La soledad: la enfermedad que no se diagnostica

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Juan Paúl Ponce

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“La soledad se asocia con mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, depresión, deterioro cognitivo y menor calidad de vida, convirtiéndose en un factor relevante en la salud pública actual”.

Hay algo que no se ve, no se mide con un aparato y casi nunca se pregunta en la vida diaria, pero puede afectar el corazón, el cerebro y la vida entera: la soledad.

Se llama soledad y no siempre tiene que ver con estar solo. Hay personas que viven solas y se sienten en paz, y otras que están rodeadas de gente y, aun así, se sienten profundamente desconectadas o agotadas. Esa sensación de no pertenecer, de no tener con quién hablar o compartir, es la que poco a poco va dejando huella.

Durante mucho tiempo pensamos que los grandes riesgos para la salud eran la presión alta, el colesterol, el azúcar, el cigarrillo o incluso el perímetro abdominal. Y sí, siguen siendo factores importantes. Pero hoy sabemos que la soledad también juega un papel clave, de hecho, estudios internacionales muestran que 1 de cada 6 personas en el mundo se siente sola, y que esta condición se asocia con mayor riesgo de enfermedades del corazón, problemas de memoria, depresión, ansiedad e incluso una vida más corta.

¿Por qué pasa esto? Porque el ser humano no está diseñado para vivir aislado, cuando falta la conexión con otros, el cuerpo lo siente y dormimos peor, nos movemos menos, comemos peor y vivimos con más tensión. Es como si el organismo permaneciera en un estado de alerta constante.

En el cerebro también hay cambios porque la falta de interacción, de conversación, de intercambio de ideas, va apagando poco a poco estímulos importantes. No es que el cerebro deje de funcionar, pero pierde oportunidades de mantenerse activo, flexible y conectado. Por eso, a veces, hombres y mujeres necesitamos algo tan simple como un café por la tarde para hablar, soltar ideas, emociones y sentirnos acompañados.

Y en la salud emocional, el impacto es aún más evidente. La soledad puede abrir la puerta a la tristeza persistente, a la ansiedad, a la sensación de que nada tiene sentido. Lo más difícil es que muchas veces se vuelve un círculo: la persona se aísla, y ese aislamiento hace que cada vez le cueste más volver a acercarse a otros.

Lo preocupante es que esto no solo ocurre en adultos mayores ya que cada vez es más frecuente en personas jóvenes, en ciudades grandes, en entornos donde, paradójicamente, hay más conexión digital pero menos contacto real.

Pero aquí es donde también aparece una oportunidad​


La soledad no siempre se resuelve con medicamentos, a veces ser guiado por un psicologo para recibir una terapia o una guia para mejorar a veces con cosas simples, para buscar profundamente la conexion interna, y felicidad de lo simple.

Imaginemos barrios donde existan grupos para caminar juntos, espacios para conversar, actividades comunitarias, talleres, huertos urbanos, clubes de lectura o programas de voluntariado. Lugares donde las personas puedan encontrarse, compartir y sentirse parte de algo.

Imaginemos centros de salud que, además de tratar enfermedades, puedan orientar a las personas a integrarse a grupos comunitarios o redes de apoyo. Imaginemos escuelas que no solo enseñen materias, sino también habilidades para relacionarse, escuchar y acompañar.

No se trata de grandes inversiones, sino de cambiar la forma en la que entendemos la salud. Porque la salud no es solo ausencia de enfermedad. También es sentirse acompañado, escuchado e incluido.

Como ciudadanos, también tenemos un rol. Saludar, preguntar cómo está el vecino, visitar a un familiar, compartir tiempo sin pantallas, ofrecer ayuda, participar en actividades comunitarias, son gestos pequeños que pueden tener un impacto enorme.

La soledad empieza a romperse con la presencia, con una visita, con un abrazo, con un saludo. Incluso si somos tímidos, necesitamos conexión, es parte de lo que nos hace humanos. Hoy sabemos que la soledad sí nos afecta.

La verdadera pregunta es si vamos a seguir ignorándola… o si vamos a construir comunidades donde nadie tenga que sentirse solo.

Porque una sociedad más conectada no solo es más humana. También es más saludable.

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