Pluribus: el apocalipsis más amable y perturbador de la televisión

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Pablo Deheza

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Después de revolucionar el drama criminal con Breaking Bad y Better Call Saul, Vince Gilligan ha vuelto a transformar un género televisivo completo. Pluribus, su nueva serie para Apple TV+ que concluyó su primera temporada esta semana, se ha consolidado rápidamente como uno de los acontecimientos televisivos más importantes de 2025. Con un récord de audiencia que superó incluso a Severance y Ted Lasso, la serie ha demostrado que el apocalipsis puede ser profundamente perturbador sin necesidad de zombis, explosiones o persecuciones frenéticas.

El apocalipsis que presenta Gilligan es de una naturaleza completamente diferente: es tranquilo, sonriente y aparentemente benigno. Una señal alienígena captada desde 600 años luz de distancia contiene el código para un virus de ARN que, tras un accidente en un laboratorio militar, se propaga por todo el planeta en cuestión de días. El resultado no es destrucción masiva sino algo mucho más inquietante: la casi totalidad de la humanidad se fusiona en una conciencia colectiva pacífica, vegetariana y perpetuamente feliz conocida como «Los Otros». Solo trece personas permanecen inmunes a lo que se denomina «La Unión», entre ellas Carol Sturka, una novelista de fantasía romántica interpretada magistralmente por Rhea Seehorn.

La serie, cuyo título hace referencia al lema latino E pluribus unum («De muchos, uno»), plantea desde su primera escena una pregunta devastadora: ¿qué es exactamente lo que se ha perdido cuando toda la humanidad comparte la misma mente y el mismo sentimiento de felicidad constante?

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La soledad en un mundo de sonrisas​


La premisa de Pluribus se despliega con una meticulosidad que se ha convertido en la firma distintiva de Gilligan. Carol Sturka no es una heroína convencional. Es gruñona, misantrópica y profundamente infeliz, características que se acentúan tras la muerte de su pareja, Helen, durante el caótico proceso de La Unión. Como una de las pocas mentes libres restantes en el planeta, Carol se convierte involuntariamente en el centro de atención de Los Otros, quienes despliegan todos sus recursos, que incluyen el conocimiento acumulado de miles de millones de cerebros, para hacerla feliz.

Esta dinámica genera una de las tensiones más fascinantes de la serie. Los Otros no son antagonistas malvados en el sentido tradicional. No amenazan a Carol con violencia ni la persiguen con armas. En cambio, le proveen todo lo que desea: comida, compañía, incluso una relación romántica con Zosia, una mujer que parece diseñada específicamente para atraerla. Los Otros insisten en que Carol simplemente no entiende lo maravilloso que sería unirse a ellos, que su resistencia es producto de un malentendido, que ella está sufriendo innecesariamente.

La serie explora con notable sutileza los otros doce inmunes dispersos por el mundo. Desde Manousos Oviedo, un paraguayo que rechaza todo contacto con Los Otros y trabaja obsesivamente en descifrar las frecuencias de radio que mantienen unida la mente colmena, hasta Koumba Diabaté, quien vive una fantasía hedonista en Las Vegas donde Los Otros recrean para él un casino lleno de celebridades fallecidas. Cada inmune responde de manera diferente a esta nueva realidad, reflejando el espectro de reacciones humanas ante la coerción disfrazada de compasión.

Pero es en Carol donde la serie encuentra su corazón emocional. Seehorn ofrece una actuación extraordinaria que captura no solo el dolor del duelo sino también la alienación de ser literalmente la persona más sola del planeta. Su resistencia no es heroica en el sentido tradicional; es obstinada, a veces irracional, profundamente humana en sus contradicciones.

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Densidad temática​


Pluribus funciona en múltiples niveles temáticos simultáneamente, creando una obra que recompensa la atención cuidadosa y la reflexión continua. En su núcleo, la serie es una meditación sobre la soledad y la comunidad, explorando la paradoja de que la conexión humana genuina requiere precisamente aquello que La Unión elimina: la separación, la diferencia, el espacio entre las personas.

La serie interroga constantemente qué define la humanidad. Los Otros argumentan que han eliminado el sufrimiento, la violencia, el egoísmo y la destrucción ambiental. Han creado literalmente la paz mundial. Desde su perspectiva, están salvando a Carol de una existencia miserable. Pero Gilligan nos obliga a preguntarnos: si eliminamos el dolor, la ansiedad, el conflicto y la duda, ¿queda algo verdaderamente humano? ¿Es el sufrimiento el precio inevitable de la individualidad?

El amor emerge como uno de los temas centrales más complejos. Carol desarrolla una relación con Zosia que parece auténtica, apasionada y profundamente necesaria para su bienestar emocional. Pero, ¿puede Zosia realmente amarla cuando «Zosia» ya no existe como individuo separado? Los Otros le dicen a Carol que la aman tanto como aman a Manousos, tanto como aman a todos y a todo. Este «amor» universal e indiscriminado revela su vaciedad fundamental. El amor verdadero, sugiere la serie, requiere elección, preferencia, la posibilidad de no amar.

