Muchas candidaturas, pocas nueces: cuando votar es insuficiente

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Javier Córdoba

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Nunca fue tan fácil postularse y tan difícil elegir. La fragmentación electoral, el voto emocional y la ausencia de propuestas viables han degradado la campaña a un espectáculo empobrecido y estridente. Lo que está en juego ya no es únicamente quién gobierna, sino si todavía existe una elección real o si sólo nos queda administrar el daño en nombre de la supervivencia republicana.

Abundancia sin sustancia

Costa Rica a días de que concluya el proceso electoral de 2026 se encuentra con una oferta política abundante y, al mismo tiempo, vacía. La multiplicación de candidaturas no ha venido acompañada de una ampliación real de alternativas, sino de una fragmentación que diluye el debate, sustituye el proyecto y la deliberación; por el eslogan, el meme y la banalidad. La competencia ya no gira en torno a proyectos de país, sino a identidades emocionales, rechazos viscerales y promesas inconexas, la partidocracia se ha degradado al punto de que los partidos parecen destinados a convertirse en simples “taxis” electorales.

Con los matices del caso, las organizaciones políticas pueden agruparse en cuatro grandes categorías: partidos testimoniales que aspiran únicamente a representación legislativa; partidos tradicionales con estructuras históricas, pero profundamente deslegitimados; proyectos oportunistas que buscan replicar el estilo comunicacional del “jaguarismo” sin

ser herederos orgánicos de él; y un núcleo duro de adhesión abiertamente chavista, más identitario que programático, que apuesta por la continuidad del gobierno actual.

El problema no es la multiplicidad de ofertas, sino su vacío de proyecto. Ninguna de estas opciones logra articular una visión de país coherente, viable y compartida.

En ese escenario, la ciudadanía se ve forzada a elegir sin elegir realmente. ¿Y cómo “churros” llegamos aquí?

La polarización política ha simplificado el mapa en dos grandes campos en donde se mueven los actores políticos. Para quienes se adhieren al chavismo o buscan emularlo, la decisión parece sencilla: basta con un liderazgo que reproduzca las emociones, el antagonismo y la narrativa del gobierno vigente, aun cuando el contenido programático sea difuso o inexistente.

Ese electorado, conviene no olvidarlo, está en su derecho de querer la continuidad de un proyecto que percibe positivamente.

Sin embargo, una mirada que vaya más allá del análisis electoral superficial permite observar que la adhesión chavista no responde únicamente a un estilo comunicacional exitoso. También expresa demandas reales y necesidades concretas en comunidades históricamente postergadas, producto de una deuda social acumulada por la incompetencia de la clase política tradicional. Si esas demandas no son abordadas con resultados tangibles, cualquier proyecto —sea cual sea su signo ideológico— está condenado al fracaso. Cuesta creer que la sociedad costarricense perpetúe indefinidamente una opción que no ofrezca mejoras reales en el mediano y largo plazo.

Para quienes adversan el proyecto chavista, la situación es mucho más compleja. Cualquier opción con posibilidades reales de derrotar electoralmente al oficialismo enfrentará serias dificultades para gobernar con eficacia si reproduce la inercia de la política tradicional: incapacidad para saldar la deuda social pendiente, gestión

fragmentada de intereses particulares y sacrificio recurrente del interés público. Todo ello, además, en un clima de resentimiento social y memoria reciente de gobiernos fallidos.

La clase política, no obstante, no es ajena a la sociedad que la produce. Durante décadas, amplios sectores sociales defendieron acríticamente el bipartidismo, minimizaron prácticas corruptas y confundieron identidad política con lealtad ciega, como si se tratara de equipos de fútbol donde se defiende la camiseta llueva, truene o relampaguee. Hoy, muchos de esos mismos ciudadanos reproducen el mismo esquema emocional, solo que bajo nuevas banderas. Cambian los nombres; no cambia la lógica.

La oposición histórica al bipartidismo pese a sus diversas mutaciones tampoco logró consolidarse como un contrapeso sólido. Atrapada entre la fragmentación, la falta de autocrítica y la negociación de corto plazo —muchas veces seducida por el clientelismo que decía combatir— fue incapaz de acumular fuerza, conocimiento y madurez para construir una alternativa creíble que convocara más allá del rechazo al oficialismo. En buena medida, este déficit tiene raíces más profundas: un sistema educativo que nunca fomentó una ciudadanía crítica, deliberativa y participativa, porque desde el poder eso siempre resultó incómodo.

Qué pasa si seguimos en las mismas


La experiencia demuestra que el continuismo, por sí solo, no garantiza estabilidad ni mejora institucional. Pero reducir la política a una lógica defensiva —contener el daño inmediato mediante la elección del “mal menor”— tampoco ofrece una salida sostenible. Por el contrario, esa dinámica suele convertirse en el combustible de un retorno más radicalizado del populismo en el siguiente ciclo electoral, ya sea encarnado en la misma figura o en una nueva, si no se construye una sociedad y un quehacer institucional que coloque el bien común como principio innegociable de la cosa pública.

No es arriesgado pronosticar que este ciclo tiene más probabilidades de repetirse que de romperse. La política emocional, la búsqueda de figuras mesiánicas y el voto visceral tienden a permanecer larvados en el corazón de una sociedad cuando no existen proyectos colectivos sólidos. La democracia costarricense no colapsara de golpe; se erosiona gradualmente cada vez que las elecciones dejan de ser una deliberación sobre el futuro y se transforman en una reacción frente al pasado inmediato.

Erosión democrática: la mesa servida para el autoritarismo

Tal vez el problema más inquietante no sea la calidad de las candidaturas, sino la normalización de este empobrecimiento político continuo. Es en esa normalización — silenciosa, gradual y socialmente tolerada— donde se le sirve la mesa al autoritarismo.

Cuando las elecciones dejan de ofrecer alternativas reales, la democracia puede seguir operando en lo formal, pero se vacía en lo sustantivo. Recuperar su sentido exige algo más difícil que cambiar nombres o siglas: requiere una ciudadanía dispuesta a abandonar la indiferencia y a transformar la comodidad del antagonismo —la relación con el enemigo— en el trabajo exigente del agonismo, entendido, en términos de Chantal Mouffe, como la relación con un adversario legítimo cuya existencia debe ser tolerada, asumiendo para ello el costo de pensar políticamente en serio.

Conviene ser claros. Renunciar a la política o abstenerse a participar de los comicios sólo agravará el problema. Sí, es necesario elegir el próximo primero de febrero, especialmente si existe la convicción de que el populismo mesiánico debe ser derrotado. Pero la solución para desarrollar el país y preservar los derechos difícilmente conquistados no vendrá exclusivamente de la clase política. Pasa, necesariamente, por redemocratizar la sociedad: reconstruir comunidad, involucrarse en los problemas del entorno inmediato y asumir, desde las capacidades y saberes de cada quien, una responsabilidad activa en lo público.

Sin construir una ciudadanía activa, deliberativa y solidaria, atrincherados en el individualismo del “¡Porta mí!” o en inmovilismo del “yo tengo la verdad”, la democracia terminará vaciándose de contenido, votemos por quien votemos.

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