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Marco Antonio Rodríguez
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Vida y obra de Johannes Vermeer (Países Bajos, 1632-1675) han transitado por el limbo de la incertidumbre a lo largo de los siglos. ¿Existió o no? ¿El arte que se le atribuye fue de él? No obstante, allí está la treintena y más cuadros que dejó y que nos obnubilan: testimonio soberbio de uno de los pintores más admirados de la historia.
La joven del sombrero rojo, 1666. El rostro destella luz de otros mundos, labios rojo escarlata armonizan con el amplio sombrero y los encajes blancos de su cuello, ambos en actitud de vuelo. Los ojos atesoran pasiones, llamaradas que ofuscan, arrebatan y ahuyentan.
La perla de Vermeer –elemento recurrente de su obra– alucina en su oído. Ocres de tierra y rojos contrastan con el azul oscuro de su vestido. ¿Por qué esta hermosa mujer “del sombrero rojo” da la sensación de una actitud de vuelo? Quizás porque su autor sentía que la vida es una aventura o no es nada. ¿Hay otras obras suyas que confirmen que no solo fue “el pintor del sosiego y la quietud”? Creo que sí: Muchacha leyendo una carta frente a la ventana, 1657, o Militar y muchacha riendo, 1658.
Tracy Chevalier (Estados Unidos, 1962) es autora de novelas históricas. Alcanzó su consagración con La joven de la perla, cuyo argumento gira en torno de la obra insignia atribuida a Vermeer. Decidió escribir la novela al conocer el intrincado entramado que rodea a la pintura: su prodigiosa resolución formal y el enigmático itinerario tanto del propio artista como de su creación.
Esta novela acrecentó admiradores, plagiadores, detractores de la obra e inspiró una película, así como innumerables ensayos y artículos sobre el mítico cuadro y su autor.
Cine y arte pictórico se conjugan y no han sido pocos los cineastas prosélitos de los grandes maestros de la pintura. Eisenstein plasmó en sus ensayos su devoción por Goya, Ensor, van Gogh, Daumier y sostenía que El Greco fue “precursor del montaje cinematográfico” (Ortiz y Piqueras, 1995).
Se desconoce la fecha exacta de nacimiento de Vermeer, aunque existe un supuesto registro de su bautismo, cuya autenticidad es discutida. Tuvo 14 hijos y pintó poco: se le atribuyen con certeza 36 cuadros. Para sostener a su numerosa familia, ejerció como tasador y comerciante de arte, además de arrendador de una hostería heredada.
Según Norbert Schneider (2000), su taller se reducía a “una mesa de roble, dos caballetes y tres paletas”. Esa mesa devino en leitmotiv de su parva creación pictórica.
Vermeer pintaba apenas dos cuadros por año, en una búsqueda incesante de la perfección. Quizás lo más difícil de alcanzarla sea no saber si se ha llegado a ella. Después de su muerte se diría que había logrado con su oficio “el hechizo de la perfección”.
Personajes, estancias, tapices, mapas, cortinas, ventanas, cartas… erigen el mundo de Vermeer. Atrapó la luz y retozó con ella, adelgazándola hasta tornarla en oro hiriente que se filtra en los intersticios de sus cuadros, menguándola para pintar atardeceres o encarnándola en sus personajes.
Dama en amarillo escribiendo, 1665. Solo la mano sostiene la pluma sobre la hoja limpia. Medio de comunicación extinto y remoto, la carta. En el fuero íntimo del observador, esa carta habla de amor. ¿Una joven que es sorprendida mientras escribe a su amante lejano? ¿Arrebato invocando su retorno? ¿Despedida? Como dice Walter Benjamin: “Son las imágenes que nos seducen a diario las que constituyen nuestra propia memoria y, más aún, nuestra propia subjetividad”.
Hay quienes sostienen que el artista fue una ficción y que su obra pertenece en realidad a un eremita que jamás quiso darse a conocer, como acto de penitencia por sus pecados. Este asceta había sido un aventurero, fugitivo de la justicia, hasta encontrar su redención en el arte y en su vida de anacoreta.
Vermeer pintó en su estrecho taller, entre efluvios de verde cadmio, esmaltes, barnices… pero, sobre todo, imaginando su arte como un gran lienzo capaz de recoger las variadas pasiones humanas. Pascal advertía que de la habitación en la que uno se recluye no se debe salir, pues podría sobrevenir una desgracia. El artista pinta habitaciones cálidas o frías en las que se escriben cartas, se toma vino o se estudia en mapas el mundo que habitamos.
La joven de la perla, al igual que La Gioconda, congrega millones de admiradores; sin embargo, quizá sean otros lienzos los que realmente sellaron la inmortalidad de un artista cuya existencia sigue siendo objeto de debate.
