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Pablo Deheza
Guest
La llegada de la artista visual serbia Marija Vukosavljević a Santa Cruz de la Sierra introdujo en la escena local una pregunta de plena vigencia: ¿qué ocurre cuando las imágenes sagradas abandonan su territorio de origen y se exponen en un contexto cultural distinto? Su exposición Santos Serbios, presentada en Manzana 1, con la organización del Consulado de Serbia, tiene el acierto de no ofrecer una lectura devocional del santoral ortodoxo. La muestra fue curada por Cecilia Bayá Botti, y ofrece una experiencia abierta a la recepción del público en su sentido amplio.
Recorrimos la exposición detenidamente junto a mi hijo, esto fue el pasado sábado anterior a la Navidad. El recorrido de una buena exposición nos otorga a los visitantes un placer y valor agregado que no se puede alcanzar a través de la mediación de la pantalla. En Santos Serbios se percibe de entrada un giro interesante, una descolocación: si bien está compuesta por la parafernalia de las imágenes de santos, no exige un aire de veneración en las salas. Santos Serbios no se vive como una exposición de arte religioso en sentido estricto. Sin embargo, despierta cierto recogimiento y logra transportarnos a un tiempo vivido de otra época, como si resonaran los ecos de la Edad Media mientras caminamos entre las imágenes. Esta experiencia de espectador me la dio mi hijo caminando la exposición, confrontado con cuadros de carga simbólica religiosa, pero que esta vez no eran pinturas, y además afectado por los cánticos de la iglesia ortodoxa serbia que se escuchaban en el video de una de las salas.
Coser la imagen
Nacida en Valjevo (Serbia) en 1979 y licenciada en Artes Aplicadas por la Universidad de Bellas Artes de Belgrado, la artista Vukosavljević abarca en su obra el bordado, el tejido, la pintura de íconos y la elaboración de sudarios. El gesto central que plantea en esta muestra es el de mostrar imágenes de santos que fueron cosidas con máquina industrial sobre telas de segundo uso que ella misma recupera. Esto va más allá de un detalle meramente técnico; es también un gesto político con repercusiones filosóficas. La artista asienta su discurso a nivel de la materialidad. El bordado mecánico introduce una distancia con respecto a la tradición bizantina del ícono pintado a mano, donde cada trazo estaba regulado por cánones teológicos estrictos. Aquí, en cambio, el santo aparece atravesado por la materialidad de lo cotidiano, por telas que han tenido una vida previa, por superficies que remiten mucho más al desgaste que a la eternidad.
A nivel formal, podríamos apuntar que el bordado mecánico la lleva a realizar unos rostros con precisión contenida, casi frágil. Los ojos aparecen ligeramente desviados, quizá melancólicos, evitando repetir la mirada omnisciente del ícono clásico. En la muestra no vemos rostros que transmitan una autoridad absoluta, sino vulnerabilidad. La santidad aparece con un aura más humana, no como ideal inalcanzable. Incluso en las composiciones maternales, de madre e hijo, el gesto de cuidado y protección desplaza la función de reforzar el dogma que observamos en los templos e iglesias.
Por todo ello, Santos Serbios no se vive como una exposición de arte religioso como tal, ni como un ejercicio conceptual sobre el ícono.
El ícono como base formal, no como imagen
La propuesta de Vukosavljević parte de una decisión crucial: no abandonar la estructura del ícono ortodoxo, sino trabajar dentro de ella. Esto la diferencia claramente de muchas prácticas contemporáneas que citan lo religioso desde la ironía, la parodia o la profanación explícita. En sus obras permanecen intactos los principios fundamentales del ícono bizantino, como ser: frontalidad, jerarquía del rostro, economía del gesto, suspensión narrativa, entre otros.
Sin embargo, se trata de utilizar los mismos medios para otros fines, es decir, los elementos citados ya no funcionan como garantes de trascendencia, sino como una base formal o andamiajes sobre los cuales la artista introduce una operación contemporánea: el desplazamiento de régimen, o lo que nos gusta denominar como «dislocar». El ícono deja de pertenecer exclusivamente al campo litúrgico para replantearse como imagen histórica en tránsito, expuesta a espectadores latinoamericanos.
Textil, bordado y telas usadas
Uno de los aportes más significativos de Vukosavljević es su elección del textil como medio principal. En la tradición ortodoxa, la imagen sagrada ha sido históricamente asociada a la pintura, al oro, a la tabla. Es cierto que el bordado aparece, pero como elemento secundario, casi decorativo o litúrgico. En Santos Serbios, la imagen se cose, lo cual introduce dos factores: primero, el de la temporalidad lenta del bordado, que es una paciencia, una insistencia manual que se opone a la inmediatez de la imagen contemporánea; por otro lado, el bordado nos habla del ámbito del cuidado, lo femenino y la cotidianidad.
