La sociedad que se fractura por dentro

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Evangelina Batista

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Una sociedad no se rompe de un día para otro. No se desordena de repente ni pierde sus valores por casualidad. Se va fracturando lentamente, aunque muchas veces no queramos reconocerlo, cuando la familia deja de formar, cuando la escuela se queda sola, cuando las instituciones pierden credibilidad, cuando la justicia tarda, cuando la política divide, cuando la pobreza se vuelve paisaje y cuando cada ciudadano empieza a pensar que la responsabilidad siempre le pertenece a otro.

Hablar de sociedad es hablar de personas, familias, comunidades, escuelas, iglesias, instituciones, trabajo, economía, cultura, justicia y Estado. La sociedad no es una sola cosa. Está formada por muchas partes y, cuando una de ellas falla, tarde o temprano las demás también lo sienten. Por eso, la violencia, la pobreza, la desigualdad, la falta de respeto, la indiferencia, la soledad, la pérdida de valores, la corrupción y la desconfianza institucional no pueden verse como problemas separados. Forman parte de una misma herida colectiva.

La corrupción, además, no pertenece a un solo sector. Puede aparecer en todos los estratos sociales: en las pequeñas faltas que algunos justifican en la vida diaria, en el abuso de poder, en la ventaja indebida, en el favor que se pide por encima de la ley, en el trámite que se mueve por influencia y en la costumbre de aceptar como normal lo que no debería serlo. Cuando una sociedad empieza a tolerar esas prácticas, termina debilitando su propia conciencia.

Una de las fracturas más delicadas comienza en la familia. Allí se aprende, o se deja de aprender, el respeto, la responsabilidad, la honestidad, la empatía, el sentido del deber y el valor del otro. La familia no puede ser vista solo como el lugar donde se provee alimento, techo o dinero. Es la primera escuela de humanidad. Cuando en la casa no hay presencia, límites, escucha ni orientación, la sociedad recibe después las consecuencias.

Pero la familia no puede cargar sola con todo. La escuela también tiene un papel fundamental. No basta con enseñar materias, fechas o fórmulas. La educación debe formar ciudadanos, enseñar convivencia, disciplina, respeto, pensamiento crítico y sensibilidad humana. Una escuela que instruye, pero no forma, entrega conocimiento incompleto. Y una sociedad con conocimiento, pero sin valores, puede avanzar en tecnología, pero retroceder en humanidad.

El Estado tiene una responsabilidad que no puede evadir. Debe garantizar seguridad, educación, salud, oportunidades, políticas públicas serias y condiciones mínimas para una vida digna. Pero una de las fracturas más dolorosas aparece cuando la justicia llega tarde, cuando la respuesta se demora y cuando el ciudadano siente que su caso se pierde entre expedientes, influencias, silencios o conveniencias. Una justicia tardía no solo retrasa una decisión: prolonga el dolor, aumenta la desconfianza y debilita la fe de la gente en las instituciones.

Más grave aún es cuando la justicia parece esperar beneficios, presiones o intereses para actuar, olvidando que los beneficios los debe entregar ella: verdad, equidad, protección del inocente, responsabilidad de quien ha causado daño, reparación y tranquilidad para la gente. La justicia no existe para recibir beneficios, sino para dar garantías. Cuando se vuelve lenta para unos y rápida para otros, cuando castiga con fuerza al débil y se muestra prudente frente al poderoso, deja de ser justicia y se convierte en otra forma de desigualdad.

La economía también divide. No solo por la diferencia entre quienes tienen más y quienes tienen menos, sino por la distancia que muchas veces existe entre las estadísticas y la realidad que vive la gente. No se trata de negar las cifras oficiales, sino de leerlas con cuidado. Un país puede registrar movimiento económico y, al mismo tiempo, mantener hogares endeudados, trabajadores informales, jóvenes sin oportunidades estables y familias que no sienten alivio en su mesa.

Por eso, cuando se habla de empleo, la pregunta no debe quedarse únicamente en cuántos contratos se registraron. También hay que mirar qué tipo de trabajo representan: si son empleos nuevos o renovaciones, si son indefinidos o temporales, si corresponden a obra determinada, si pagan lo suficiente, si ofrecen seguridad social, si permiten acceder a crédito, si sostienen una familia y si dan tranquilidad para mirar el futuro.

La realidad del empleo no se mide solamente por el movimiento de papeles ni por el número que aparece en una estadística. Se mide en la estabilidad del trabajador, en el ingreso que alcanza o no alcanza, en la madre que calcula cada gasto, en el joven que entrega hojas de vida sin respuesta, en el adulto que acepta cualquier ocupación por necesidad y en la familia que trabaja, pero no siente que avanza. La cifra puede hablar de recuperación, pero la calle pregunta por estabilidad. El informe puede hablar de crecimiento, pero el ciudadano pregunta si ese crecimiento llega a su casa, a su mesa y a su vida diaria.

También la política, los medios y las redes sociales muestran esa fractura. La política debería servir y no servirse; unir esfuerzos para resolver problemas reales y no alimentar divisiones permanentes. Los medios y las redes deben cuidar la palabra, porque el insulto fácil, la desinformación, la burla y la exposición del dolor ajeno también dañan la convivencia. Una sociedad que no cuida su palabra termina lastimándose a sí misma.

A todo esto se suma una crisis silenciosa: la soledad y la desconexión emocional. Hay niños acompañados por pantallas, jóvenes sin orientación, adultos agotados, ancianos olvidados y familias bajo el mismo techo, pero distantes entre sí. Nos hemos acostumbrado a correr, producir y responder mensajes, pero muchas veces hemos dejado de mirar, escuchar y acompañar. Una sociedad también se enferma cuando sus personas se sienten solas.

Entonces, ¿quién debe asumir la responsabilidad? La respuesta no puede ser cómoda. La responsabilidad es compartida, pero no debe diluirse. La familia debe formar. La escuela debe orientar. El Estado debe garantizar condiciones y justicia. Las iglesias y organizaciones comunitarias deben sostener valores, servicio y conciencia. Los medios deben comunicar con responsabilidad. La política debe servir. La comunidad debe acompañar y corregir. Y cada ciudadano debe responder por su conducta, por su palabra, por su ejemplo y por la forma en que trata a los demás.

La reconstrucción social no comienza únicamente con grandes discursos. Comienza en lo pequeño: en una casa donde se enseña respeto, en una escuela donde se forma carácter, en una institución que atiende con dignidad, en una autoridad que cumple, en una familia que acompaña, en un joven que encuentra guía y en una comunidad que no abandona.

La pregunta no es únicamente qué sociedad tenemos. La pregunta más urgente es qué sociedad estamos formando con lo que permitimos, con lo que callamos, con lo que enseñamos y con lo que dejamos de corregir. Porque antes de que una persona llegue al límite de ser privada de libertad, casi siempre hubo señales, vacíos, ausencias, entornos, decisiones y responsabilidades que no fueron atendidas a tiempo.

Entonces, antes de mirar solo el resultado final, ¿por qué no nos preguntamos qué falló en la familia, en la escuela, en la comunidad, en las oportunidades, en la justicia y en la conciencia colectiva para que una persona llegue al límite de perder su libertad?

La autora es educadora.

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