V
Vinicio Chacón Soto
Guest
Conduzco despacio, con cuidado, abrazando el volante como quien sostiene un hilo frágil entre la vida y el azar. Miro a los lados, reviso el retrovisor, temo que el conductor delante frene de golpe o que un peatón cruce sin aviso. Hoy me dirijo al mercado para comprar lo necesario para el iftar, que comenzó inesperadamente un día antes. La tensión al volante no es solo precaución: es el reflejo de un miedo existencial, moldeado por la opresión, por los muros invisibles de la ocupación, por la violencia que acecha cada rincón de Palestina.
Ramadán debería ser alegría, pero incluso la alegría se enturbia. La guerra no cesa, los mercados languidecen, y las noticias de Jenin, Tulkarem y Nablus arrastran un eco persistente de desaliento. Los colonos se convierten en “los legítimos”, mientras nosotros, los palestinos, aparecemos como los intrusos: aislados, fragmentados, atrapados en una Jerusalén que parece cerrarse sobre sí misma.
Nuestro sufrimiento se agrava con la prohibición de protecciones básicas para los fieles, con las restricciones al acceso de los orantes y con la apropiación de horarios en Al-Haram Al-Sharif para ceremonias que buscan imponerse sobre nuestra presencia. La libertad de adoración se estrecha; con ella, se hiere el núcleo de nuestra identidad.
La presión se filtra en la vida cotidiana: vecindarios que estallan en disputas mínimas, como chispas en madera seca, revelando la ansiedad colectiva ante un futuro incierto. Y todo esto ocurre mientras el primer día del mes sagrado despliega su luz.
Mientras observo el tráfico, mi mente se llena de imágenes de destrucción: casas derrumbadas, campamentos arrasados, árboles incendiados, colonos atacando. La pregunta persiste, como un latido obstinado: ¿seremos desplazados o lograremos permanecer?
Cuando el tráfico se detiene, el tiempo parece suspenderse. Un torrente de pensamientos me invade, recordándome la resistencia silenciosa de quienes perseveran en la fe.
Durante años sostuvimos el sueño de la justicia, hasta que la corrupción global lo dejó al descubierto. Sistemas que se proclaman morales han exhibido su decadencia, indiferentes a la humanidad y a la religión. La esperanza se desdibuja, y nuestros valores parecen un diccionario obsoleto frente a la maquinaria de la opresión y el saqueo.
Sin embargo, en medio del ruido urbano, mi mente viaja a la Gran Mezquita de Gaza —la mezquita Al-Omari—, donde los fieles oran el Tarawih bajo cúpulas que aún resisten, firmes en su devoción, demostrando que la paciencia puede sostenerse incluso entre ruinas. Esos instantes iluminan el camino, recordando que la perseverancia y la confianza en Dios son faros en la oscuridad, como lo fueron para Job en su prueba y para Jacob en su espera.
Entre escombros y duelo, los fieles se alinean en oración. La resistencia espiritual es un destino que ni el desplazamiento ni la muerte pueden borrar. En Jerusalén, la memoria de Gaza Hachem resuena como un llamado a la paciencia: la fe permanece como la fuerza más honda frente a la corrupción y la violencia.
Espero el cambio del semáforo, y mi memoria se detiene en la figura de mi padre, envuelto en su túnica sufí, leyendo el Corán con devoción silenciosa. Sus enseñanzas aún me sostienen, recordándome la disciplina y el recogimiento que Ramadán exige. Respiro hondo, ordeno mis pensamientos, dispuesto a convertirlos en palabras que den testimonio de la vida palestina.
Ramadán transforma la ciudad: calles iluminadas, linternas y lámparas eléctricas que guían a los fieles hacia Al-Aqsa; hombres con jellabiyas y abayas que transitan entre tradición y modernidad. La preparación del iftar, la llegada de invitados, los aromas que emergen de las cocinas y las mesas compartidas crean un delicado equilibrio entre celebración, esfuerzo y espiritualidad.
Cada palestino vive Ramadán a su manera: algunos lo celebran con entusiasmo, otros sienten el peso de las obligaciones sociales, otros buscan el silencio y la comunión íntima con Dios. El mes sagrado revela la complejidad humana: devoción y rutina, resistencia y esperanza entrelazadas en cada corazón.
