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Fausto Segovia Baus
Guest
En el siglo XX, cuando las crisis llegaban a niveles peligrosos, el Ecuador convocaba a los notables: personajes de prestancia, líderes indiscutibles y de peso específico en la vida nacional.
Recuerdo episodios en los que el expresidente Galo Plaza Laso, el cardenal Muñoz Vega y otros se reunían para apaciguar los ánimos y buscar salidas que, en los primeros tiempos de la República, se dilucidaban con cuartelazos.
En la actual situación del Ecuador, algunos sectores han invocado a los notables para reorientar los vientos autoritarios y los contrapoderes sociales, en busca de alternativas sanas en los nuevos escenarios de la democracia.
Las preguntas naturales serían: ¿Dónde están los notables’, ¿quiénes son?, ¿cuál sería el papel o la metodología a seguir?
Los hechos demuestran que el Ecuador del siglo XXI es muy diferente al del siglo XX. El país ha crecido en población y los conflictos son más complejos: en el ámbito interno, la desinstitucionalización, las desigualdades económicas y las soluciones parche a crisis estructurales; y en el internacional, las derivadas del narcotráfico, la delincuencia organizada y la incertidumbre generalizada provocada por los poderes globales.
Frente a esta problemática “notable”, las opciones son los diálogos y acuerdos que, en teoría, aparecen lógicos, posibles y necesarios. Pero el diálogo de sordos -desde el 10 de agosto de 1979- ha llevado al Ecuador a confrontaciones violentas, paralizaciones y levantamientos con resultados lamentables: más pobreza, más debilidad institucional y menos democracia.
¿Cómo romper este círculo vicioso? Un punto de reflexión es reconocer que el gobierno nacional -de corte liberal- funciona con una Constitución (2008) de corte socialista. Pero en la consulta y referendo recientes, el pueblo dijo “No” a una nueva Constitución, y frente a la decisión del soberano, las reformas tienen que encausarse a través de la Carta Magna vigente, con respeto irrestricto al Estado de derecho.
Los notables -versión tradicional de las élites o jerarquías políticas, económicas y religiosas- hoy no funcionan. Porque el único “notable” es el pueblo que se ha pronunciado; entretanto, el gobierno debe acatar con dignidad y reconocer sus equivocaciones.
¡Porque gobernar es también rectificar!
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Recuerdo episodios en los que el expresidente Galo Plaza Laso, el cardenal Muñoz Vega y otros se reunían para apaciguar los ánimos y buscar salidas que, en los primeros tiempos de la República, se dilucidaban con cuartelazos.
En la actual situación del Ecuador, algunos sectores han invocado a los notables para reorientar los vientos autoritarios y los contrapoderes sociales, en busca de alternativas sanas en los nuevos escenarios de la democracia.
Las preguntas naturales serían: ¿Dónde están los notables’, ¿quiénes son?, ¿cuál sería el papel o la metodología a seguir?
Los hechos demuestran que el Ecuador del siglo XXI es muy diferente al del siglo XX. El país ha crecido en población y los conflictos son más complejos: en el ámbito interno, la desinstitucionalización, las desigualdades económicas y las soluciones parche a crisis estructurales; y en el internacional, las derivadas del narcotráfico, la delincuencia organizada y la incertidumbre generalizada provocada por los poderes globales.
Frente a esta problemática “notable”, las opciones son los diálogos y acuerdos que, en teoría, aparecen lógicos, posibles y necesarios. Pero el diálogo de sordos -desde el 10 de agosto de 1979- ha llevado al Ecuador a confrontaciones violentas, paralizaciones y levantamientos con resultados lamentables: más pobreza, más debilidad institucional y menos democracia.
¿Cómo romper este círculo vicioso? Un punto de reflexión es reconocer que el gobierno nacional -de corte liberal- funciona con una Constitución (2008) de corte socialista. Pero en la consulta y referendo recientes, el pueblo dijo “No” a una nueva Constitución, y frente a la decisión del soberano, las reformas tienen que encausarse a través de la Carta Magna vigente, con respeto irrestricto al Estado de derecho.
Los notables -versión tradicional de las élites o jerarquías políticas, económicas y religiosas- hoy no funcionan. Porque el único “notable” es el pueblo que se ha pronunciado; entretanto, el gobierno debe acatar con dignidad y reconocer sus equivocaciones.
¡Porque gobernar es también rectificar!
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