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James Bernard
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Históricamente, Panamá ha sido descrita a través de la óptica ajena: un punto estratégico en los mapas de las grandes potencias, un hub de conectividad logística epicentro del comercio internacional. Esta condición de “país de tránsito” ha condicionado nuestra psicología colectiva, empujándonos a menudo a defender la construcción de nuestro Estado-nación y a salvaguardar nuestras fronteras institucionales frente a los intereses globales.
Sin embargo, en el fútbol, cuando la selección nacional compite en la Copa Mundial, ocurre una transformación fundamental: Panamá deja de ser el canal por donde pasan los bienes de otros para convertirse en el destino y el mensaje en sí mismo.
En su célebre obra El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano describe este deporte como el reflejo de las realidades sociales de América Latina y señala que, en el orden mundial contemporáneo, “los países periféricos tienen derecho a producir, pero no a consumir; tienen derecho a obedecer, pero no a decidir”. En el “Mundial” se rompe esa hipótesis, pues para nosotros entrar a la cancha con la bandera panameña constituye un auténtico acto de soberanía cultural.
En la alta competencia, las asimetrías del poder económico y militar quedan suspendidas durante noventa minutos; frente a las llamadas potencias mundiales, el futbolista panameño no pide permiso para transitar, sino que exige el reconocimiento de su identidad a través del talento, la disciplina y el esfuerzo colectivo.
Esta proyección se entrelaza directamente con nuestra memoria histórica. La soberanía de Panamá nunca ha sido una concesión gratuita, sino el resultado de una defensa inquebrantable de la integridad de nuestro territorio.
Durante el siglo XX, bajo el esquema de las relaciones coloniales previo a los Tratados Torrijos-Carter, la “Zona del Canal” operó como un enclave extranjero que fragmentaba la geografía patria. En ese contexto de segregación, quienes detentaban el control de la vía interoceánica se hacían llamar zonians, una etiqueta que encarnaba la exclusión del panameño en su propia tierra. Existe una distancia histórica abismal entre la altivez segregacionista del zonian y el orgullo nacional de ser “Canaleros“. Por ello, en el contexto de la alta competencia de hoy, no es un accidente semántico que el mundo nos reconozca bajo ese nombre.
El apelativo de la selección trasciende lo deportivo porque carga con el peso de la memoria colectiva del istmo. La identidad panameña desafía visiones monolíticas frente al mundo. Al reconocernos como “canaleros” ante las audiencias globales no se quiere decir que se dejan de lado las profundas contradicciones con que existimos.
Es indudable que mucho hemos avanzado en el desarrollo de una nación pluriétnica y multicultural; como tampoco se puede dudar que aún nos falta por hacer para superar y erradicar aquellas odiosas estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que ofenden el sentido de dignidad de todo ser humano. Al contrario, asumirnos bajo este nombre es el recordatorio de que, a pesar de las fracturas y las asignaturas pendientes, somos plenamente capaces de articular nuestra diversidad en una unidad nacional.
Esta denominación sintetiza nuestra mayor victoria geopolítica: la metamorfosis de lo que alguna vez fue una franja de división colonial en el emblema máximo de nuestra cohesión, validando que el Canal de Panamá es, por conquista popular, estrictamente panameño.
Para un país pequeño, competir con éxito exige un apego riguroso al orden. Cada pase, cada repliegue defensivo y cada decisión arbitral nos recuerdan la importancia de que las normas operen con transparencia y justicia, validando que nuestra existencia internacional se rige por la equidad y el respeto mutuo.
Desde una perspectiva conceptual, nuestra fortaleza no reside únicamente en la geografía, sino en la sólida creencia de que, en el fútbol, como en la vida y en la política, se necesita valor y coraje para salir adelante.
Galeano también nos advertía sobre cómo el negocio tecnificado corre el riesgo de castrar la alegría original del fútbol, transformando el juego en una ecuación de rendimiento. Para el pueblo panameño, la disputa mundialista representa una reconexión con esa “felicidad de jugar por jugar” que el autor uruguayo tanto defendía. La marea roja en las calles no celebra únicamente un resultado numérico; celebra la visibilidad de un pueblo que se reconoce en sus atletas —hombres y mujeres que provienen de los barrios del país, encarnando esa mezcla indomable y pluricultural que define al istmo—. De este modo, competir en el escenario mundial es una declaración de mayoría de edad internacional.
Panamá ya no es el secreto guardado de la geopolítica hemisférica ni un peón en el tablero de las superpotencias. Al saltar a la cancha, no solo recordamos la gloria y evocamos el valeroso ejemplo inmortal de nuestros héroes y mártires que siempre nos acompañan, sino que también reconocemos los gestos cotidianos de mujeres y hombres extraordinarios, en su gran mayoría anónimos, con vidas titánicas y esfuerzos que nos asombran por su carácter y fortaleza.
Son ellos los que luchan en el día a día y no se rinden; los mismos que, a través del deporte, construyen hoy una diplomacia cultural propia, basada en la identidad, la hermandad regional y la dignidad. Al final del día, cada partido es una página nueva en nuestra historia patria: la prueba irrefutable de que este istmo no solo une al mundo, sino que también sabe pararse firme frente a él, jugando con valentía y con su propia voz.
En definitiva, la cancha de fútbol se convierte, para Panamá, en el gran espejo de su devenir histórico. Vestir la camiseta nacional y disputar el balón frente al orden establecido no es un simple espectáculo de noventa minutos; es la materialización del derecho a existir con nombre propio, sin tutelajes ni fronteras coloniales.
Cuando “Los Canaleros” saltan a la cancha, el istmo entero juega su mejor partido, demostrando que nuestra mayor riqueza no es la ruta que se abre al tránsito de los imperios, sino la inquebrantable dignidad de un pueblo diverso que aprendió a conquistar su soberanía y hoy la celebra ante el mundo con su propia voz y jugando al fútbol.
