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Michelle Charpentier B.
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En una cultura que suele medir el bienestar en función de lo que se entrega, resulta necesario detenerse y replantear una pregunta clave: ¿qué es lo que realmente permanece en la infancia? Cuando los objetos pierden novedad y los regalos dejan de ocupar un lugar central, algo sigue ahí. No es tangible, pero es profundamente influyente: la memoria.
Los niños no construyen su identidad a partir de lo que reciben, sino de lo que recuerdan. Y los recuerdos no se acumulan como cosas; se organizan como relatos internos que dan sentido a la experiencia de crecer.
Desde la psicopedagogía y la psicología del desarrollo se reconoce que los recuerdos tempranos influyen en cómo un niño se percibe a sí mismo, cómo interpreta el mundo y cómo aprende a vincularse con los demás. La memoria infantil integra emoción, significado y contexto; por eso, no queda grabada la cantidad de estímulos, sino la calidad de la experiencia vivida.
Un niño puede olvidar con facilidad un objeto, pero no olvida cómo se sintió en un momento significativo. La memoria selecciona aquello que tuvo impacto emocional, porque es ahí donde se construyen referencias internas de seguridad, valor personal y pertenencia.
Esta idea ha sido recientemente planteada por la psicóloga y autora Andrea Cardemil, quien invita a reflexionar sobre el peso real de los recuerdos en la infancia y cómo estos tienen un impacto mucho más duradero que los regalos materiales.
Su planteamiento no cuestiona el acto de regalar, sino la creencia de que el valor de una experiencia infantil puede medirse por lo que se entrega. Los regalos generan emoción inmediata; los recuerdos construyen identidad. No ocupan el mismo lugar ni cumplen la misma función en el desarrollo.
Los regalos ocupan un momento; los recuerdos construyen a la persona.
La memoria infantil puede entenderse como una herencia invisible. No se guarda en cajas ni se pierde con el tiempo. Acompaña, orienta y sostiene. Es esa memoria la que, años después, influye en la forma de enfrentar dificultades, de confiar en otros y de comprender el propio valor.
Por eso, hablar de infancia implica hablar de experiencias que dejan huella. No se trata de crear momentos extraordinarios, sino de experiencias con sentido emocional. La memoria no necesita perfección; necesita significado.
En contextos donde el consumo tiende a ocupar un lugar central, volver a poner el foco en la memoria implica un cambio de perspectiva. Significa comprender que el desarrollo infantil no se fortalece con acumulación, sino con experiencias que puedan ser recordadas como valiosas.
Preguntarnos qué recuerdos estamos ayudando a construir no es un ejercicio de culpa, sino de conciencia. La infancia no se define por lo que recibe, sino por lo que logra integrar como parte de su historia personal.
Tal vez la pregunta más importante no sea cuánto damos, sino qué queda.
No qué se entrega, sino qué se recuerda.
La infancia no se sostiene en los objetos, sino en las memorias que se construyen a partir de experiencias emocionalmente significativas. Esos recuerdos, silenciosos, duraderos y profundamente humanos, son los que verdaderamente permanecen.
Para profundizar en esta reflexión:
Video de Andrea Cardemil sobre memoria y regalos en la infancia:
https://www.instagram.com/reel/DSpTgQejlnW/
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Los niños no construyen su identidad a partir de lo que reciben, sino de lo que recuerdan. Y los recuerdos no se acumulan como cosas; se organizan como relatos internos que dan sentido a la experiencia de crecer.
La memoria infantil no funciona como un inventario
Desde la psicopedagogía y la psicología del desarrollo se reconoce que los recuerdos tempranos influyen en cómo un niño se percibe a sí mismo, cómo interpreta el mundo y cómo aprende a vincularse con los demás. La memoria infantil integra emoción, significado y contexto; por eso, no queda grabada la cantidad de estímulos, sino la calidad de la experiencia vivida.
Un niño puede olvidar con facilidad un objeto, pero no olvida cómo se sintió en un momento significativo. La memoria selecciona aquello que tuvo impacto emocional, porque es ahí donde se construyen referencias internas de seguridad, valor personal y pertenencia.
Regalos que pasan, recuerdos que permanecen
Esta idea ha sido recientemente planteada por la psicóloga y autora Andrea Cardemil, quien invita a reflexionar sobre el peso real de los recuerdos en la infancia y cómo estos tienen un impacto mucho más duradero que los regalos materiales.
Su planteamiento no cuestiona el acto de regalar, sino la creencia de que el valor de una experiencia infantil puede medirse por lo que se entrega. Los regalos generan emoción inmediata; los recuerdos construyen identidad. No ocupan el mismo lugar ni cumplen la misma función en el desarrollo.
Los regalos ocupan un momento; los recuerdos construyen a la persona.
La memoria como herencia emocional
La memoria infantil puede entenderse como una herencia invisible. No se guarda en cajas ni se pierde con el tiempo. Acompaña, orienta y sostiene. Es esa memoria la que, años después, influye en la forma de enfrentar dificultades, de confiar en otros y de comprender el propio valor.
Por eso, hablar de infancia implica hablar de experiencias que dejan huella. No se trata de crear momentos extraordinarios, sino de experiencias con sentido emocional. La memoria no necesita perfección; necesita significado.
Un cambio necesario en la mirada adulta
En contextos donde el consumo tiende a ocupar un lugar central, volver a poner el foco en la memoria implica un cambio de perspectiva. Significa comprender que el desarrollo infantil no se fortalece con acumulación, sino con experiencias que puedan ser recordadas como valiosas.
Preguntarnos qué recuerdos estamos ayudando a construir no es un ejercicio de culpa, sino de conciencia. La infancia no se define por lo que recibe, sino por lo que logra integrar como parte de su historia personal.
Tal vez la pregunta más importante no sea cuánto damos, sino qué queda.
No qué se entrega, sino qué se recuerda.
La infancia no se sostiene en los objetos, sino en las memorias que se construyen a partir de experiencias emocionalmente significativas. Esos recuerdos, silenciosos, duraderos y profundamente humanos, son los que verdaderamente permanecen.
Para profundizar en esta reflexión:
Video de Andrea Cardemil sobre memoria y regalos en la infancia:
https://www.instagram.com/reel/DSpTgQejlnW/
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