En el tope de lo ya señalado, se encuentra la decisión de la artista de usar telas de segundo uso. Es un gesto muy contemporáneo que nos comunica rastros de vida cotidiana, moda, lo doméstico e incluso precariedad. Es una materialidad ya usada la que servirá de soporte a la imagen sagrada. Cercanía con la vida cotidiana en lugar de la opulencia que puede observarse en el arte sacro. El santo aparece literalmente incrustado en la vida común, sin separación clara entre lo alto y lo bajo.
Diplomacia cultural y arte contemporáneo
La amistad con Zana Petković, cónsul honoraria de Serbia en Bolivia, nos permitió conocer algo más acerca de cómo llegó esta muestra a Santa Cruz de la Sierra. Zana subrayó en entrevistas en medios que la exposición forma parte del proyecto de Diplomacia Cultural que el consulado impulsa desde hace siete años, buscando fortalecer los lazos entre Serbia y Bolivia. «Iniciamos en 2017 con la exposición Viminacium. La Ruta de los Emperadores Romanos de Serbia. Hoy celebramos la cuarta ocasión en que el arte serbio se presenta en esta hermosa ciudad que es Santa Cruz»(1). También resaltó el aporte de la curadora Cecilia Bayá, con quien trabaja ya hace algunos años.
Expuesta en Santa Cruz de la Sierra, esta exposición activa una lectura particularmente fértil. En el contexto latinoamericano —marcado por sincretismo, colonialidad religiosa y reapropiaciones populares— las imágenes de Vukosavljević no aparecen como extranjeras, sino como extrañamente familiares. Si bien no hallaremos una equivalencia directa entre la ortodoxia serbia y la religiosidad andina o mestiza, sí podremos ver una afinidad estructural. En ese sentido, Santos Serbios va más allá de ser la exportación de una identidad nacional.
Que una exposición anclada en el cristianismo ortodoxo serbio se presente en Santa Cruz de la Sierra, ciudad mayoritariamente católica y modelada por una historia colonial hispana, implica un efecto interesante que sería digno de estudios posteriores. Para la población de Santa Cruz —formada visualmente por el barroco, la catequesis visual y el dogma teatralizado— los íconos textiles de Santos Serbios introducen otra relación con la imagen religiosa, una menos espectacular y más silenciosa. Y lo que más nos interesaría resaltar: el arte contemporáneo aparece aquí no como negación de la tradición, sino como espacio donde la tradición puede respirar sin dogma.
Nota (1). Conversación telefónica
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Recorrimos la exposición detenidamente junto a mi hijo, esto fue el pasado sábado anterior a la Navidad. El recorrido de una buena exposición nos otorga a los visitantes un placer y valor agregado que no se puede alcanzar a través de la mediación de la pantalla. En Santos Serbios se percibe de entrada un giro interesante, una descolocación: si bien está compuesta por la parafernalia de las imágenes de santos, no exige un aire de veneración en las salas. Santos Serbios no se vive como una exposición de arte religioso en sentido estricto. Sin embargo, despierta cierto recogimiento y logra transportarnos a un tiempo vivido de otra época, como si resonaran los ecos de la Edad Media mientras caminamos entre las imágenes. Esta experiencia de espectador me la dio mi hijo caminando la exposición, confrontado con cuadros de carga simbólica religiosa, pero que esta vez no eran pinturas, y además afectado por los cánticos de la iglesia ortodoxa serbia que se escuchaban en el video de una de las salas.
Coser la imagen
Nacida en Valjevo (Serbia) en 1979 y licenciada en Artes Aplicadas por la Universidad de Bellas Artes de Belgrado, la artista Vukosavljević abarca en su obra el bordado, el tejido, la pintura de íconos y la elaboración de sudarios. El gesto central que plantea en esta muestra es el de mostrar imágenes de santos que fueron cosidas con máquina industrial sobre telas de segundo uso que ella misma recupera. Esto va más allá de un detalle meramente técnico; es también un gesto político con repercusiones filosóficas. La artista asienta su discurso a nivel de la materialidad. El bordado mecánico introduce una distancia con respecto a la tradición bizantina del ícono pintado a mano, donde cada trazo estaba regulado por cánones teológicos estrictos. Aquí, en cambio, el santo aparece atravesado por la materialidad de lo cotidiano, por telas que han tenido una vida previa, por superficies que remiten mucho más al desgaste que a la eternidad.