Finalmente, el tráfico vuelve a fluir y continúo mi camino con atención, consciente de que cada momento, cada pensamiento y cada acción son testimonio de perseverancia, fe y vida palestina.
El ayuno, uno de los pilares del mes de Ramadán
Y es la razón por la que no podemos olvidar que lo importante en este sagrado mes de Ramadán, es nuestra relación personal con Dios. En estos momentos de recogimiento personal me inunda una sensación de calidez y recuerdo la imagen de mi padre, que se transformaba en alguien distinto; se retiraba a un rincón de la casa en actitud de recogimiento, cubierto con su manto marrón de lana de camello. Para nosotros, los niños, parecía un devoto apartado del mundo material, buscando la complacencia de Dios. Su postura era humilde y suplicante, temerosa de desviarse del agrado divino y llena de esperanza en la aceptación. Su ayuno no era solo abstención, sino desprendimiento de lo mundano para elevarse en comunión con Dios.
Nos maravillaba aquel cambio: a veces desaparecía bajo el manto, sumido en la recitación; otras levantaba el Sagrado Corán y su rostro emergía con serenidad. Durante todo el mes del Furqan —mes de la Revelación— permanecía inmerso en la oración, absorbiendo cada palabra y dejando que los versos modelaran su interior.
Ramadán me devuelve a mi infancia en una familia guiada por el calendario islámico. Mis padres seguían las fases de la luna con devoción. Con el hilal de Muharram anunciaban el nuevo año; en ‘Ashura la memoria se volvía recogimiento; en Rabi’ al-awwal celebrábamos el nacimiento del Profeta ﷺ; en Rajab evocábamos el Isra y Mi‘raj; en la mitad de Sha‘ban compartíamos la Sha‘buniya preparando el corazón para el retiro del mes noveno. Así llegaba Ramadán, descenso y morada del Corán, coronado luego por la alegría sobria de Eid al-Fitr y Eid al-Adha.
Para mi padre, Ramadán era el vínculo más intenso entre el siervo y su Creador. Mientras nosotros estudiábamos en escuelas misioneras, mi madre nos enseñaba el Corán antes de dormir; en su regazo aprendíamos versículos y súplicas que sembraban en nosotros una fe temprana, hecha de protección y ternura.
Mi padre, en cambio, nos hablaba de la grandeza del ayuno con voz solemne. Citaba: “Se os ha prescrito el ayuno como se prescribió a quienes os precedieron”, y repetía que Ramadán era “el mes de Allah”. Su enseñanza unía esperanza y responsabilidad: abandonar el ayuno no era solo una falta, sino una fractura en la relación con el Creador.
Con el tiempo comprendí que su rigor nacía de una herencia profunda. Descendía de una línea de juristas y sufíes de Jerusalén. Entre ellos, un antepasado del siglo XV recibió el apodo “Qleiba” —diminutivo de “corazón”— por su devoción ardiente al amor divino. El nombre atravesó generaciones hasta transformarse en “Qleibo”. Esa memoria espiritual daba sentido a su retiro silencioso bajo el manto.
Esta herencia consolidó en él un ayuno contemplativo. Sin importar la estación, cumplía el mes sagrado con disciplina interior y entusiasmo sereno, siempre acompañado de su manto.
El nombre “Ramadán” proviene del calor abrasador del verano preislámico. Con la instauración del calendario islámico por ʿUmar ibn al-Khattab, el mes quedó liberado del ciclo estacional y arraigado definitivamente en la memoria religiosa. Así, el ayuno dejó de ser una práctica ligada a la naturaleza para convertirse en un acto devocional absoluto.
Mi propia fe tomó otro camino. En la escuela, las imágenes colgadas en las paredes me hablaban de misericordia y ternura; pasé de una “fe de necesidad” a una “fe de amor”. Mi padre, en cambio, veía a Dios en la majestad del texto revelado, sin representación posible, presente en toda existencia. Mi mundo quedó tendido entre ambas experiencias: la presencia visual del icono y la trascendencia absoluta de la Palabra.
