K
Kurt Freund Ruf
Guest
Ecuador se encuentra en una encrucijada histórica y existencial: prácticamente ha dejado de ser un país petrolero. La industria hidrocarburífera, tradicional motor de la economía nacional, atraviesa una crisis profunda y multifactorial que amenaza con convertir al país en un importador neto de energía, a pesar de contar con reservas probadas en el subsuelo. Esta paradoja es el resultado de años de desidia estructural, decisiones políticas cuestionables y una gestión institucional deficiente.
Hoy, la reactivación del sector no es solo una necesidad económica, sino una urgencia de seguridad nacional. Para trazar un camino de retorno a la soberanía energética, es imperativo diagnosticar con precisión los elementos que aquejan a la industria y, simultáneamente, proponer soluciones pragmáticas y audaces.
La actual parálisis del sector petrolero ecuatoriano es el resultado de la convergencia multidimensional de varios factores críticos. En primer lugar, existe una ausencia crónica de una política energética clara por parte del Gobierno. Sin un rumbo definido, la industria opera en la improvisación, perdiendo oportunidades estratégicas.
Esta falta de visión ha llevado al país a quedar rezagado en el actual ciclo favorable de precios internacionales del crudo, impulsado por conflictos geopolíticos como la tensión entre EE.UU., Israel e Irán, que ha reducido la exportación de crudo en el Golfo Pérsico. Ecuador no tiene cómo aprovechar estos precios altos debido a su baja producción nacional y costo de importación de derivados.
En segundo lugar, la falta de inversión en exploración es alarmante. El país vive exclusivamente de la declinación de los campos existentes, sin aplicar la regla básica de la industria: reponer al menos un barril por cada barril producido. No se registran descubrimientos relevantes, lo que hipoteca su futuro productivo.
A esto se suman graves problemas operativos y de infraestructura. El Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE) ha sufrido ocho roturas e interrupciones en apenas 24 meses, afectando la continuidad operativa y provocando derrames. Paralelamente, la Refinería Estatal de Esmeraldas (REE) presenta fallas críticas, registrando tres incendios en un año sin que haya responsables claros, mientras las autoridades del área de refinación permanecen en sus cargos.
Finalmente, la inestabilidad y la débil gestión institucional en EP Petroecuador son insostenibles. Desde 2023, han pasado cuatro ministros del ramo y ocho gerentes generales por la estatal petrolera, muchos de ellos sin la experiencia técnica necesaria.
Como bien lo analiza el economista Walter Spurrier, los altos precios del petróleo en el mercado mundial dejan un beneficio escaso al país. En 2025, Ecuador produjo 439 000 barriles diarios (bpd), pero tras restar el consumo interno e importaciones, solo quedaron para exportación neta 162 000 bpd. El problema de fondo es que los combustibles importados tienen un precio mayor que el crudo exportado. En consecuencia, en 2025, el comercio internacional petrolero dejó ventas netas de apenas $900 millones para el Estado, ubicándose como el quinto rubro de exportación.
La realidad es contundente: gran parte de las divisas que ingresan por exportación de crudo deben destinarse a la importación del 65% de los derivados para el consumo interno, debido a que las refinerías nacionales no alcanzan a procesar el volumen necesario. Mientras el ingreso neto real del negocio petrolero a favor del Estado es de unos $1 000 millones anuales, se destinan miles de millones a la importación. Si Ecuador tuviera refinerías eficientes procesando el 100% del crudo producido, se podrían ahorrar unos $5 000 millones anuales y exportar excedentes con valor agregado como señala el Ing. Marcelo Karolys.
Sigue leyendo...
Hoy, la reactivación del sector no es solo una necesidad económica, sino una urgencia de seguridad nacional. Para trazar un camino de retorno a la soberanía energética, es imperativo diagnosticar con precisión los elementos que aquejan a la industria y, simultáneamente, proponer soluciones pragmáticas y audaces.
La actual parálisis del sector petrolero ecuatoriano es el resultado de la convergencia multidimensional de varios factores críticos. En primer lugar, existe una ausencia crónica de una política energética clara por parte del Gobierno. Sin un rumbo definido, la industria opera en la improvisación, perdiendo oportunidades estratégicas.
Esta falta de visión ha llevado al país a quedar rezagado en el actual ciclo favorable de precios internacionales del crudo, impulsado por conflictos geopolíticos como la tensión entre EE.UU., Israel e Irán, que ha reducido la exportación de crudo en el Golfo Pérsico. Ecuador no tiene cómo aprovechar estos precios altos debido a su baja producción nacional y costo de importación de derivados.
En segundo lugar, la falta de inversión en exploración es alarmante. El país vive exclusivamente de la declinación de los campos existentes, sin aplicar la regla básica de la industria: reponer al menos un barril por cada barril producido. No se registran descubrimientos relevantes, lo que hipoteca su futuro productivo.
A esto se suman graves problemas operativos y de infraestructura. El Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE) ha sufrido ocho roturas e interrupciones en apenas 24 meses, afectando la continuidad operativa y provocando derrames. Paralelamente, la Refinería Estatal de Esmeraldas (REE) presenta fallas críticas, registrando tres incendios en un año sin que haya responsables claros, mientras las autoridades del área de refinación permanecen en sus cargos.
Finalmente, la inestabilidad y la débil gestión institucional en EP Petroecuador son insostenibles. Desde 2023, han pasado cuatro ministros del ramo y ocho gerentes generales por la estatal petrolera, muchos de ellos sin la experiencia técnica necesaria.
Como bien lo analiza el economista Walter Spurrier, los altos precios del petróleo en el mercado mundial dejan un beneficio escaso al país. En 2025, Ecuador produjo 439 000 barriles diarios (bpd), pero tras restar el consumo interno e importaciones, solo quedaron para exportación neta 162 000 bpd. El problema de fondo es que los combustibles importados tienen un precio mayor que el crudo exportado. En consecuencia, en 2025, el comercio internacional petrolero dejó ventas netas de apenas $900 millones para el Estado, ubicándose como el quinto rubro de exportación.
La realidad es contundente: gran parte de las divisas que ingresan por exportación de crudo deben destinarse a la importación del 65% de los derivados para el consumo interno, debido a que las refinerías nacionales no alcanzan a procesar el volumen necesario. Mientras el ingreso neto real del negocio petrolero a favor del Estado es de unos $1 000 millones anuales, se destinan miles de millones a la importación. Si Ecuador tuviera refinerías eficientes procesando el 100% del crudo producido, se podrían ahorrar unos $5 000 millones anuales y exportar excedentes con valor agregado como señala el Ing. Marcelo Karolys.
Sigue leyendo...