Desde un fondo tenebrista –una tela gruesa de negro profundo– emerge el bello rostro de una joven que mira al espectador con ojos vidriosos. Una perla preciosa resplandece en su oído. ¿Qué susurran sus labios entreabiertos? La joven de la perla, como si el pincel la hubiera detenido instantes antes de ser mirada.
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La joven del sombrero rojo, 1666. El rostro destella luz de otros mundos, labios rojo escarlata armonizan con el amplio sombrero y los encajes blancos de su cuello, ambos en actitud de vuelo. Los ojos atesoran pasiones, llamaradas que ofuscan, arrebatan y ahuyentan.
La perla de Vermeer –elemento recurrente de su obra– alucina en su oído. Ocres de tierra y rojos contrastan con el azul oscuro de su vestido. ¿Por qué esta hermosa mujer “del sombrero rojo” da la sensación de una actitud de vuelo? Quizás porque su autor sentía que la vida es una aventura o no es nada. ¿Hay otras obras suyas que confirmen que no solo fue “el pintor del sosiego y la quietud”? Creo que sí: Muchacha leyendo una carta frente a la ventana, 1657, o Militar y muchacha riendo, 1658.
Entre perlas, la historia y el mito
Tracy Chevalier (Estados Unidos, 1962) es autora de novelas históricas. Alcanzó su consagración con La joven de la perla, cuyo argumento gira en torno de la obra insignia atribuida a Vermeer. Decidió escribir la novela al conocer el intrincado entramado que rodea a la pintura: su prodigiosa resolución formal y el enigmático itinerario tanto del propio artista como de su creación.
Esta novela acrecentó admiradores, plagiadores, detractores de la obra e inspiró una película, así como innumerables ensayos y artículos sobre el mítico cuadro y su autor.
Cine y arte pictórico se conjugan y no han sido pocos los cineastas prosélitos de los grandes maestros de la pintura. Eisenstein plasmó en sus ensayos su devoción por Goya, Ensor, van Gogh, Daumier y sostenía que El Greco fue “precursor del montaje cinematográfico” (Ortiz y Piqueras, 1995).
Se desconoce la fecha exacta de nacimiento de Vermeer, aunque existe un supuesto registro de su bautismo, cuya autenticidad es discutida. Tuvo 14 hijos y pintó poco: se le atribuyen con certeza 36 cuadros. Para sostener a su numerosa familia, ejerció como tasador y comerciante de arte, además de arrendador de una hostería heredada.
Según Norbert Schneider (2000), su taller se reducía a “una mesa de roble, dos caballetes y tres paletas”. Esa mesa devino en leitmotiv de su parva creación pictórica.
Vermeer pintaba apenas dos cuadros por año, en una búsqueda incesante de la perfección. Quizás lo más difícil de alcanzarla sea no saber si se ha llegado a ella. Después de su muerte se diría que había logrado con su oficio “el hechizo de la perfección”.
Personajes, estancias, tapices, mapas, cortinas, ventanas, cartas… erigen el mundo de Vermeer. Atrapó la luz y retozó con ella, adelgazándola hasta tornarla en oro hiriente que se filtra en los intersticios de sus cuadros, menguándola para pintar atardeceres o encarnándola en sus personajes.
Dama en amarillo escribiendo, 1665. Solo la mano sostiene la pluma sobre la hoja limpia. Medio de comunicación extinto y remoto, la carta. En el fuero íntimo del observador, esa carta habla de amor. ¿Una joven que es sorprendida mientras escribe a su amante lejano? ¿Arrebato invocando su retorno? ¿Despedida? Como dice Walter Benjamin: “Son las imágenes que nos seducen a diario las que constituyen nuestra propia memoria y, más aún, nuestra propia subjetividad”.
Hay quienes sostienen que el artista fue una ficción y que su obra pertenece en realidad a un eremita que jamás quiso darse a conocer, como acto de penitencia por sus pecados. Este asceta había sido un aventurero, fugitivo de la justicia, hasta encontrar su redención en el arte y en su vida de anacoreta.
Vermeer pintó en su estrecho taller, entre efluvios de verde cadmio, esmaltes, barnices… pero, sobre todo, imaginando su arte como un gran lienzo capaz de recoger las variadas pasiones humanas. Pascal advertía que de la habitación en la que uno se recluye no se debe salir, pues podría sobrevenir una desgracia. El artista pinta habitaciones cálidas o frías en las que se escriben cartas, se toma vino o se estudia en mapas el mundo que habitamos.
La joven de la perla, al igual que La Gioconda, congrega millones de admiradores; sin embargo, quizá sean otros lienzos los que realmente sellaron la inmortalidad de un artista cuya existencia sigue siendo objeto de debate.
Desde un fondo tenebrista –una tela gruesa de negro profundo– emerge el bello rostro de una joven que mira al espectador con ojos vidriosos. Una perla preciosa resplandece en su oído. ¿Qué susurran sus labios entreabiertos? La joven de la perla, como si el pincel la hubiera detenido instantes antes de ser mirada.
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