Para él, Dios no era objeto de contemplación opcional, sino una realidad total que se revelaba en el dhikr sufí: un estado en que el yo se aquieta y la conciencia se expande en reverencia. Allí se encontraban la misericordia y la majestad.
Esa tensión entre la dulzura de la esperanza y la solemnidad del deber la redescubrí en mi último viaje a Turquía. En las mezquitas de Konya y Estambul, al elevarse el adhan, las multitudes avanzan con naturalidad hacia la oración. La fe allí parece respirarse: sin intermediarios, cada fiel se siente ante Dios con serenidad luminosa.
He visto en esos rostros la misma expresión que aparecía en el de mi padre al romper el ayuno con un dátil y un sorbo de agua. En ese instante, la carga de la obligación se transformaba en gozo íntimo. Su rostro brillaba al rezar el Magrib antes del iftar, no solo por cumplir un deber, sino por la plenitud de haberlo realizado con sinceridad.
Los juristas distinguen niveles de ayuno. El corporal pertenece a la mayoría; el superior es el ayuno del corazón. Este no consiste solo en abstenerse de alimento, sino en guardar el interior de todo aquello que distrae de Dios. Es un acto oculto entre el siervo y su Señor, como en el hadiz qudsi: “Excepto el ayuno, pues es mío y Yo lo recompensaré”. Aquí el silencio vale más que el aroma del almizcle, y el creyente experimenta dos alegrías: la del encuentro inmediato al romper el ayuno y la del encuentro prometido ante Dios.
Aunque pueda parecer paradoja abstenerse de día y compartir de noche, el Islam equilibra privación y gratitud bajo el mandato de la moderación: disfrutar sin derroche, agradecer sin olvidar al necesitado. Así el ayuno fortalece la solidaridad y disuelve el aislamiento.
En su dimensión más profunda, el ayuno del corazón refleja el significado de Al-Samad: la plenitud que no necesita nada. Al contener el deseo, el creyente aprende a liberarse de la tiranía del yo y a orientar su amor hacia lo absoluto.
Así recuerdo a mi padre, envuelto en su manto, separado del bullicio y unido a Dios en súplica. Su retiro era un puente entre la pobreza humana y la riqueza divina: “Oh gente, ustedes son pobres ante Allah, y Allah es el Rico, el Digno de alabanza”.
Cuando la luna menguaba y el mes se despedía, la nostalgia lo invadía. Miraba el cielo desde el umbral y susurraba: “No te extrañará Dios, oh Ramadán”, confiando en la aceptación: “Esa es la gracia de Allah, que da a quien quiere”.
Mi padre falleció hace 44 años y mi madre hace cinco, pero el eco de su alegría al escuchar las takbiras del Eid desde los minaretes de la Mezquita Al-Aqsa, en nuestra casa de la calle Al-Rashid, permanece vivo en mí. Los recuerdo serenos; mi padre alabando a Dios, mi madre recitando Al-Fatiha y respondiendo “Amén”. Partieron con la paz de quien ha cumplido su deber y espera la misericordia: “Señor, ten misericordia de ellos como me criaste siendo pequeño”.
El pan en las mesas de Ramadán
Y es gracias a la herencia de mis padres que siento siempre que la llegada del mes de Ramadán va acompañada de una profunda sensación de haber entrado en un tiempo sagrado. El saludo habitual se sustituye por la expresión “Ramadán Karim”, a la que se responde “Al·lah es más generoso”. Es un mes bendito cuya gracia impregna los distintos ámbitos de la vida social, otorgándoles un brillo especial perceptible en muchos aspectos de la vida palestina.
En ese universo simbólico, el pan ocupa un lugar privilegiado: es “el don de Dios” y encarna la bendición misma. Las espigas de trigo se han convertido, a lo largo del tiempo, en uno de los motivos centrales del bordado palestino. El pan es sinónimo de vida, misericordia y generosidad divina.
Durante este mes sagrado, preside la mesa del iftar. Cuando el hummus, el falafel y la ensalada fattoush se vuelven los sabores más deseados por el ayunante, todo gira en torno a él. Se moja en aceite, acompaña las verduras, sostiene los caldos y absorbe los sabores. Ya sea pan de tabún, kmaj o shrak, constituye la base silenciosa que da sentido al resto de los platos. Incluso especialidades emblemáticas como el fatte de patitas de cordero o el fatte de carne dependen enteramente de su presencia.
