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Guido Calderón
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El turismo ecuatoriano no está en crisis por falta de atractivos ni de experiencias. Ecuador sigue siendo un país extraordinario. La crisis es otra: percepción internacional deteriorada, ausencia de liderazgo institucional y una clara falta de prioridad política. En este vacío, el Estado se ha retirado de forma explícita y ha dejado al sector privado cargando solo con el presente y el futuro del turismo nacional.
El problema más grave no es únicamente la violencia, sino la sobreexposición mediática irresponsable y descontextualizada, convertida en un negocio barato de likes y seguidores. Incluso medios “serios” se han transformado en crónicas sangrientas. No hay periodismo, solo morbo de todo tipo.
Fuera del país hay una realidad incuestionable, no existe regionalización del turismo ecuatoriano. Una noticia negativa en Guayaquil afecta directamente a Baños, Galápagos, Cuenca o la Amazonía. El turista internacional no distingue provincias, cantones ni zonas seguras. Ecuador se percibe como una sola unidad de riesgo.
Las consecuencias son claras y medibles. Cancelaciones preventivas. Postergación de viajes. Caída de inversiones. Etiquetar al país como destino solo “para viajeros experimentados”.
Hoy Ecuador es visto en el exterior como excepcional en biodiversidad y experiencias. Inseguro a nivel país. Institucionalmente impredecible.
Esta imagen no se corrige con campañas genéricas ni slogans vacíos como Ecuador lo tiene todo, sino con mensajes precisos, humanos y creíbles. Y ahí, el Estado ha fallado de forma sistemática.
La eliminación del Ministerio de Turismo y su degradación a Viceministerio tuvo un impacto directo en la caída de la moral del sector. Pero también hay que decirlo con honestidad, este ministerio, históricamente, ya era visto como poco técnico, ineficiente, impacto marginal y premio consuelo para el que aportó en campaña, pero no sabe hacer nada.
Nunca tuvo peso político real, ni lideró una estrategia país sostenida. Hoy, como Viceministerio, es todavía más irrelevante. En términos prácticos, el turismo ecuatoriano carece de rectoría, liderazgo y defensa institucional. La única campaña visible y efectiva fue la del exministro que lo uso de trampolín para llegar a la Asamblea. Después de eso, el silencio es ensordecedor. La señal hacia adentro y hacia afuera es inequívoca: el turismo no es prioridad para este gobierno.
Uno de los mayores errores ha sido insistir en promocionar Ecuador de forma generalizada. Nunca funcionaron las campañas masivas sin segmentación con mensajes genéricos, ni la publicidad institucional desconectada del viajero real.
Sí funcionan los nichos de mercado, incluso en contextos adversos:
• Turismo de naturaleza y aventura.
• Turismo científico y educativo.
• Turismo gastronómico.
• Turismo de bienestar.
• Viajeros conscientes y experimentados.
Estos viajeros investigan, comparan, diferencian zonas y confían más en experiencias reales que en discursos oficiales.
Hoy la realidad es brutalmente clara: la promoción del turismo ecuatoriano depende casi exclusivamente del sector privado.
Hoteles, operadores, restaurantes, guías, destinos y emprendedores han tenido que asumir un rol que el Estado abandonó:
• Crear contenido auténtico.
• Mostrar vida cotidiana, naturaleza, cultura y gastronomía.
• Contar historias reales.
• Construir confianza desde la experiencia.
Mientras una parte del país monetiza la violencia, el sector privado defiende la imagen del Ecuador con trabajo, creatividad y resiliencia.
No es razonable esperar liderazgo del Estado en el corto ni mediano plazo. No habrá grandes campañas internacionales. No habrá gestión seria de la crisis reputacional. No habrá desde lo público una narrativa país sólida. El crecimiento turístico no vendrá del gobierno, vendrá de la resiliencia, inteligencia y liderazgo del sector privado.
Hoy la empresa privada no solo genera empleo: sostiene la imagen internacional del Ecuador turístico. Cada emprendimiento es un embajador del país. La suma de historias reales tiene más impacto que cualquier campaña estatal. El futuro del turismo dependerá de la colaboración, la coherencia narrativa, la profesionalización y la visión de largo plazo.
Hay que decirlo sin rodeos: el turismo no es prioridad para este gobierno. Pero también es cierto que Ecuador sigue siendo un destino único. El turista que llega se enamora. El sector privado tiene la capacidad —y hoy la obligación— de liderar y una de sus principales herramientas será de la creación del Instituto de Certificación Turística, que asumirá el papel regulatorio y sancionador que el Estado no ha podido ni ha querido asumir y que definitivamente ha renunciado.
El turismo ecuatoriano no crecerá por política estatal, sino por convicción empresarial, identidad territorial, relatos auténticos, municipios y consejos provinciales inteligentes. Ahí está el desafío para el 2026. Y también la oportunidad.
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Violencia, medios y una percepción que castiga a todos
El problema más grave no es únicamente la violencia, sino la sobreexposición mediática irresponsable y descontextualizada, convertida en un negocio barato de likes y seguidores. Incluso medios “serios” se han transformado en crónicas sangrientas. No hay periodismo, solo morbo de todo tipo.