La cuestión del libre albedrío atraviesa cada escena. Los Otros no pueden mentir en el sentido tradicional, pero manipulan constantemente. Recrean el supermercado favorito de Carol solo para ella, dándole la ilusión de autonomía mientras controlan cada aspecto de su vida. Le ofrecen cualquier cosa que pida, incluso una granada de mano cuando, borracha y furiosa, la solicita. Esta complacencia total es quizás más aterradora que cualquier coerción abierta porque elimina la fricción necesaria para el crecimiento personal, para la toma de decisiones significativas, para la existencia auténtica.

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La escena de Kusimayu: Una alegoría devastadora​


El episodio final de la temporada se abre con una de las secuencias más emotivas y filosóficamente densas de toda la serie. En una aldea remota de Perú, Kusimayu, una joven que ha permanecido inmune, finalmente consigue su deseo de unirse a Los Otros para estar con su familia. La escena comienza con Kusimayu acunando a una pequeña cabra en un corral. La ternura en sus ojos, la manera en que acaricia suavemente su pelaje, transmite un amor particular, único, individualizado.

Cuando Kusimayu inhala el patógeno diseñado específicamente para ella, algo fundamental cambia. Su aldea, que momentos antes cantaba canciones tradicionales en quechua, cae en silencio. La música, las tradiciones, la cultura específica de ese lugar desaparecen instantáneamente. Los aldeanos comienzan a desmantelar su hogar, liberando a los animales de granja que habían cuidado durante generaciones. Y cuando la cabra bebé sigue a Kusimayu, balando por su atención, ella simplemente sigue caminando. Su sonrisa permanece, pero es diferente: uniforme, homogénea, vacía de ese amor particular que había mostrado minutos antes.

Esta escena funciona como una alegoría perfecta de lo que la serie argumenta que se pierde con La Unión. Kusimayu ya no ama específicamente a esa cabra; ahora «ama» a todas las criaturas por igual, lo que en realidad significa que no ama verdaderamente a ninguna. La diferencia entre el amor individualizado, con todas sus imperfecciones, preferencias irracionales y apegos específicos, y el amor universal de Los Otros se vuelve devastadoramente clara. El primero requiere conciencia de sí mismo, memoria personal, la capacidad de formar vínculos únicos. El segundo es apenas distinguible de la indiferencia.

A través de Kusimayu, Pluribus cuestiona las nociones fundamentales de conciencia y ser. ¿Sigue existiendo Kusimayu después de La Unión, o murió y fue reemplazada por otra cosa que lleva su cuerpo? Los filósofos que han analizado la serie coinciden en que cada persona que se une ha muerto esencialmente. La entidad resultante puede tener acceso a los recuerdos de Kusimayu, pero la continuidad de la conciencia, ese hilo que hace que «yo» sea «yo» a lo largo del tiempo, se ha roto irreparablemente.

La escena también interroga la naturaleza del libre albedrío. Kusimayu elige unirse voluntariamente, pero ¿puede considerarse una elección verdaderamente libre cuando está basada en información incompleta? Los Otros le prometieron que se reuniría con su familia, pero omitieron mencionar que su aldea, su cultura, todo lo que la hacía específicamente ella, sería borrado en el proceso. Esta manipulación por omisión plantea preguntas sobre el consentimiento informado y los límites éticos de la persuasión.

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Por qué Pluribus importa​


En una era dominada por debates sobre inteligencia artificial, redes sociales y la homogeneización cultural global, Pluribus ofrece una parábola inquietantemente relevante. Los paralelismos con la IA son imposibles de ignorar: Los Otros hablan como chatbots contemporáneos, siempre afirmando, perpetuamente complacientes, estructuralmente incapaces de decir «no». Su conocimiento es vasto, pero carece de sabiduría. Su amabilidad es universal, pero carece de autenticidad.

La serie también funciona como una crítica de que la felicidad es el objetivo supremo y que todo sufrimiento debe ser eliminado. Los Otros representan el fin lógico de esta filosofía: un mundo donde nadie sufre porque nadie es realmente nadie. La incomodidad, la duda, la ansiedad existencial que sentimos al ver Pluribus no son defectos de la narrativa sino su objetivo central. La serie nos obliga a confrontar la posibilidad de que nuestra humanidad esté inextricablemente ligada a nuestras imperfecciones.

Estéticamente, Gilligan y su equipo han creado un apocalipsis que subvierte todas las expectativas del género. No hay hordas de criaturas, ni ciudades en llamas, ni luchas desesperadas por recursos. En cambio, el mundo es tranquilo, ordenado, funcional. Esta quietud es precisamente lo que lo hace tan terrorífico. El compositor Dave Porter abandonó los sintetizadores de ciencia ficción en favor de voces humanas ligeramente desincronizadas, creando un efecto coral que resulta simultáneamente hermoso e inquietante. La cinematografía aprovecha la luz del desierto de Nuevo México para crear una sensación de amplitud vacía, de aislamiento cósmico.