A nivel formal, podríamos apuntar que el bordado mecánico la lleva a realizar unos rostros con precisión contenida, casi frágil. Los ojos aparecen ligeramente desviados, quizá melancólicos, evitando repetir la mirada omnisciente del ícono clásico. En la muestra no vemos rostros que transmitan una autoridad absoluta, sino vulnerabilidad. La santidad aparece con un aura más humana, no como ideal inalcanzable. Incluso en las composiciones maternales, de madre e hijo, el gesto de cuidado y protección desplaza la función de reforzar el dogma que observamos en los templos e iglesias.
Por todo ello, Santos Serbios no se vive como una exposición de arte religioso como tal, ni como un ejercicio conceptual sobre el ícono.
El ícono como base formal, no como imagen
La propuesta de Vukosavljević parte de una decisión crucial: no abandonar la estructura del ícono ortodoxo, sino trabajar dentro de ella. Esto la diferencia claramente de muchas prácticas contemporáneas que citan lo religioso desde la ironía, la parodia o la profanación explícita. En sus obras permanecen intactos los principios fundamentales del ícono bizantino, como ser: frontalidad, jerarquía del rostro, economía del gesto, suspensión narrativa, entre otros.
Sin embargo, se trata de utilizar los mismos medios para otros fines, es decir, los elementos citados ya no funcionan como garantes de trascendencia, sino como una base formal o andamiajes sobre los cuales la artista introduce una operación contemporánea: el desplazamiento de régimen, o lo que nos gusta denominar como «dislocar». El ícono deja de pertenecer exclusivamente al campo litúrgico para replantearse como imagen histórica en tránsito, expuesta a espectadores latinoamericanos.
Textil, bordado y telas usadas
Uno de los aportes más significativos de Vukosavljević es su elección del textil como medio principal. En la tradición ortodoxa, la imagen sagrada ha sido históricamente asociada a la pintura, al oro, a la tabla. Es cierto que el bordado aparece, pero como elemento secundario, casi decorativo o litúrgico. En Santos Serbios, la imagen se cose, lo cual introduce dos factores: primero, el de la temporalidad lenta del bordado, que es una paciencia, una insistencia manual que se opone a la inmediatez de la imagen contemporánea; por otro lado, el bordado nos habla del ámbito del cuidado, lo femenino y la cotidianidad.
En el tope de lo ya señalado, se encuentra la decisión de la artista de usar telas de segundo uso. Es un gesto muy contemporáneo que nos comunica rastros de vida cotidiana, moda, lo doméstico e incluso precariedad. Es una materialidad ya usada la que servirá de soporte a la imagen sagrada. Cercanía con la vida cotidiana en lugar de la opulencia que puede observarse en el arte sacro. El santo aparece literalmente incrustado en la vida común, sin separación clara entre lo alto y lo bajo.
Diplomacia cultural y arte contemporáneo
La amistad con Zana Petković, cónsul honoraria de Serbia en Bolivia, nos permitió conocer algo más acerca de cómo llegó esta muestra a Santa Cruz de la Sierra. Zana subrayó en entrevistas en medios que la exposición forma parte del proyecto de Diplomacia Cultural que el consulado impulsa desde hace siete años, buscando fortalecer los lazos entre Serbia y Bolivia. «Iniciamos en 2017 con la exposición Viminacium. La Ruta de los Emperadores Romanos de Serbia. Hoy celebramos la cuarta ocasión en que el arte serbio se presenta en esta hermosa ciudad que es Santa Cruz»(1). También resaltó el aporte de la curadora Cecilia Bayá, con quien trabaja ya hace algunos años.
Expuesta en Santa Cruz de la Sierra, esta exposición activa una lectura particularmente fértil. En el contexto latinoamericano —marcado por sincretismo, colonialidad religiosa y reapropiaciones populares— las imágenes de Vukosavljević no aparecen como extranjeras, sino como extrañamente familiares. Si bien no hallaremos una equivalencia directa entre la ortodoxia serbia y la religiosidad andina o mestiza, sí podremos ver una afinidad estructural. En ese sentido, Santos Serbios va más allá de ser la exportación de una identidad nacional.
Que una exposición anclada en el cristianismo ortodoxo serbio se presente en Santa Cruz de la Sierra, ciudad mayoritariamente católica y modelada por una historia colonial hispana, implica un efecto interesante que sería digno de estudios posteriores. Para la población de Santa Cruz —formada visualmente por el barroco, la catequesis visual y el dogma teatralizado— los íconos textiles de Santos Serbios introducen otra relación con la imagen religiosa, una menos espectacular y más silenciosa. Y lo que más nos interesaría resaltar: el arte contemporáneo aparece aquí no como negación de la tradición, sino como espacio donde la tradición puede respirar sin dogma.
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