A ello se suman en Ramadán variedades particulares: el pan mjadwal —propio de Jerusalén, trenzado y cubierto de sésamo y comino negro— y el fino y crujiente barazek de Ramadán, sin azúcar añadido y recubierto de una delicada capa de sésamo.
El respeto hacia el pan roza lo sagrado. En medio de la abundancia, mientras otros alimentos pueden desecharse tras algunos días, el pan jamás se arroja a la basura. Se recoge aparte para alimentar al ganado, evitando cualquier desperdicio. No es raro ver a alguien inclinarse, recoger un trozo del suelo, besarlo y colocarlo en un lugar elevado, lejos de las pisadas. Como si se siguiera la recomendación del imán Alí ibn Abi Tálib: “Honrad el pan, pues Dios lo ha hecho descender de las bendiciones del cielo y lo ha hecho brotar de las bendiciones de la tierra”. El pan es el don de Dios.
Imaginad mi sorpresa cuando entré en una tienda de campaña de pastores seminómadas que habían instalado sus tiendas y corrales en la naturaleza, como es costumbre en primavera en nuestras aldeas montañosas, cuando se trasladan con su ganado al campo. Me ofrecieron hospitalidad con una taza de té con salvia y me sentaron al borde de un catre dentro de la tienda para protegerme del sol de marzo.
Mientras observaba los detalles —siempre atento a futuros artículos— vi un trozo de pan consumido, gris, polvoriento y arrugado, cubierto de moho verde, cuidadosamente colocado en la columna central (al-‘amūd al-awsat) de la tienda, el eje que sostiene su estructura. La escena me perturbó. Instintivamente la interpreté como descuido y miseria. Sentí repugnancia y vertí el té en el suelo. Tras las cortesías salimos, pero la imagen quedó grabada en mi mente.
Pasaron los días y los años mientras recorría Palestina realizando trabajo de campo e investigaciones sobre la vida social, en busca de la lógica oculta que teje estos fenómenos y define la identidad palestina, con raíces profundas en el modo de vida establecido por nuestros antepasados cananeos y amorreos.
Durante una visita a amigos en la aldea de Beita, cuyo hogar recién construido albergaba a la familia extensa —cada núcleo con su espacio propio, pero compartiendo economía y decisiones—, me llevaron a recorrer la casa. En su centro permanecía una antigua habitación de piedra abovedada, el tradicional “bayt al-‘aqd”, conservada como núcleo simbólico dentro del edificio moderno.
Entré en aquella estancia, convertida ahora en despensa. Me impresionó su orden: tinajas y cestas con trigo, higos secos y pasas; vasijas de aceite, melaza y miel cuidadosamente dispuestas. Era el modelo del hogar palestino tradicional, semejante a aquel en que nació Jesús: una sola estancia dividida en dos niveles, el superior para la familia y el inferior para los animales, prolongación de la antigua vida en cuevas.
Mientras contemplaba aquella abundancia, me encontré frente al mismo pan mohoso y arrugado. ¿Cómo podía una casa tan limpia conservar algo así? Como ya los había visitado varias veces, pregunté a “Um Hasan”. Sonrió y respondió: “Es la bendición de Ramadán”.
Explicó que separan un trozo de la última masa amasada en Ramadán y lo conservan de un año a otro como signo de buen augurio. Ese pan se convierte en un “hirz” —un amuleto protector— colgado para custodiar la bendición de las cosechas, irradiar salud en la casa y preservar la gracia divina sobre sus habitantes. En Beita, la antigua casa abovedada funciona como resguardo simbólico que alberga en su interior otro signo protector: un amuleto dentro de otro, doble garantía de permanencia.
Dr. Ali Qleibo es un antropólogo, artista y escritor palestino nacido en Jerusalén y formado en Estados Unidos.
Su obra etnográfica documenta la vida cotidiana y la cultura palestina contemporánea, mientras que su producción artística, exhibida internacionalmente, explora dimensiones espirituales y sociales de Palestina.
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