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Ana Guerrero
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Cada diciembre, las fiestas traen consigo luces, ruido y celebraciones que para muchos simbolizan alegría. Sin embargo, para miles de animales en Ecuador, la pirotecnia representa riesgo, sufrimiento, estrés e, incluso, muerte.
Aves encontradas sin vida en parques, alteraciones en ciclos reproductivos de especies silvestres y animales de compañía con altos niveles de ansiedad forman parte de un problema que se repite año tras año, que sigue siendo normalizado y que se podría solucionar con una decisión.
La Unidad de Bienestar Animal (UBA) de Quito es clara: la pirotecnia afecta gravemente el bienestar animal y provoca daños físicos y emocionales. Proteger a los animales no solo responde a un criterio ético, sino también legal. Aun así, el uso de estos artefactos persiste, pese a la evidencia científica y a las alertas de expertos.
Expertos advierten que las aves, por su alta sensibilidad al ruido y la luz, enfrentan afectaciones severas. Las explosiones alteran la visión de especies cazadoras, dañan el oído de nocturnas y desorientan a las migratorias que siguen rutas establecidas durante años.
Muchas abandonan nidos y crías, mientras que en especies como los colibríes se interrumpe la hibernación, un estado vital para su supervivencia. Tras las festividades, basta recorrer parques y áreas verdes de ciudades como Quito para encontrar aves muertas por estrés.
¿Vale la pena arriesgar la biodiversidad por unos minutos de luces y colores? La respuesta es obvia y, a la vez, se escabulle ante una tradición cruel.
Las consecuencias no se limitan a la fauna silvestre. Perros y gatos perciben sonidos con una intensidad muy superior a la humana. Mientras los fuegos artificiales pueden superar los 140 decibeles, la pirotecnia alcanza hasta 190, niveles que generan pánico extremo, estrés severo y daños auditivos irreversibles.
A esto se suma la contaminación ambiental: gases tóxicos y material particulado fino afectan el aire, el agua y el suelo, con impactos directos en la salud humana y animal.
Quito, considerada ciudad de las aves por albergar, al menos, 542 especies, y Ecuador, uno de los países con mayor biodiversidad del mundo, enfrentan una contradicción profunda: celebrar, destruyendo aquello que se busca proteger.
La responsabilidad es colectiva. Reducir y erradicar el uso de pirotecnia, promover alternativas seguras y atender las recomendaciones de expertos no implica renunciar a la celebración, sino redefinirla.
La pirotecnia no es un juego. Es una práctica que deja víctimas silenciosas y evidencia la urgencia de asumir, como sociedad, un compromiso real con el bienestar animal y el cuidado del ambiente.
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Aves encontradas sin vida en parques, alteraciones en ciclos reproductivos de especies silvestres y animales de compañía con altos niveles de ansiedad forman parte de un problema que se repite año tras año, que sigue siendo normalizado y que se podría solucionar con una decisión.
La Unidad de Bienestar Animal (UBA) de Quito es clara: la pirotecnia afecta gravemente el bienestar animal y provoca daños físicos y emocionales. Proteger a los animales no solo responde a un criterio ético, sino también legal. Aun así, el uso de estos artefactos persiste, pese a la evidencia científica y a las alertas de expertos.
Expertos advierten que las aves, por su alta sensibilidad al ruido y la luz, enfrentan afectaciones severas. Las explosiones alteran la visión de especies cazadoras, dañan el oído de nocturnas y desorientan a las migratorias que siguen rutas establecidas durante años.
Los perros pueden percibir sonidos de hasta 40 kHz (kilohercio) y los gatos hasta 65 kHz, amplificando
estímulos casi 20 veces más que los humanos.
Muchas abandonan nidos y crías, mientras que en especies como los colibríes se interrumpe la hibernación, un estado vital para su supervivencia. Tras las festividades, basta recorrer parques y áreas verdes de ciudades como Quito para encontrar aves muertas por estrés.
¿Vale la pena arriesgar la biodiversidad por unos minutos de luces y colores? La respuesta es obvia y, a la vez, se escabulle ante una tradición cruel.
Las consecuencias no se limitan a la fauna silvestre. Perros y gatos perciben sonidos con una intensidad muy superior a la humana. Mientras los fuegos artificiales pueden superar los 140 decibeles, la pirotecnia alcanza hasta 190, niveles que generan pánico extremo, estrés severo y daños auditivos irreversibles.
A esto se suma la contaminación ambiental: gases tóxicos y material particulado fino afectan el aire, el agua y el suelo, con impactos directos en la salud humana y animal.
Quito, considerada ciudad de las aves por albergar, al menos, 542 especies, y Ecuador, uno de los países con mayor biodiversidad del mundo, enfrentan una contradicción profunda: celebrar, destruyendo aquello que se busca proteger.
La responsabilidad es colectiva. Reducir y erradicar el uso de pirotecnia, promover alternativas seguras y atender las recomendaciones de expertos no implica renunciar a la celebración, sino redefinirla.
La pirotecnia no es un juego. Es una práctica que deja víctimas silenciosas y evidencia la urgencia de asumir, como sociedad, un compromiso real con el bienestar animal y el cuidado del ambiente.
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