Maduro, inicio de nuevo orden

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Maduro, inicio de nuevo orden

Se atisba reemplazo de consenso internacional por intereses geopolíticos.​

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Antonio Mosquera Aguilar


9 de enero de 2026

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El largo ciclo geopolítico de posguerra ha terminado: un orden impuesto por los vencedores para evitar una nueva guerra. La concreción fue la fundación de la ONU. A través de consensos internacionales: resoluciones de la Asamblea de la ONU, conferencias temáticas y organismos especializados, surgió un cuerpo de reglas a seguir por los países.

Lamentarse por el fin de una etapa en lugar de entender la nueva solo produce extravío conceptual.


La Roma antigua había creado dos sistemas legales. El jus, mandatos obligatorios para todo ciudadano y el derecho de gentes expresado en la autorrestricción del poder imperial para otorgar garantías a quienes no fueran ciudadanos. El primero se basaba en el imperium, o sea la fuerza irresistible del gobierno; mientras el segundo, en vincular a la autoridad por una declaración libre. En ese sentido, el derecho internacional después de la II Guerra Mundial, era un ordenamiento vinculante. Cada Estado acordaba, junto al consenso entre países, preceptos construidos para mantener la paz.

Ese orden se ha roto. El respeto al acuerdo internacional bajo la ficción de la igualdad de los Estados entró en crisis. Las grandes potencias amenazan con irrespetar al consenso internacional. Los ejemplos son muchos: 1. La alteración de las fronteras reconocidas, como en el caso de Ucrania; 2. La extraterritorialidad de la persecución penal por encima de la soberanía de países con menor potencia militar, tal como sucede en Venezuela; 3. El bombardeo aéreo sin acuerdos entre los países de regiones, como en Nigeria el 26 de diciembre; Yemen, 29 de abril; Sudán del Sur, 6 de mayo, todos del año pasado; 4. La negativa a reconocer autodeterminación como en Taiwán, Somalilandia, etc.; en fin, 5. Si antes se criticaba la ineficacia de los organismos internacionales, desde la ONU, la OEA, Unión Africana, etc., ahora su irrelevancia es obvia.

Los lamentos por apartarse del llamado derecho internacional dejan en segundo plano el carácter vinculante del mismo. Es decir, hacer caso omiso de obligarse a las normas autoenunciadas para afirmar el interés propio. Esto no significa la desaparición del derecho internacional, sino su constricción, al ganar legitimidad, la afirmación del interés nacional de las potencias. Si Putin ofreció una exposición histórica desde la Edad Media para justificar la necesidad de extender su control territorial sobre sus vecinos, Trump se vale de cortas declaraciones como traer a cuenta la doctrina Monroe para reclamar la prevalencia de los intereses estadounidenses contra potencias extracontinentales.

La rudeza en la expresión del presidente, a veces, no deja observar la pertinencia explicativa. En efecto, el secretario de Estado John Quincy Adams (1767-1848) le proporcionó al presidente James Monroe (1758-1831) los puntos en la actuación de EUA en el mundo. Allí se indicó el rechazo a la intervención europea en el continente, ahora se actualiza al referirse a la no intrusión de Irán, China y Rusia en el continente americano. La defensa de la autodeterminación de todos los países de América puso como nuevo objetivo intervenir para apoyar repúblicas respetuosas del régimen de legalidad. Y, sobre todo, en el abandono a financiar los gastos militares europeos, relocalizando a la Armada. La negociación con la presidenta interina, Delcy Rodríguez, muestra la falta de la invasión existente en el pasado con el objeto de controlar toda la política interna para generar un continuo ajuste hacia objetivos precisos, elaborados bajo amenaza de la fuerza irresistible contra las autoridades locales. Será muy difícil volver al añorado orden de las relaciones internacionales por la burocracia globalista.

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