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Redacción Universidad
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Según los datos de la Encuesta de Opinión Pública del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica (CIEP-UCR) del 21 de enero, el electorado costarricense presenta un nivel de indecisión cercano al 32%. La principal causa esgrimida por la ciudadanía es la falta de representatividad dentro de la oferta partidaria actual. Este fenómeno invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza de la política nacional, donde el reciente ejercicio denominado «Anti Debate» —organizado por el medio TD Más— sirve como un caso de estudio relevante.
En dicho encuentro participaron Claudia Dobles, Álvaro Ramos, Juan Carlos Hidalgo y Ariel Robles, figuras que representan corrientes ideológicas distintas y, en ocasiones, contrapuestas. A pesar de esta diversidad, se observa una tendencia entre los candidatos a proyectar una imagen de unidad y concordia. No obstante, esta narrativa de armonía carece de sustento en la práctica política real: no se han formalizado alianzas programáticas ni ha existido una agenda legislativa común entre los partidos aquí representados durante el periodo actual con excepción del Partido Acción Ciudadana (PAC) que no obtuvo diputados en esta legislatura.
Desde la perspectiva de la teoría política posestructuralista, esta búsqueda de armonía resulta problemática. Chantal Mouffe sostiene que la esencia de la política es el conflicto, no la armonía. Al intentar imponer una narrativa de consenso, las élites políticas incurren en lo que Ernesto Laclau define como la negación del carácter contingente de lo social. El conflicto no es una anomalía, sino la prueba de que no existe un fundamento último que determine el orden social; por el contrario, todo orden es producto de una construcción hegemónica basada en la exclusión.
En este sentido, la pretensión de un consenso absoluto no solo es artificial, sino que ejerce una violencia simbólica al invisibilizar las disidencias y las diferencias ideológicas reales. Este «consenso» propuesto borra las fronteras pragmáticas que deberían distinguir a los proyectos políticos en una democracia vibrante.
Este escenario de armonía impostada y falta de diferenciación entre los partidos tradicionales permite comprender el ascenso de figuras como Laura Fernández en los estudios de opinión, consolidándola como la única opción diferente. Mientras que agrupaciones históricas como el Partido Liberación Nacional (PLN), el Frente Amplio (FA), el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) y el PAC intentan presentarse como los portadores de una «verdad absoluta» basada en consensos desgastados, el Partido Pueblo Soberano (PPSO) logra posicionarse como una alternativa disruptiva frente a las estructuras que han ostentado el poder hegemónico durante las últimas cinco décadas.
Finalmente, es imperativo señalar que la política exige una comprensión estratégica de los tiempos institucionales. Si bien el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) establece periodos claros para la formalización de coaliciones, la verdadera construcción de una agenda programática conjunta debería manifestarse en la praxis legislativa cotidiana. No obstante, la marcada heterogeneidad ideológica de las fuerzas políticas representadas en la Asamblea impide la consolidación de bloques de oposición sólidos.
En este contexto, este tipo de ejercicios de búsqueda de consensos —aunque válidos como espacios de diálogo democrático— carecen de profundidad sustantiva al no estar respaldados por acuerdos técnicos o programáticos reales. Esta desconexión entre la forma (la búsqueda de armonía mediática) y el fondo (la ausencia de una agenda común) sugiere que tales esfuerzos funcionan meramente como instrumentos de captación electoral individual. Como demuestra la persistencia de la indecisión en las encuestas, la estrategia de un consenso superficial no ha logrado articular una voluntad colectiva, dejando un vacío que la única alternativa disruptiva como lo es Laura Fernández lo sigue capitalizando.
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