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Reinaldo Páez Z.
Guest
Vivimos en un mundo marcado por la convulsión y la injusticia, donde se destinan cantidades incalculables de dinero al desarrollo de tecnologías cada vez más destructivas y eficaces. El objetivo de estos avances es aumentar la capacidad de asesinar al mayor número posible de personas, lo que se traduce en ciudades convertidas en ruinas y escombros, así como en un incremento constante de viudos, huérfanos, heridos y muertos. Este fenómeno es inherente a nuestra especie desde sus orígenes, pues la guerra ha sido el motor más potente para impulsar la evolución de las armas, desde el primitivo garrote hasta los proyectiles nucleares.
Mientras se invierte en armamento, drones, aviones, buques, proyectiles, vehículos de asalto y misiles, millones de personas en regiones empobrecidas carecen de lo más básico: alimento. Estas personas fallecen y contemplan impotentes cómo sus hijos, emaciados, hambrientos y cadavéricos, mueren a falta de comida. Bastaría una pequeña parte del dinero destinado a la industria armamentística, o una fracción de las miles de toneladas de comida que se desperdician cada día en restaurantes, grandes buques con miles de pasajeros, centros turísticos y recreativos, para alimentar a quienes lo necesitan. Este absurdo inhumano refleja una contradicción fundamental: la capacidad de la humanidad para crear y destruir, mientras ignora las necesidades más elementales de sus miembros.
En nuestro país, la realidad universal se ve agravada por la desidia, la irresponsabilidad y la incompetencia de funcionarios y autoridades. Estas personas parecen habituarse a convivir con los problemas, sin mostrar voluntad ni esfuerzo por solucionarlos. Esta actitud pasiva se refleja en múltiples aspectos, pero resulta especialmente evidente en la fragmentación del sistema sanitario. En pleno siglo XXI, sigue sin existir un sistema nacional de salud homogéneo como ocurre en otras naciones, perpetuándose la dispersión de centros de atención que funcionan como pequeñas islas, cada una bajo diferentes gobernantes y enfrentando grandes carencias y dificultades.
Además, la ausencia de políticas efectivas ha permitido que la mayoría de los ríos del se hayan contaminado de manera permanente y progresiva. Ejemplos claros son los sistemas Machángara, Guayllabamba y Esmeraldas, afectados principalmente por la grave contaminación del río Machángara. Su recorrido urbano se encuentra en estado r crítico, con pérdida de vida acuática y riesgos para la salud, por la masiva y constante acumulación de excretas, residuos sólidos, detergentes y metales pesados, todo ello agravado por la falta de plantas de tratamiento. La irresponsabilidad llega a tal punto que ni siquiera se exige a nuevas urbanizaciones o edificios residenciales disponer de sistemas adecuados de eliminación de desechos.
Otro aspecto que requiere análisis y control es el uso de pesticidas en la agricultura. Estudios prolongados a lo largo de 20 años, dirigidos por los científicos ecuatorianos José Suárez y Dolores López de la Fundación Cimas del Ecuador, con apoyo de institutos y fundaciones internacionales dedicadas a investigaciones de salud, han demostrado que el uso no regulado de agroquímicos, insecticidas, fungicidas y herbicidas, especialmente en pequeñas florícolas emergentes, está contaminando el agua y los alimentos en el área de Pedro Moncayo, en la provincia de Pichincha. Esta contaminación genera graves consecuencias para la salud: enfermedades neurológicas, hematológicas, tiroideas, degenerativas, cáncer y alteraciones genéticas.
Frente a la ineficiencia de las autoridades locales, han surgido organizaciones que realizan grandes esfuerzos para compensar esa falta de gestión. Destacan, entre ellas, la colaboración del Club Rotario Quito Norte, empeñado en dotar de agua potable a las zonas rurales del noroccidente de la provincia de Pichincha. Han servido a 160 comunidades con la instalación de 172 sistemas de potabilización del agua que han beneficiado a 160 000 personas.
Sobresale y es justo mencionar el ahínco constante de SOLCA Quito que, pese a atravesar serias restricciones económicas, no ha dejado de actualizarse y mantener tecnología de punta para optimizar la atención a los niños, adultos y ancianos afectados por el cáncer. En cumplimiento de este objetivo de constante modernización, ha adquirido el “Array y mapeo óptico”, que permite identificar genes asociados a enfermedades y estudiar la herencia genética, complementando investigaciones sobre los daños genéticos y cromosómicos derivados del envenenamiento colectivo. Para coadyuvar con el tratamiento del cáncer en casos complejos, se ha contratado la adquisición del equipo Davinci (Robot Quirúrgico), el más moderno del país, que incrementará la precisión y el éxito de los procedimientos quirúrgicos.
