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Guido Calderón
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Ecuador es la cuna del cacao, el lugar donde la genética decidió ser generosa. Poseemos una diversidad que otros países envidiarían, pero aquí, esa riqueza avanza en una orfandad absoluta. El cacao ecuatoriano es un gigante que camina sin una institución nacional que le dé nombre, orden y destino. Mientras en otros lugares los gremios son murallas que protegen al campesino productor, en nuestro suelo el sector sigue fragmentado.
Al otro lado de la frontera, el cacao tiene quien le escriba. Colombia tiene su federación: una estructura técnica, financiada y presente hasta en el último rincón del territorio. Ellos no solo investigan y capacitan; tienen representación política. Gracias a ese orden, en pocos años nos superarán, no por el aroma de sus granos, sino por la rentabilidad de sus ventas. Se han enfocado en el negocio de la estabilidad, mientras nosotros seguimos viviendo de una reputación que se marchita por falta de riego institucional.
En Ecuador, el productor es un náufrago. Está repartido en asociaciones aisladas, sin una brújula técnica común y sin un solo gramo de poder frente a los gobiernos de turno, que suelen usar el brillo del cacao para hacerse una publicidad que no les pertenece. No existe un puente que una al campesino, a las comunidades indígenas, al exportador y al consumidor local, en una misma visión de país.
Incluso dentro de la industria, la vanidad le gana al espíritu colectivo. En las etiquetas se lee “el mejor chocolate del mundo” con una ligereza que asusta, mientras un semáforo absurdo castiga al chocolate artesano, a ese pequeño emprendedor que es quien realmente genera empleo y autonomía en las familias más vulnerables. Nuestras transnacionales, por su parte, observan desde la orilla, monetizando la fama que no sembraron.
La falta de una entidad nacional no es un vacío teórico, es una herida con consecuencias reales:
Productividad estancada: La asistencia técnica es un fantasma que solo aparece de vez en cuando, dejando al pequeño cacaotero y chocolatero a su suerte.
La dictadura del intermediario: El productor termina vendiendo cacao lavado, sin el proceso de fermentación que es donde reside el alma del sabor, aceptando precios arbitrarios.
Una Amazonía en el olvido: A diferencia de Perú, donde la selva es un hervidero de marcas y productividad, nuestra Amazonía sigue siendo una región relegada.
Técnicas de supervivencia: Al no haber control, fermentado y el secado del grano ocurre en patios expuestos a los animales y al polvo, degradando los olores y sabores que la tierra nos regaló.
Tener el cacao pero no la estructura es tener la tinta sin la pluma. Una Federación Nacional cambiaría el destino de miles: daría una representación real frente al Estado, garantizaría que la capacitación no sea una limosna temporal de fundaciones y abriría las puertas a los fondos internacionales de sostenibilidad que hoy se pierden en el viento.
En lugar de competir por una migaja de prestigio, empezaríamos a construir el país del chocolate.
Sin una federación fuerte, Ecuador seguirá exportando materia prima y como consecuencia inevitable, seguirá exportando pobreza. El cacao necesita organización, no más discursos ni vanidades de vitrina. Porque tener el mejor cacao del mundo de nada sirve si el campesino sigue solo, defendiendo su cosecha contra la indiferencia de un país y una población, que ni siquiera consume nuestros chocolates artesanales, pero compra mantecas industriales saborizadas importadas, que las cadenas de tiendas y supermercados, nos venden en cada rincón del país, como si fuera chocolate.
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La gran ausente: Una federación de carne y hueso
Al otro lado de la frontera, el cacao tiene quien le escriba. Colombia tiene su federación: una estructura técnica, financiada y presente hasta en el último rincón del territorio. Ellos no solo investigan y capacitan; tienen representación política. Gracias a ese orden, en pocos años nos superarán, no por el aroma de sus granos, sino por la rentabilidad de sus ventas. Se han enfocado en el negocio de la estabilidad, mientras nosotros seguimos viviendo de una reputación que se marchita por falta de riego institucional.
El laberinto de la desunión
En Ecuador, el productor es un náufrago. Está repartido en asociaciones aisladas, sin una brújula técnica común y sin un solo gramo de poder frente a los gobiernos de turno, que suelen usar el brillo del cacao para hacerse una publicidad que no les pertenece. No existe un puente que una al campesino, a las comunidades indígenas, al exportador y al consumidor local, en una misma visión de país.
Incluso dentro de la industria, la vanidad le gana al espíritu colectivo. En las etiquetas se lee “el mejor chocolate del mundo” con una ligereza que asusta, mientras un semáforo absurdo castiga al chocolate artesano, a ese pequeño emprendedor que es quien realmente genera empleo y autonomía en las familias más vulnerables. Nuestras transnacionales, por su parte, observan desde la orilla, monetizando la fama que no sembraron.
El precio del abandono
La falta de una entidad nacional no es un vacío teórico, es una herida con consecuencias reales:
Productividad estancada: La asistencia técnica es un fantasma que solo aparece de vez en cuando, dejando al pequeño cacaotero y chocolatero a su suerte.
La dictadura del intermediario: El productor termina vendiendo cacao lavado, sin el proceso de fermentación que es donde reside el alma del sabor, aceptando precios arbitrarios.
Una Amazonía en el olvido: A diferencia de Perú, donde la selva es un hervidero de marcas y productividad, nuestra Amazonía sigue siendo una región relegada.
Técnicas de supervivencia: Al no haber control, fermentado y el secado del grano ocurre en patios expuestos a los animales y al polvo, degradando los olores y sabores que la tierra nos regaló.
La estructura como esperanza
Tener el cacao pero no la estructura es tener la tinta sin la pluma. Una Federación Nacional cambiaría el destino de miles: daría una representación real frente al Estado, garantizaría que la capacitación no sea una limosna temporal de fundaciones y abriría las puertas a los fondos internacionales de sostenibilidad que hoy se pierden en el viento.
En lugar de competir por una migaja de prestigio, empezaríamos a construir el país del chocolate.
Una oportunidad en la frontera del olvido
Sin una federación fuerte, Ecuador seguirá exportando materia prima y como consecuencia inevitable, seguirá exportando pobreza. El cacao necesita organización, no más discursos ni vanidades de vitrina. Porque tener el mejor cacao del mundo de nada sirve si el campesino sigue solo, defendiendo su cosecha contra la indiferencia de un país y una población, que ni siquiera consume nuestros chocolates artesanales, pero compra mantecas industriales saborizadas importadas, que las cadenas de tiendas y supermercados, nos venden en cada rincón del país, como si fuera chocolate.
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