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Marcos Vaca
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La inteligencia artificial dejó de ser una promesa tecnológica para convertirse en una presencia cotidiana. No llegó de golpe ni pidió permiso. Se instaló en los teléfonos, en los flujos de trabajo, en las universidades, en los bancos y en la manera en que las personas se informan, deciden y se comunican. Muchas veces, sin que lo noten.
Hoy, la IA ya no es solo una herramienta de especialistas. Está integrada en aplicaciones de mensajería como WhatsApp, en los subtítulos automáticos de los videos, en las plataformas de streaming que consumimos, en los sistemas que ordenan contenidos, en plataformas educativas y en procesos internos de empresas que buscan eficiencia, rapidez y reducción de errores. La pregunta ya no es si se usa inteligencia artificial, sino cómo se la usa y con qué criterios.
En 2025, esta evidencia se volvió imposible de ignorar. La revista Time eligió como Person of the Year o Persona del Año a los Arquitectos de la IA, una señal clara de que el debate global dejó de girar alrededor del asombro tecnológico y se trasladó hacia la responsabilidad humana detrás de su desarrollo y aplicación. No se celebró a la máquina, sino a quienes la diseñan, la entrenan y deciden sus límites.
En Ecuador, el escenario es mixto. Según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) 2025, el país alcanza 40,68 puntos sobre 100, una mejora respecto a años anteriores, pero aún distante de los líderes regionales.
La adopción avanza, aunque de forma desigual. Estudios de madurez digital muestran que más de la mitad de las empresas ecuatorianas todavía se encuentra en etapas iniciales de aprovechamiento tecnológico: incorporan herramientas, pero no siempre transforman procesos ni toman decisiones estratégicas a partir de ellas.
Aun así, la IA ya está operando. En universidades, se utiliza para acompañar procesos de aprendizaje, simulación de entrevistas laborales, gestión académica y atención a estudiantes fuera de horarios tradicionales.
En el sistema financiero, apoya la automatización de reportes, el análisis de datos y la eficiencia operativa, siempre bajo validación humana. En empresas de servicios y tecnología, funciona como un músculo productivo que acelera tiempos y reduce costos, sin sustituir el criterio profesional.
Este escenario plantea un desafío central: la inteligencia artificial no es una amenaza por sí misma, pero tampoco es neutral. Su impacto depende del contexto, de la regulación, de la educación y de las decisiones que se toman alrededor de ella. El riesgo no está en usarla, sino en hacerlo sin comprensión, sin reglas claras o sin preparación social.
En este contexto, el rol del Estado se vuelve clave. Pensar el futuro de la IA no pasa únicamente por verla como un factor de recaudación fiscal o como un riesgo laboral. Exige políticas públicas que integren educación digital, pensamiento crítico, alfabetización tecnológica y marcos éticos. La discusión no es si la IA reemplazará a las personas, sino si la sociedad está preparada para convivir con ella de forma justa y responsable.
Desde el periodismo, la responsabilidad es similar. Informar sobre inteligencia artificial no implica amplificar temores ni repetir discursos triunfalistas. Implica observar cómo ya está influyendo en la vida diaria, qué aprendizajes deja y qué preguntas abre. En ese ejercicio se inscribe el especial “La IA se tomó EL COMERCIO”, una apuesta editorial para mirar el fenómeno desde múltiples ángulos: el trabajo, la educación, la economía, la vida emocional, la gestión urbana y la experiencia cotidiana.
La inteligencia artificial ya está entre nosotros. Lo que aún está en construcción es la manera en que decidimos convivir con ella.
El 2025 no será recordado como el año en que la IA apareció, sino como el año en que se volvió evidente. De cara al futuro, el desafío no es detenerla ni idealizarla, sino entenderla, regularla y enseñarla. Porque, al final, la tecnología no define a la sociedad. Lo hacen las decisiones humanas que la guían.
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Hoy, la IA ya no es solo una herramienta de especialistas. Está integrada en aplicaciones de mensajería como WhatsApp, en los subtítulos automáticos de los videos, en las plataformas de streaming que consumimos, en los sistemas que ordenan contenidos, en plataformas educativas y en procesos internos de empresas que buscan eficiencia, rapidez y reducción de errores. La pregunta ya no es si se usa inteligencia artificial, sino cómo se la usa y con qué criterios.
En 2025, esta evidencia se volvió imposible de ignorar. La revista Time eligió como Person of the Year o Persona del Año a los Arquitectos de la IA, una señal clara de que el debate global dejó de girar alrededor del asombro tecnológico y se trasladó hacia la responsabilidad humana detrás de su desarrollo y aplicación. No se celebró a la máquina, sino a quienes la diseñan, la entrenan y deciden sus límites.
En Ecuador, el escenario es mixto. Según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) 2025, el país alcanza 40,68 puntos sobre 100, una mejora respecto a años anteriores, pero aún distante de los líderes regionales.
La adopción avanza, aunque de forma desigual. Estudios de madurez digital muestran que más de la mitad de las empresas ecuatorianas todavía se encuentra en etapas iniciales de aprovechamiento tecnológico: incorporan herramientas, pero no siempre transforman procesos ni toman decisiones estratégicas a partir de ellas.
Aun así, la IA ya está operando. En universidades, se utiliza para acompañar procesos de aprendizaje, simulación de entrevistas laborales, gestión académica y atención a estudiantes fuera de horarios tradicionales.
En el sistema financiero, apoya la automatización de reportes, el análisis de datos y la eficiencia operativa, siempre bajo validación humana. En empresas de servicios y tecnología, funciona como un músculo productivo que acelera tiempos y reduce costos, sin sustituir el criterio profesional.
Este escenario plantea un desafío central: la inteligencia artificial no es una amenaza por sí misma, pero tampoco es neutral. Su impacto depende del contexto, de la regulación, de la educación y de las decisiones que se toman alrededor de ella. El riesgo no está en usarla, sino en hacerlo sin comprensión, sin reglas claras o sin preparación social.
En este contexto, el rol del Estado se vuelve clave. Pensar el futuro de la IA no pasa únicamente por verla como un factor de recaudación fiscal o como un riesgo laboral. Exige políticas públicas que integren educación digital, pensamiento crítico, alfabetización tecnológica y marcos éticos. La discusión no es si la IA reemplazará a las personas, sino si la sociedad está preparada para convivir con ella de forma justa y responsable.
Desde el periodismo, la responsabilidad es similar. Informar sobre inteligencia artificial no implica amplificar temores ni repetir discursos triunfalistas. Implica observar cómo ya está influyendo en la vida diaria, qué aprendizajes deja y qué preguntas abre. En ese ejercicio se inscribe el especial “La IA se tomó EL COMERCIO”, una apuesta editorial para mirar el fenómeno desde múltiples ángulos: el trabajo, la educación, la economía, la vida emocional, la gestión urbana y la experiencia cotidiana.
Este especial no busca dictar conclusiones cerradas. Busca poner sobre la mesa elementos de debate, visibilizar usos reales de la IA en la sociedad ecuatoriana, incluso cómo la usamos en EL COMERCIO, y ofrecer contexto para que los lectores formen su propio criterio.
La inteligencia artificial ya está entre nosotros. Lo que aún está en construcción es la manera en que decidimos convivir con ella.
El 2025 no será recordado como el año en que la IA apareció, sino como el año en que se volvió evidente. De cara al futuro, el desafío no es detenerla ni idealizarla, sino entenderla, regularla y enseñarla. Porque, al final, la tecnología no define a la sociedad. Lo hacen las decisiones humanas que la guían.
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