Fuera del país hay una realidad incuestionable, no existe regionalización del turismo ecuatoriano. Una noticia negativa en Guayaquil afecta directamente a Baños, Galápagos, Cuenca o la Amazonía. El turista internacional no distingue provincias, cantones ni zonas seguras. Ecuador se percibe como una sola unidad de riesgo.
Las consecuencias son claras y medibles. Cancelaciones preventivas. Postergación de viajes. Caída de inversiones. Etiquetar al país como destino solo “para viajeros experimentados”.
Imagen país: Un destino extraordinario, mal comunicado y mal defendido
Hoy Ecuador es visto en el exterior como excepcional en biodiversidad y experiencias. Inseguro a nivel país. Institucionalmente impredecible.
Esta imagen no se corrige con campañas genéricas ni slogans vacíos como Ecuador lo tiene todo, sino con mensajes precisos, humanos y creíbles. Y ahí, el Estado ha fallado de forma sistemática.
Desaparición del MINTUR: Una rendición, no una sorpresa
La eliminación del Ministerio de Turismo y su degradación a Viceministerio tuvo un impacto directo en la caída de la moral del sector. Pero también hay que decirlo con honestidad, este ministerio, históricamente, ya era visto como poco técnico, ineficiente, impacto marginal y premio consuelo para el que aportó en campaña, pero no sabe hacer nada.
Nunca tuvo peso político real, ni lideró una estrategia país sostenida. Hoy, como Viceministerio, es todavía más irrelevante. En términos prácticos, el turismo ecuatoriano carece de rectoría, liderazgo y defensa institucional. La única campaña visible y efectiva fue la del exministro que lo uso de trampolín para llegar a la Asamblea. Después de eso, el silencio es ensordecedor. La señal hacia adentro y hacia afuera es inequívoca: el turismo no es prioridad para este gobierno.
Segmentar o desaparecer: La lección que el Estado no entendió
Uno de los mayores errores ha sido insistir en promocionar Ecuador de forma generalizada. Nunca funcionaron las campañas masivas sin segmentación con mensajes genéricos, ni la publicidad institucional desconectada del viajero real.
Sí funcionan los nichos de mercado, incluso en contextos adversos:
• Turismo de naturaleza y aventura.
• Turismo científico y educativo.
• Turismo gastronómico.
• Turismo de bienestar.
• Viajeros conscientes y experimentados.
Estos viajeros investigan, comparan, diferencian zonas y confían más en experiencias reales que en discursos oficiales.
El sector privado: De operador turístico a defensor del país
Hoy la realidad es brutalmente clara: la promoción del turismo ecuatoriano depende casi exclusivamente del sector privado.
Hoteles, operadores, restaurantes, guías, destinos y emprendedores han tenido que asumir un rol que el Estado abandonó:
• Crear contenido auténtico.
• Mostrar vida cotidiana, naturaleza, cultura y gastronomía.
• Contar historias reales.
• Construir confianza desde la experiencia.
Mientras una parte del país monetiza la violencia, el sector privado defiende la imagen del Ecuador con trabajo, creatividad y resiliencia.
Qué hacer para que el turismo siga creciendo
- Promoción ultra segmentada.- Mensajes por nichos y mercados específicos. Ejemplo: Baños de Agua Santa, que incluso sale solo a eventos internacionales. Menos volumen, más precisión.
- Contenido real y descentralizado.- Historias locales. Testimonios reales. Mostrar normalidad, belleza y autenticidad.
- Enfoque en distintos resilientes.- Naturaleza, aventura, bienestar. Lugares donde la experiencia supera el miedo. Municipios enfocados en la seguridad. Consejos Provinciales que priorizan la conectividad.
- Menos Estado, más liderazgo privado.- Alianzas reales entre empresarios; las Cámaras deben asumir los nuevos roles que el Estado abandonó. Marca destino construida desde el territorio. Cooperación entre gobiernos seccionales y empresas locales y regionales.
Un escenario realista
No es razonable esperar liderazgo del Estado en el corto ni mediano plazo. No habrá grandes campañas internacionales. No habrá gestión seria de la crisis reputacional. No habrá desde lo público una narrativa país sólida. El crecimiento turístico no vendrá del gobierno, vendrá de la resiliencia, inteligencia y liderazgo del sector privado.
Responsabilidad histórica del sector privado
Hoy la empresa privada no solo genera empleo: sostiene la imagen internacional del Ecuador turístico. Cada emprendimiento es un embajador del país. La suma de historias reales tiene más impacto que cualquier campaña estatal. El futuro del turismo dependerá de la colaboración, la coherencia narrativa, la profesionalización y la visión de largo plazo.
Propuesta para el 2026
Hay que decirlo sin rodeos: el turismo no es prioridad para este gobierno. Pero también es cierto que Ecuador sigue siendo un destino único. El turista que llega se enamora. El sector privado tiene la capacidad —y hoy la obligación— de liderar y una de sus principales herramientas será de la creación del Instituto de Certificación Turística, que asumirá el papel regulatorio y sancionador que el Estado no ha podido ni ha querido asumir y que definitivamente ha renunciado.
El turismo ecuatoriano no crecerá por política estatal, sino por convicción empresarial, identidad territorial, relatos auténticos, municipios y consejos provinciales inteligentes. Ahí está el desafío para el 2026. Y también la oportunidad.
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