Ante tales signos la idea central es promover el pensamiento plural, practicar la tolerancia y el diálogo, y responder a los fanáticos con la no violencia activa. Recordemos que el fanatismo disfraza la agresividad y la violencia simbólica, porque en todos los casos es una expresión de debilidad e inmadurez.
¡El fanatismo del bien común podría ser la nueva utopía!
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Mario Vargas Llosa reconocía en el ensayo “La Civilización del Espectáculo”, que en la sociedad contemporánea se destaca la trivialización de las artes, la frivolidad en la política y el triunfo del periodismo amarillista. El autor invita a reflexionar sobre el fanatismo, con impactos severos de la cultura del entretenimiento en la vida diaria y la falta de compromiso con la realidad. Vargas Llosa critica la desaparición de la figura del intelectual en el debate público y la superficialidad, que ha permeado todos los ámbitos de la vida cultural y política.
¿Qué es el fanatismo? Es una actitud de adhesión y defensa incondicional de una persona, doctrina, religión u otra causa, caracterizada por una pasión extrema que anula el sentido crítico y puede llevar a la intolerancia e incluso a conductas irracionales o violentas. El fanático se distingue de un simple seguidor fiel, porque implica una defensa desmedida e irracional de pensamientos y creencias, que pueden llevar a acciones que atentan contra el sentido común y los valores democráticos de diálogo y tolerancia.
Los fanáticos se multiplican por millones. Basta observar el griterío en las asambleas legislativas, en los estadios, en los desfiles e incluso en ámbitos familiares. Las personas se niegan a escuchar puntos de vista distintos, pese a las evidencias y argumentos en discusión. ¿Por qué se presentan estas actitudes fanáticas, cómo reconocerlas, comprender sus raíces y diseñar prácticas conciliadoras?
En nuestras relaciones encontramos a menudo personas cerradas, intolerantes y extremas en sus posiciones políticas o religiosas. Estas posturas rígidas delatan raíces emocionarles profundas, traumas o rupturas no superadas. El primer paso es escucharlas y luego entenderlas para intentar mejorar esas relaciones con madurez.
Las características de los fanatismos son la exclusividad, creencia como la única válida o verdadera; la intolerancia, rechazo o desprecio hacia opiniones diferentes, a veces con hostilidad; la emoción intensa, la razón queda eclipsada por sentimientos fuertes (ira, miedo, orgullo); la identidad ligada o la idea del fanatizado pasa a ser parte central de la identidad personal; y, la resistencia ante la evidencia, cuando los datos, hechos o argumentos contrarios raramente cambian la postura.
Los ejemplos son patéticos: en los deportes, el supuesto robo de goles, la traición, la discriminación; en la política, las “certezas inquebrantables”, cuando se defienden las ideas con obsesiones y negación de hechos comprobados; en la religión, si la fe se convierte en dogma absoluto y justifica la persecución o discriminación; en la ciencia y tecnología, cuando personas defienden a ultranza una teoría, una aplicación o dispositivo sin admitir fallos; y, los fandoms (en español, este anglicismo puede sustituirse por “aficionados”, “fanaticada” o “comunidad fan”), cuando los fans atacan a quien critica, y también a periodistas o líderes de opinión que piensan diferente.
Las señales del fanatismo son múltiples. Ante tales signos la idea central es promover el pensamiento plural, practicar la tolerancia y el diálogo, y responder a los fanáticos con la no violencia activa. Recordemos que el fanatismo disfraza la agresividad y la violencia simbólica, porque en todos los casos es una expresión de debilidad e inmadurez.
¡El fanatismo del bien común podría ser la nueva utopía!
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