El autor es doctor en Derecho, abogado y docente universitario.
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Sin embargo, en el fútbol, cuando la selección nacional compite en la Copa Mundial, ocurre una transformación fundamental: Panamá deja de ser el canal por donde pasan los bienes de otros para convertirse en el destino y el mensaje en sí mismo.
En su célebre obra El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano describe este deporte como el reflejo de las realidades sociales de América Latina y señala que, en el orden mundial contemporáneo, “los países periféricos tienen derecho a producir, pero no a consumir; tienen derecho a obedecer, pero no a decidir”. En el “Mundial” se rompe esa hipótesis, pues para nosotros entrar a la cancha con la bandera panameña constituye un auténtico acto de soberanía cultural.
En la alta competencia, las asimetrías del poder económico y militar quedan suspendidas durante noventa minutos; frente a las llamadas potencias mundiales, el futbolista panameño no pide permiso para transitar, sino que exige el reconocimiento de su identidad a través del talento, la disciplina y el esfuerzo colectivo.
Esta proyección se entrelaza directamente con nuestra memoria histórica. La soberanía de Panamá nunca ha sido una concesión gratuita, sino el resultado de una defensa inquebrantable de la integridad de nuestro territorio.
Durante el siglo XX, bajo el esquema de las relaciones coloniales previo a los Tratados Torrijos-Carter, la “Zona del Canal” operó como un enclave extranjero que fragmentaba la geografía patria. En ese contexto de segregación, quienes detentaban el control de la vía interoceánica se hacían llamar zonians, una etiqueta que encarnaba la exclusión del panameño en su propia tierra. Existe una distancia histórica abismal entre la altivez segregacionista del zonian y el orgullo nacional de ser “Canaleros“. Por ello, en el contexto de la alta competencia de hoy, no es un accidente semántico que el mundo nos reconozca bajo ese nombre.
El apelativo de la selección trasciende lo deportivo porque carga con el peso de la memoria colectiva del istmo. La identidad panameña desafía visiones monolíticas frente al mundo. Al reconocernos como “canaleros” ante las audiencias globales no se quiere decir que se dejan de lado las profundas contradicciones con que existimos.
Es indudable que mucho hemos avanzado en el desarrollo de una nación pluriétnica y multicultural; como tampoco se puede dudar que aún nos falta por hacer para superar y erradicar aquellas odiosas estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que ofenden el sentido de dignidad de todo ser humano. Al contrario, asumirnos bajo este nombre es el recordatorio de que, a pesar de las fracturas y las asignaturas pendientes, somos plenamente capaces de articular nuestra diversidad en una unidad nacional.
Esta denominación sintetiza nuestra mayor victoria geopolítica: la metamorfosis de lo que alguna vez fue una franja de división colonial en el emblema máximo de nuestra cohesión, validando que el Canal de Panamá es, por conquista popular, estrictamente panameño.
Para un país pequeño, competir con éxito exige un apego riguroso al orden. Cada pase, cada repliegue defensivo y cada decisión arbitral nos recuerdan la importancia de que las normas operen con transparencia y justicia, validando que nuestra existencia internacional se rige por la equidad y el respeto mutuo.
Desde una perspectiva conceptual, nuestra fortaleza no reside únicamente en la geografía, sino en la sólida creencia de que, en el fútbol, como en la vida y en la política, se necesita valor y coraje para salir adelante.
Galeano también nos advertía sobre cómo el negocio tecnificado corre el riesgo de castrar la alegría original del fútbol, transformando el juego en una ecuación de rendimiento. Para el pueblo panameño, la disputa mundialista representa una reconexión con esa “felicidad de jugar por jugar” que el autor uruguayo tanto defendía. La marea roja en las calles no celebra únicamente un resultado numérico; celebra la visibilidad de un pueblo que se reconoce en sus atletas —hombres y mujeres que provienen de los barrios del país, encarnando esa mezcla indomable y pluricultural que define al istmo—. De este modo, competir en el escenario mundial es una declaración de mayoría de edad internacional.
Panamá ya no es el secreto guardado de la geopolítica hemisférica ni un peón en el tablero de las superpotencias. Al saltar a la cancha, no solo recordamos la gloria y evocamos el valeroso ejemplo inmortal de nuestros héroes y mártires que siempre nos acompañan, sino que también reconocemos los gestos cotidianos de mujeres y hombres extraordinarios, en su gran mayoría anónimos, con vidas titánicas y esfuerzos que nos asombran por su carácter y fortaleza.
Son ellos los que luchan en el día a día y no se rinden; los mismos que, a través del deporte, construyen hoy una diplomacia cultural propia, basada en la identidad, la hermandad regional y la dignidad. Al final del día, cada partido es una página nueva en nuestra historia patria: la prueba irrefutable de que este istmo no solo une al mundo, sino que también sabe pararse firme frente a él, jugando con valentía y con su propia voz.
En definitiva, la cancha de fútbol se convierte, para Panamá, en el gran espejo de su devenir histórico. Vestir la camiseta nacional y disputar el balón frente al orden establecido no es un simple espectáculo de noventa minutos; es la materialización del derecho a existir con nombre propio, sin tutelajes ni fronteras coloniales.
Cuando “Los Canaleros” saltan a la cancha, el istmo entero juega su mejor partido, demostrando que nuestra mayor riqueza no es la ruta que se abre al tránsito de los imperios, sino la inquebrantable dignidad de un pueblo diverso que aprendió a conquistar su soberanía y hoy la celebra ante el mundo con su propia voz y jugando al fútbol.
El autor es doctor en Derecho, abogado y docente universitario.
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