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Construyendo ideas
Si quitamos a Jesús, ¿qué queda de la Navidad?
Volver al origen no es complicarse; es simplificar.
Pedro Cruz
14 de diciembre de 2025
|
00:03h
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En estos días en que todo parece acelerado, la Navidad corre el riesgo de convertirse en una fecha más del calendario: luces, compras, tráfico, cenas y regalos. Nada de eso está mal. Pero si no hacemos una pausa consciente, podemos terminar celebrando sin recordar lo esencial: la conmemoración del nacimiento de Jesús.
La Biblia describe ese momento con mucha sencillez: “Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre” (Lucas 2, 6-12). Así vino Jesús al mundo: en silencio, en pobreza, sin ruido y sin grandezas humanas. Fue en ese momento que comenzó a cambiar la historia. Dios eligió no imponerse, sino hacerse cercano.
San Juan Pablo II lo explicó con claridad en la Misa de Gallo de 2003: “Las palabras clave que nos ayudan a comprender el misterio del Nacimiento son: humildad, silencio, asombro y alegría”. Cuatro palabras que hoy parecen algo extrañas en un mundo marcado por la prisa, la distracción permanente y un consumismo que muchas veces se disfraza de celebración.
Benedicto XVI, en su homilía de Navidad de 2006, profundizó aún más: “Dios se hizo pequeño para que pudiéramos comprenderlo, acogerlo y amarlo. Él entra en la historia en la pobreza del pesebre”. Esa imagen del Dios que se hace pequeño podría ayudarnos. Porque mientras el mundo resalta el éxito, el ruido y la apariencia, Dios elige la sencillez para encontrarse con el hombre y recordarle lo esencial.
En medio de tensiones, polarización y cansancio, la Navidad puede convertirse en un punto de encuentro.
Hoy, más que nunca, esta reflexión es un llamado para las familias. La Navidad es una oportunidad para volver a mirarnos, para sentarnos juntos, para platicar sin pantallas de por medio y para enseñar a nuestros hijos, con el ejemplo, que lo más importante no se compra. En un hogar donde se recupera el silencio, la reflexión o el agradecimiento, el nacimiento debajo del arbol deja de ser un adorno y se convierte en un mensaje para todos. La fe se transmite, no con discursos bonitos, sino con acciones que en el día a día le dan sentido, identidad y esperanza.
El Papa Francisco, en una audiencia previa a la Navidad del 2023, lanzó una advertencia muy actual: “La Navidad es Jesús que viene; no dejemos que nuestras celebraciones estén dominadas por el consumismo, que nos distrae de lo esencial”. Nadie está diciendo que renunciemos a los regalos ni a la alegría familiar, sino que no perdamos de vista quién es el verdadero protagonista de esta celebración.
El mundo entero necesita este recordatorio. En medio de tensiones, polarización y cansancio, la Navidad puede convertirse en un punto de encuentro. El anuncio del ángel sigue vigente hoy: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lucas 2, 14). Esa paz no nace del ruido ni de la confrontación, sino del corazón que se abre a Dios y se dispone a perdonar.
Volver al origen no es complicarse; es simplificar. Es detenernos un momento para agradecer, pedir perdón, disculparnos y reconocer que, sin Jesús, la Navidad pierde su sentido. Él es el centro y el regalo.
Porque la Navidad no comenzó con ruido, ni con compras, ni con aplausos. Comenzó con silencio, con humildad y con un Niño acostado en un pesebre. Volver al origen es recordar que el mayor regalo no se compra: se recibe. Y ese regalo tiene nombre: Jesús
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