Truman Capote y sus espejos (II)

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Marco Antonio Rodríguez

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El cine ha sido cautivado profundamente por la vida y la obra del multifacético Truman Capote. Tres adaptaciones de A sangre fría e incontables versiones de otras novelas, cuentos, reseñas periodísticoliterarias… conforman el acervo fílmico que da cuenta de su itinerario existencial y creativo.

Las versiones de su novela cumbre son las que más interés han suscitado. Dos de ellas se internalizan en la investigación que supuso su escritura –seis años de su vida, viajes y diligencias sin tregua, desgarro emocional y físico–, pero la de 1967 es la única que exhibe una propuesta novelada de la historia narrada.

Filme en blanco y negro de Richard Brooks. Vida y muerte. Los colores primarios. La película –estrenada un año después de publicada la novela de Capote– es una inmersión en su sustancia narrativa. Oscilante entre el documental y el drama policial, encauza la ejecución del crimen de la familia Clutter, sin omitir la urdimbre zozobrante que palpita en el texto.

El material novelístico queda intacto y cobra vida visual. En los oídos resuena el jazz de Quincy Jones, mientras los dos asesinos abren la lacerante realidad que aloja un país en el cual sobreviven miles de seres como ellos, sin otra opción que la de matar muriendo.

Capote, el villano genial​


Alumbrado por la biografía de Gerald Clarke sobre Truman, en 2005, Bennet Miller vertió en otra película el escabroso camino que recorrió la consumación de los crímenes de A sangre fría. Para el crítico David H. Richter (citado por Elena Ortells), este filme devastó la ética del escritor, al develar “la crudeza de las ambiciones literarias de Capote, sin mostrar el poder evocador de su prosa”. Miller, en efecto, erige a Capote como alguien lo suficientemente abyecto como para traicionar a quienes le encomendaron sus vidas, a fin de que atenúe la deshumanización a la que fueron condenados por su crimen.

Este filme biográfico rutila en la memoria de las últimas generaciones, acaso por la magistral interpretación de Philip Seymour Hoffman, uno de los grandes actores del cine arte. Consumido por el alcohol y las drogas, vástago irreverente del imperialismo, Seymour Hoffman murió por sobredosis. “Capote me robó muchos sueños, mucha vida –dijo en una de sus últimas entrevistas–, no solo míos, sino de tantos que creen en un país que no existe. Los paraísos son meras invenciones del hombre”.

La tercera película data de 2006: Infamous. Semejante a la de Miller, es una sumersión en la pesquisa del asesinato de los Clutter, amalgamada con fases de la vida social de Truman, deslumbramiento y abismo, las amistades que lo glorificaron, y la cancelación que padeció por la codicia de extraer el olor azufrado de sus intimidades y exponerlas en su inconclusa novela Plegarias atendidas.

Desayuno en Tiffany’s, 1961, de Blake Edwards, fue un éxito cinematográfico. Una joven y excéntrica mujer (Audrey Hepburn) se apodera de las miradas de la alta sociedad neoyorquina, mito de oropel que impuso la moda en vestuario, joyas y poses sofisticadas.

¿Quién fue Lulamae Barnes, la elusiva muchacha que habita la novela de Capote? Una joven de raíces humildes que se debate, solitaria y atormentada, en un mundo que no quiso. Buscó desesperada un lugar sin hallarlo.

¿Fue únicamente Barnes a quien Truman escogió para modelar su personaje novelístico? No. Él buceaba en las aguas de la cúspide social y conoció numerosas mujeres que libraban encarnizados duelos con su pasado y sus vidas diluidas en reclusorios de baratijas doradas, fantasmas del ayer y de sus sueños imposibles.

Holly Golightly, el ícono de Desayuno en Tiffany’s, obligó a miles de mujeres a enfundarse en pequeños vestidos negros luctuosos, guantes largos de apariencia interminable, gafas exorbitantes, cigarrillos con boquilla… Pero, ¿no es la misma “dama de compañía” aterrada con la inmensidad de la ciudad que la devora y por los señoritos del jet set que hacen lo propio, como Lulamae Barnes?… ¿Disgustó a Truman el filme, porque se cambió el final y se edulcoró a la protagonista?

Este diablillo alcohólico y drogadicto, soberbio y depresivo, mitómano redomado, fatuo, ostentoso y desolado, encarnó la simbiosis que inspiró a Harper Lee para la creación de uno de los personajes de Matar un ruiseñor. La consagración de la novela hirió el orgullo de Truman aunque, a la postre, él siempre supo que Lee fue su única y más leal amiga.

Truman Capote quiso vivir para él mismo, pero vivió para los otros. Legó una prolongada tradición de “relaciones promiscuas” entre dos oficios: periodismo y literatura. Solo él fue capaz de llevarlos hasta un mismo horizonte, demostrando cómo ambos pueden fundirse en su fin común: utilizar la palabra como vehículo para crear, recrear y comunicar realidades, sean verídicas o ficticias.

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