Una sociedad que se resigna

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Liberal sin neo

Una sociedad que se resigna

El crimen se interpreta y contextualiza, se rodea de matices.​

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Fritz Thomas


18 de diciembre de 2025

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Las palabras no solo describen la realidad, la moldean; cuando el lenguaje se degrada, también lo hace la capacidad moral para juzgar los hechos. “Cártel”, “terrorismo” y “mara” son hoy términos de fácil uso cotidiano, repetidos con ligereza para explicar e interpretar hechos criminales. Aparecen en la conversación pública como si fueran categorías casi técnicas, neutrales, desprovistas de responsabilidad humana, convertidas en fórmulas rutinarias que desplazan la capacidad de indignación y juicio.

Héroes trágicos, modelos de conducta, figuras complejas dignas de fascinación.


El concepto de cártel proviene del ámbito económico y jurídico. En su origen designaba acuerdos entre empresas que buscaban restringir la competencia, coordinar precios y controlar mercados. Con el tiempo, el término fue adoptado para describir organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico y a otras actividades ilícitas. En estructuras como las de Jalisco o Sinaloa persiste la lógica de dominación del mercado, pero esta se sostiene mediante la violencia sistemática, la corrupción del Estado y el asesinato como herramienta ordinaria.

La mara tiene un origen distinto, pero no menos brutal. La Mara Salvatrucha o la Mara 18 no se articulan alrededor de un producto global ni de redes financieras complejas, sino como identidades violentas, casi tribales, que controlan territorios o comunidades específicas. Su economía es fragmentaria, oportunista, parasitaria; extorsión, sicariato, menudeo. La mara es menos sofisticada que el cártel, pero más íntima; barrios enteros reducidos a feudos de temor.

El terrorismo introduce una tercera dimensión, de carácter ideológico. Grupos como ISIS, Al Qaeda y variedad de organizaciones paramilitares de “resistencia” no buscan solo enriquecerse; quieren imponer una visión del mundo. Utilizan la violencia con fines simbólicos y políticos, desafían un orden y pretenden modelar la conducta de sociedades enteras. Esta dimensión ideológica otorga a los perpetradores un relato justificador, que en el discurso contemporáneo diluye la condena moral en explicaciones culturales, históricas o geopolíticas. El terrorista se presenta como un actor virtuoso, incluso redentor.

Estas tres formas de criminalidad comparten un rasgo; el lenguaje público las ha convertido en entidades abstractas. Se habla del cártel, la mara o el grupo terrorista, como si fueran actores impersonales, fuerzas casi naturales en las que los individuos se diluyen en la categoría. La violencia se explica como un fenómeno estructural, previsible, inevitable; el mensaje implícito es la resignación.

El cine, las redes sociales y buena parte de los medios han contribuido a esta anestesia moral. El narco que ayuda a los pobres, el pandillero carismático y el terrorista con causa se convierten en héroes trágicos, modelos de conducta, figuras complejas dignas de fascinación. La violencia se estetiza. El crimen se interpreta y contextualiza, se rodea de matices hasta perder su carácter intolerable. Los problemas sociales se narran en términos de víctimas y victimarios abstractos, herencia clara del pensamiento posmoderno y de las ideologías de la victimización, donde la agencia individual queda subordinada al entorno.

El cine y los medios no crean esta distorsión, pero la amplifican, ofreciendo relatos donde el victimario adquiere densidad moral y la víctima es una figura secundaria. En la conversación pública, la violencia deja de ser una ruptura del orden social y pasa a percibirse como una expresión más de sus “tensiones”. Esa normalización, más que cualquier cártel, mara o grupo terrorista, es indicador de una sociedad que se resigna.

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