Modelo carcelario de El Salvador apuesta por la reinserción social impulsada por el Gobierno de Nayib Bukele

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Jorge R. Imbaquingo

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El sistema carcelario de El Salvador vive una transformación profunda. Mientras los reos considerados de alta peligrosidad cumplen condenas en el régimen más estricto, miles de privados de libertad participan en programas de trabajo y capacitación orientados a la reinserción social.

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De Mariona al nuevo esquema penitenciario​


El Centro Penal La Esperanza, conocido históricamente como “Mariona” por su ubicación, fue durante décadas sinónimo de caos, violencia y control interno de los presos. Amotinamientos sangrientos y asesinatos de agentes policiales marcaron los años más oscuros del sistema penitenciario salvadoreño.

Ese escenario comenzó a cambiar con la llegada al poder de Nayib Bukele, cuando Mariona fue reconvertida en un centro de capacitación y pasó a cumplir un rol clave dentro de un modelo carcelario que separa castigo severo de procesos de readaptación.

Oficios como eje de la reinserción​


Los reos comunes que acceden a este sistema pueden capacitarse en oficios como construcción, metalmecánica, carpintería, maquila textil, taller automotriz, agronomía, zapatería, línea blanca y formación como promotores de salud.

Estos programas forman parte de una estrategia que busca que los internos adquieran habilidades laborales reales, con miras a su reincorporación a la vida productiva una vez cumplidas sus condenas.

CECOT: encierro total para los más peligrosos​


El modelo establece una línea clara. Los reos considerados altamente peligrosos, incluidos pandilleros acusados de delitos graves, no acceden a los programas de reinserción. Ellos son trasladados al Centro de Confinamiento del Terrorismo, donde cumplen penas bajo un régimen de aislamiento extremo y sin perspectivas cercanas de libertad.

El plan Cero Ocio y la reducción de penas​


Quienes participan en los programas productivos ingresan al denominado plan Cero Ocio. En el centro penitenciario del occidente, en Santa Ana, unos 44 000 privados de libertad han sido capacitados bajo este esquema.

Los internos que alcanzan la fase de confianza, generalmente próximos a cumplir su condena, son enviados a reconstruir escuelas. Cada día de trabajo les permite reducir dos días de pena, según el sistema vigente.

Cárceles productivas y obras públicas​


El reclusorio de Santa Ana está dividido en naves industriales. En ellas, los internos fabrican pupitres, juegos lúdicos y mobiliario escolar que se utilizan en el plan gubernamental de rehabilitación de escuelas, que contempla intervenir dos centros educativos por día.

El Estado ha invertido cerca de USD 500 millones en este proyecto, con el objetivo de renovar más de 5 000 escuelas en todo el país.

Además, los reos construyen estaciones para salvavidas destinadas a zonas turísticas y mobiliario para los Agromercados impulsados por el Gobierno.

Maquila, granjas y autosostenibilidad​


En la nave norte del penal de Santa Ana opera una maquila textil donde cerca de 6 000 reclusos trabajan en turnos de ocho horas para mantener la producción continua. Allí se confeccionan uniformes médicos, deportivos, del sistema carcelario y, a futuro, uniformes escolares estatales.

El centro cuenta también con granjas agrícolas y ganaderas destinadas al autoconsumo, con la meta de avanzar hacia cárceles autosostenibles.

Un modelo que va más allá del encierro​


Aunque la atención internacional se ha centrado en el régimen del CECOT, El Salvador mantiene en paralelo un esquema de reinserción para quienes buscan dejar atrás su pasado delictivo. El modelo apuesta por el trabajo, la disciplina y la capacitación como herramientas para reinsertar a miles de personas en la población económicamente activa.


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