Xenofobia

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Marcos Vaca

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La captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores por parte de las fuerzas de Estados Unidos el 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la política venezolana y una ola de reacciones en el mundo. La operación militar, bautizada por Washington como parte de su lucha contra el “narcoterrorismo”, terminó con la presencia de Maduro ante un tribunal federal en Manhattan, donde ambos se declararon no culpables de múltiples cargos relacionados con tráfico de drogas y conspiraciones.

Más allá de las implicaciones geopolíticas y legales de este acontecimiento, han emergido reacciones preocupantes en redes sociales y espacios de opinión pública, donde afloran discursos que bordean —y en algunos casos caen de lleno en— la xenofobia.

Según la Real Academia Española, la xenofobia se entiende como la “fobia a lo extranjero o a los extranjeros”: una aversión u hostilidad hacia personas percibidas como ajenas por su origen nacional o cultural. Aunque la definición implica miedo, su uso contemporáneo describe también el odio o la repugnancia hacia grupos percibidos como diferentes. Esta dinámica no está exenta de responsabilidades colectivas y debe examinarse con honestidad crítica.

No es una exageración afirmar que, en publicaciones relacionadas con el impacto de la captura de Maduro, algunos comentarios de internautas han cruzado líneas de respeto.

En Ecuador, por ejemplo, tras una nota publicada por EL COMERCIO el 3 de enero en Instagram sobre el festejo de venezolanos residentes en Quito en la avenida Naciones Unidas, sobresalió una cantidad preocupante de expresiones hostiles. No todas las voces buscaron reflexionar; muchas se limitaron a reproducir estereotipos, insultos o descalificaciones basadas exclusivamente en la nacionalidad de quienes celebraban. Ese tipo de reacciones no solo distorsionan el debate, sino que revelan un tejido social que, en algunos segmentos, parece haber perdido empatía.

La xenofobia no nace en el vacío. En Ecuador, como en otros países, ha existido siempre un nudo de tensiones alrededor de la migración venezolana, que data de años y ha sido alimentado por percepciones de inseguridad, competencia laboral y discursos que enfatizan lo ajeno como amenaza. Estudios sobre la migración venezolana señalan que no es raro que la percepción de “invasión” o de “riesgo para la seguridad” se traduzca en rechazo social, aun cuando no exista evidencia objetiva que lo respalde plenamente.

Los datos sobre la migración venezolana en Ecuador respaldan esa complejidad. 440 450 venezolanos viven en el país y seis de cada diez sin papeles. Llegaron por la crisis prolongada en Venezuela. Según estimaciones de organismos especializados. Los migrantes enfrentan barreras para acceder a empleo formal, servicios de salud y educación.

Esta situación, lejos de simplificarse en narrativas de “invasión”, compone una realidad humana y estructural que merece comprensión, diálogo y políticas públicas integrales.

La aversión a lo extranjero, el rechazo generalizado hacia quienes comparten nuestras calles, trabajos o servicios, es una forma de violencia simbólica que daña la cohesión social. Cuando se insulta, se excluye o se atribuyen generalizaciones negativas a todos los migrantes por las acciones de una minoría, se está alimentando una narrativa que no solo es injusta, sino profundamente dañina para una sociedad diversa.

Es difícil dar una explicación única a por qué ocurren estas oleadas de intolerancia. Parte de ello puede surgir de la incertidumbre económica, de miedos que se proyectan sobre grupos vulnerables o de construcciones mediáticas que enfatizan lo conflictivo. Incluso por comportamientos de individuos que hacen quedar mal a su nacionalidad.

Pero la respuesta no puede ser simplista ni tampoco puede refugiarse en la ideología para evitar el análisis. Lo que se necesita es una conversación honesta sobre los valores que queremos sostener como sociedad.

La empatía aparece como una palabra clave en esta reflexión. Si la exigimos para que se respete a quienes huyen de condiciones difíciles —como ocurre en Estados Unidos mismo, que enfrenta una crisis migratoria compleja—, también debemos practicarla aquí. Todos hemos sido migrantes en algún momento de la historia —individual o colectivamente—, o tenemos familiares o ancestros que lo fueron. La memoria de esas experiencias debería nutrir una cultura pública más respetuosa y menos reactiva.

No obstante, la xenofobia no se limita a la actitud de individuos aislados; también es un síntoma de fallas institucionales y narrativas políticas que no ofrecen marcos de integración ni mecanismos que permitan a la sociedad procesar cambios demográficos con dignidad.

Frente a esto, la empatía —entendida como la capacidad de ponerse en el lugar del otro— no es una banalidad, sino una condición para pensar políticas públicas que respondan a realidades complejas sin deshumanizar a los más vulnerables.

La captura de Maduro, con todas sus repercusiones, nos enfrenta no solo a un acontecimiento geopolítico de alta tensión, sino también a cómo reflexionamos y actuamos frente a la alteridad en nuestras propias comunidades.

La respuesta a ese desafío puede definir, en buena medida, la calidad moral y cívica de nuestras sociedades en este 2026 que apenas comienza.

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