La serie también importa por lo que representa en términos de ambición televisiva. Con un presupuesto de $us 15 millones por episodio, Pluribus demuestra que el verdadero espectáculo no requiere persecuciones de autos o explosiones masivas. Las escenas más impactantes de la serie son conversaciones largas, planos sostenidos de Carol caminando sola por vecindarios vacíos, momentos de silencio donde el peso de la soledad se vuelve casi tangible. En una época de televisión frenética diseñada para evitar que cambiemos de canal, Pluribus se atreve a ser lenta, contemplativa, a confiar en que su audiencia tiene la paciencia y la profundidad intelectual para seguirla.

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Recepción crítica y de audiencia​


La respuesta a Pluribus ha sido extraordinariamente polarizada, revelando quizás tanto sobre el estado actual de la crítica y el consumo televisivo como sobre la serie misma. La serie debutó con un perfecto 100% en Rotten Tomatoes, un logro casi sin precedentes. Los críticos la han comparado favorablemente con obras maestras del género como The Twilight Zone, The Leftovers y Black Mirror, celebrando su originalidad conceptual, la dirección de Gilligan y la actuación transformadora de Seehorn.

Sin embargo, la audiencia general ha mostrado una recepción más dividida. Con un 84% en la puntuación de audiencia de Rotten Tomatoes, significativamente más bajo que el puntaje de críticos del 99%, la serie claramente no es para todos. Las quejas más comunes se centran en el ritmo deliberadamente lento de la serie. Algunos espectadores la han descrito como «aburrida», criticando las largas escenas sin diálogo y lo que perciben como falta de acción o avance de la trama.

La división refleja un debate más amplio sobre el tipo de televisión que valoramos. Para algunos espectadores, particularmente aquellos formados por el ritmo frenético de Breaking Bad, Pluribus representa una traición o al menos una desaceleración frustrante. Para otros, la serie es precisamente lo que la televisión ambiciosa debería ser: desafiante, contemplativa, dispuesta a sacrificar la gratificación inmediata por la profundidad emocional y filosófica a largo plazo.

Independientemente de estas divisiones, el impacto cultural de Pluribus es innegable. La serie se ha convertido rápidamente en la más vista en la historia de Apple TV+. Este éxito comercial, combinado con el aplauso crítico, sugiere que existe un hambre real por televisión que trate a su audiencia como intelectualmente sofisticada, capaz de lidiar con preguntas difíciles sin respuestas fáciles.

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Especulaciones sobre la segunda temporada​


El final de la primera temporada dejó múltiples hilos narrativos abiertos que han alimentado intensas especulaciones sobre lo que vendrá. La decisión de Carol de abandonar su fantasía romántica con Zosia y regresar a Albuquerque, con una bomba atómica en su poder, establece una premisa dramática imposible de ignorar. ¿Qué planea hacer con semejante arma? ¿La usará como palanca de negociación, o pretende crear un pulso electromagnético para interrumpir la frecuencia que mantiene unida la mente colmena?

El descubrimiento de Manousos sobre la frecuencia 8613.0 kHz ofrece una posible vía para deshacer La Unión. Sus experimentos mostraron que cuando coloca una radio sintonizada en esa frecuencia sobre el pecho de un miembro de Los Otros, la conciencia individual comienza a emerger brevemente antes de que la persona entre en convulsiones. Esto sugiere que las personas originales todavía existen dentro de la mente colmena. Atrapadas, pero no borradas completamente. La segunda temporada probablemente explorará si es posible «despertar» a estos individuos sin matarlos en el proceso.

La revelación de que Los Otros han encontrado una manera de usar los óvulos congelados de Carol para crear células madre personalizadas representa una amenaza existencial para su libertad. En uno o dos meses, tendrán la capacidad de infectarla, eliminando su inmunidad natural. Esta presión temporal añade urgencia a cualquier plan que Carol y Manousos puedan desarrollar.

Independientemente de la dirección específica que tome, la segunda temporada de Pluribus promete continuar explorando las preguntas fundamentales que han hecho de la primera temporada una obra tan resonante: ¿Qué nos hace humanos? ¿Es posible la verdadera conexión sin separación? ¿Vale la pena el sufrimiento inherente a la existencia individual? Y quizás la más inquietante de todas: ¿estamos seguros de que no quisiéramos unirnos?

Pluribus ha demostrado que el apocalipsis más terrorífico no necesariamente involucra violencia o destrucción. A veces, el verdadero horror reside en la eliminación pacífica de todo lo que nos hace únicos, en una felicidad tan universal que pierde todo significado, en un mundo donde el amor se vuelve indistinguible de la programación. En la era de la inteligencia artificial, las redes sociales y la creciente homogeneización cultural, Pluribus funciona como una advertencia necesaria y profundamente inquietante sobre el valor irremplazable de nuestra imperfecta, dolorosa y gloriosamente individual humanidad.

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