Seamos corteses

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Seamos corteses

En semanas recientes se han registrado múltiples riñas entre conductores de vehículos, camiones, autobuses, motocicletas.​

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21 de junio de 2026

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La cortesía no es una virtud, es una actitud. Pero cuando se repiten las acciones corteses, el efecto social sí puede convertirla en un hábito transmitido que a su vez tiene grandes posibilidades de detonar una reacción en cadena de favores desinteresados que a su vez produzcan algo parecido a una sociedad virtuosa como la que aludía Aristóteles. Existen diversos espacios y campos en donde se puede practicar la cortesía, no solo como gesto magnánimo, sino como legítima expresión de creencias, religiosas o humanísticas.


La cortesía va más allá del respeto, porque este último está amparado en reglas mínimas de convivencia. Pero a menudo los mínimos se vuelven máximos y de allí no pasamos. Es decir, un conductor puede “llevar la vía” sobre una congestionada calle en una mañana atiborrada de vehículos, de afanes, de prisas. Si no cede el paso a esa calle secundaria donde no hay semáforo no está irrespetando a nadie, pero, ¿qué diferencia hace? Pero si decide actuar con cortesía, puede estar transformando otras vidas —y otras vías— con su ejemplo.


Y es que quizá en ninguna otra vivencia actual como en el tránsito vehicular pueda ser tan refrescante la decisión de ser cortés ante el propósito ajeno, ante la necesidad paralela, ante la rutina agobiante del camino que puede ser aliviada con unos gramos de empatía. Si nos preciamos de ser ciudadanos, con obligaciones y derechos, ¿por qué no dar un paso más arriba en el escalón de la ética y actuar movidos por valores que sí son virtudes: la prudencia, la generosidad, la tolerancia, la solidaridad?


Nadie está libre de necesitar un gesto de cortesía de otra persona; todos estamos facultados de voluntad, conciencia y experiencias que fácilmente conducen a la confirmación de la antigua máxima de moral natural: haz el bien y evita el mal. Pero en un país en el cual tantas personas se afirman creyentes cristianas, podrían ser dos los escalones de acción para predicar sin palabras: “Ama y haz lo que quieras”, como decía San Agustín, porque Dios es amor y sin amor no hay nada que verdaderamente valga la pena, mucho menos conducir rápidos y furiosos con una calcomanía religiosa en el parachoques.


En semanas recientes se han registrado múltiples riñas entre conductores de vehículos, camiones, autobuses, motocicletas. Quién pelea contra quién en la calle congestionada no importa, porque tales espectáculos no solo son indignos, sino que terminan de complicarles la vida —y la vía— a terceros, cuartos, quintos y más. La ley indica que tales energúmenos deben ser detenidos y consignados. ¿Qué necesidad hay de eso, si existe la cortesía como posibilidad básica de la persona pensante?


Es necesario recordar que la más fundamental cortesía es con uno mismo: conducir con precaución y seguridad es darle paso a un día más de vida y no a un suceso trágico propiciado por la inercia en la parte trasera de un camión mal estacionado. Démosle paso al peatón, tengamos paciencia con quien aún no termina de cruzar la calle cuando marca verde el semáforo. Seamos corteses en lugar de ensordecer con la bocina. Dadas las parsimonias y mediocridades de sucesivas autoridades, la situación vial dista de ser fluida. No la compliquemos más con impaciencias miopes: se mira y se llega más lejos y mejor con la cortesía.

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