Trump y Xi: una cumbre sin avances de fondo

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Pablo Deheza

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La cumbre que concluyó el pasado viernes en Beijing fue presentada por Donald Trump como un cierre de «acuerdos comerciales fantásticos». Xi Jinping la definió como la oportunidad de «un nuevo paradigma de relación entre grandes países». Detrás de la retórica, sin embargo, lo ocurrido en el Gran Salón del Pueblo y en los jardines de Zhongnanhai fue un ejercicio deliberado de gestión del statu quo. Ambas potencias confirmaron que prefieren la inestabilidad administrada al choque frontal. La cita ocurrió con Irán manteniendo el estrecho de Ormuz cerrado y el Brent rondando los $us 100. El mundo contempló en vilo esperando que los conflictos bélicos no se intensifiquen. Fue la primera visita de un presidente estadounidense a China desde 2017.

Los anuncios concretos fueron modestos y, en algunos casos, deliberadamente ambiguos. China comprará 200 aviones Boeing, con la promesa provisional de un pedido mayor. «Miles de millones de dólares» en soya, más carne vacuna y volúmenes adicionales de petróleo y gas estadounidenses. Ambos países crearán Juntas de Comercio e Inversión para institucionalizar el canal entre el secretario del Tesoro Scott Bessent y el viceprimer ministro He Lifeng. Se acordó cooperación reforzada contra el flujo de precursores del fentanilo y un diálogo sobre «barreras de seguridad» en inteligencia artificial.

En temas de geopolítica, hubo declaración conjunta de que «Irán no puede tener nunca un arma nuclear» y el compromiso de mantener Ormuz abierto. Lo que no se acordó es igualmente revelador. No se extendió formalmente la tregua arancelaria, no se discutió reducción de gravámenes; Trump lo admitió en el Air Force One. Tampoco hubo movimiento en tierras raras ni en controles de exportación de semiconductores. Sobre Taiwán, ninguna parte cedió.

Implicancias económicas​


Para Estados Unidos, el balance es mixto. Trump regresa con material vendible a su base agrícola e industrial en un momento de presión interna por la inflación derivada de la guerra de Irán. Pero los aranceles efectivos del 25% a 30 % sobre productos chinos siguen intactos y la incertidumbre sobre la tregua de noviembre ya se descontó. Las bolsas cayeron alrededor del 1% y el petróleo subió más de 4%. La compra de soya, además, restituye solo parcialmente lo que Beijing dejó de adquirir tras los aranceles, redirigiendo sus importaciones a Brasil.

Para China, Xi mantuvo intactas sus palancas estratégicas —el dominio de tierras raras y el acceso a su vasto mercado interno— sin entregar nada estructural. Evitó la reactivación de los aranceles del 145 % y obtuvo la formalización de canales bilaterales que cristalizan el reconocimiento de paridad. Para el resto del mundo, se consolida el patrón de desacoplamiento gestionado: cooperación táctica en lo no crítico, congelamiento estratégico en lo demás. Además, reorganización duradera de los flujos energéticos a favor de Estados Unidos mientras dure la crisis de Ormuz.

Políticas internas​


Trump necesitaba una victoria mediática y la obtuvo. Imágenes de pompa imperial, una invitación a Xi para visitar la Casa Blanca en septiembre y anuncios suficientes para sostener el discurso de éxito. El mandatario estadounidense enfrenta una popularidad lastrada por la guerra y la inflación.

Xi necesitaba algo distinto y más duradero: proyectar internamente la imagen del líder al que el presidente estadounidense viaja a visitar. Su propósito era consolidar ante el Partido la idea de que China negocia como par y lo consiguió. Notablemente, los medios estatales chinos elogiaron las declaraciones de Trump, pero omitieron mencionar lo conversado sobre Taiwán. Es una señal de que Beijing prefirió no exhibir lo que considera una agenda incompleta.

Implicaciones geopolíticas​


La cumbre consolida un mundo de bipolaridad gestionada, no de «G2 cooperativo» ni de Guerra Fría 2.0 plena. La propuesta de Trump de un pacto nuclear trilateral con Rusia y China —recibida con tibieza, pero sin rechazo— es indicativa del giro estadounidense hacia tratar a Beijing como par estratégico formal, algo que China lleva años buscando. Sobre Ucrania, el lenguaje genérico de «solución política» del canciller Wang Yi y el anuncio del Kremlin, ese mismo viernes, de una próxima visita de Putin a Beijing, confirman que la asociación chino-rusa no se negocia bilateralmente con Washington.

Sobre Irán, China tiene incentivos cruzados: quiere Ormuz abierto, pero también que la guerra drene capacidades militares estadounidenses desplazadas desde el Indo-Pacífico y, sobre todo, lejos de Taiwan.

La cuestión de Taiwan​


La advertencia más dura de la cumbre la pronunció Xi Jinping al inicio del encuentro. La «independencia de Taiwán» y la paz en la región son, según el líder chino, «tan irreconciliables como fuego y agua». Un manejo incorrecto del asunto llevaría a «choques e incluso conflictos» y dejaría toda la relación bilateral «en grave riesgo». Xi calificó la cuestión como «el asunto más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos» e instó a Washington a actuar «con suma cautela». No fue una formulación protocolar, sino una línea roja explícita planteada ante el presidente estadounidense en territorio chino.

Trump no respondió en consecuencia. A bordo del Air Force One reconoció que Xi le preguntó por la venta de armas estadounidenses a Taipéi. «Le dije que no hablo de eso», comentó. Sobre si esa venta —ya autorizada pero aún no materializada— avanzará, declaró que «tomará una determinación». Admitió que escuchó la oposición de Xi a la independencia taiwanesa sin hacer comentarios, y que no asumió «ningún compromiso en ningún sentido». El silencio fue, en sí mismo, una posición. Trump evitó tanto ceder como reafirmar.

La divergencia interpretativa posterior es reveladora. El secretario de Estado Marco Rubio aseguró ante NBC que «la política de Estados Unidos sobre la cuestión de Taiwán no ha cambiado». El canciller chino Wang Yi declaró lo contrario. Dijo que Washington «comprende la postura de China y sus preocupaciones”. Añadió que “al igual que la comunidad internacional, no apoya ni acepta que Taiwán avance hacia la independencia». Los medios estatales chinos, que elogiaron las declaraciones de Trump, omitieron mencionar lo conversado sobre la isla. El silencio señala que Beijing no quedó satisfecho.

La guerra contra Irán ha desplazado portaaviones estadounidenses desde el Indo-Pacífico hacia Medio Oriente y agotado municiones. Xi planteó su línea roja en el momento en que Washington está objetivamente más débil para defenderla. Desde Taipéi, el canciller Lin Chia-lung agradeció a Estados Unidos por «expresar repetidamente su apoyo». En realidad, lo que hubo fue ambigüedad.

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