Ojalá estos esfuerzos ejemplares sirvan como estímulo para que las autoridades que han permanecido, hasta ahora, inmutables ante los problemas de contaminación y envenenamiento colectivo, se decidan finalmente a actuar.
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Mientras se invierte en armamento, drones, aviones, buques, proyectiles, vehículos de asalto y misiles, millones de personas en regiones empobrecidas carecen de lo más básico: alimento. Estas personas fallecen y contemplan impotentes cómo sus hijos, emaciados, hambrientos y cadavéricos, mueren a falta de comida. Bastaría una pequeña parte del dinero destinado a la industria armamentística, o una fracción de las miles de toneladas de comida que se desperdician cada día en restaurantes, grandes buques con miles de pasajeros, centros turísticos y recreativos, para alimentar a quienes lo necesitan. Este absurdo inhumano refleja una contradicción fundamental: la capacidad de la humanidad para crear y destruir, mientras ignora las necesidades más elementales de sus miembros.
En nuestro país, la realidad universal se ve agravada por la desidia, la irresponsabilidad y la incompetencia de funcionarios y autoridades. Estas personas parecen habituarse a convivir con los problemas, sin mostrar voluntad ni esfuerzo por solucionarlos. Esta actitud pasiva se refleja en múltiples aspectos, pero resulta especialmente evidente en la fragmentación del sistema sanitario. En pleno siglo XXI, sigue sin existir un sistema nacional de salud homogéneo como ocurre en otras naciones, perpetuándose la dispersión de centros de atención que funcionan como pequeñas islas, cada una bajo diferentes gobernantes y enfrentando grandes carencias y dificultades.
Además, la ausencia de políticas efectivas ha permitido que la mayoría de los ríos del se hayan contaminado de manera permanente y progresiva. Ejemplos claros son los sistemas Machángara, Guayllabamba y Esmeraldas, afectados principalmente por la grave contaminación del río Machángara. Su recorrido urbano se encuentra en estado r crítico, con pérdida de vida acuática y riesgos para la salud, por la masiva y constante acumulación de excretas, residuos sólidos, detergentes y metales pesados, todo ello agravado por la falta de plantas de tratamiento. La irresponsabilidad llega a tal punto que ni siquiera se exige a nuevas urbanizaciones o edificios residenciales disponer de sistemas adecuados de eliminación de desechos.
Otro aspecto que requiere análisis y control es el uso de pesticidas en la agricultura. Estudios prolongados a lo largo de 20 años, dirigidos por los científicos ecuatorianos José Suárez y Dolores López de la Fundación Cimas del Ecuador, con apoyo de institutos y fundaciones internacionales dedicadas a investigaciones de salud, han demostrado que el uso no regulado de agroquímicos, insecticidas, fungicidas y herbicidas, especialmente en pequeñas florícolas emergentes, está contaminando el agua y los alimentos en el área de Pedro Moncayo, en la provincia de Pichincha. Esta contaminación genera graves consecuencias para la salud: enfermedades neurológicas, hematológicas, tiroideas, degenerativas, cáncer y alteraciones genéticas.
Frente a la ineficiencia de las autoridades locales, han surgido organizaciones que realizan grandes esfuerzos para compensar esa falta de gestión. Destacan, entre ellas, la colaboración del Club Rotario Quito Norte, empeñado en dotar de agua potable a las zonas rurales del noroccidente de la provincia de Pichincha. Han servido a 160 comunidades con la instalación de 172 sistemas de potabilización del agua que han beneficiado a 160 000 personas.
Sobresale y es justo mencionar el ahínco constante de SOLCA Quito que, pese a atravesar serias restricciones económicas, no ha dejado de actualizarse y mantener tecnología de punta para optimizar la atención a los niños, adultos y ancianos afectados por el cáncer. En cumplimiento de este objetivo de constante modernización, ha adquirido el “Array y mapeo óptico”, que permite identificar genes asociados a enfermedades y estudiar la herencia genética, complementando investigaciones sobre los daños genéticos y cromosómicos derivados del envenenamiento colectivo. Para coadyuvar con el tratamiento del cáncer en casos complejos, se ha contratado la adquisición del equipo Davinci (Robot Quirúrgico), el más moderno del país, que incrementará la precisión y el éxito de los procedimientos quirúrgicos.
Ojalá estos esfuerzos ejemplares sirvan como estímulo para que las autoridades que han permanecido, hasta ahora, inmutables ante los problemas de contaminación y envenenamiento colectivo, se decidan finalmente a actuar.
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