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Gabriela Quiroz
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La generación Z no se está casando más en Ecuador, aunque a nivel global diga que sí quiere hacerlo. Informes internacionales aseguran que los jóvenes menores de 30 años vuelven a entusiasmarse con el matrimonio y lo visualizan como parte central de su futuro. Pero los registros del INEC muestran una caída sostenida de bodas entre personas de 18 a 29 años en el país.
Aún no se ve con claridad un ‘regreso al anillo’, sino una brecha entre lo que dicen querer y lo que pueden -o deciden- hacer. Esa distancia abre una pregunta clave: ¿Qué está pasando con el matrimonio entre los jóvenes ecuatorianos y por qué el compromiso se expresa de formas tan distintas según el contexto?
El matrimonio sigue siendo una decisión que ordena -o desordena- proyectos de vida, economía, maternidad, vivienda y redes de cuidado, incluso cuando ya no es mayoritaria.
Lo que hoy hagan o posterguen los jóvenes frente al matrimonio anticipa cómo cambiarán la familia, la convivencia y la estabilidad social en Ecuador. Entender esta brecha entre deseo y realidad ayuda a leer las tensiones que enfrenta una generación marcada por la precariedad laboral, la incertidumbre al futuro y el aprendizaje a no repetir errores de sus padres.
A escala global, el relato es optimista. Según el ‘Wedding Trends to Watch Report 2025’, el 86% de jóvenes de la generación Z visualiza el matrimonio en su futuro. De ellos, el 58% afirma que planea casarse legalmente y un 28% lo está considerando. Estas cifras representan un aumento frente a mediciones previas. Para la industria de bodas, el mensaje es claro: el matrimonio sigue siendo un ideal deseado por las nuevas generaciones, incluso en contextos de incertidumbre económica.
Los datos del INEC muestran que entre 2019 y 2024 los matrimonios de jóvenes entre 18 y 24 años cayeron de forma sostenida en Ecuador.
En ese grupo, las bodas de hombres pasaron de 11 903 en 2019 a 7 606 en 2024; en el caso de las mujeres bajaron de 18 426 a 12 240 en el mismo periodo. La tendencia es similar entre quienes tienen entre 25 y 29 años: aunque la caída es menos pronunciada, los matrimonios también se reducen en hombres y en mujeres.
En Ecuador, la generación Z puede imaginar el matrimonio como parte de su futuro, pero lo posterga, lo redefine o lo condiciona a factores concretos: estabilidad laboral, ingresos, vivienda, salud y seguridad jurídica. Más que una contradicción, lo que aparece es una tensión estructural: el matrimonio sigue teniendo valor simbólico, pero cada vez menos jóvenes pueden -o quieren- asumirlo temprano.
Aunque los datos muestran menos jóvenes que den el ‘sí quiero’, quienes sí toman esa decisión no lo hacen por inercia ni por mandato social, sino después de procesos distintos, conversaciones largas y acuerdos explícitos. Los testimonios de estas dos parejas muestran cómo el matrimonio se resignifica en la generación Z.
Eduardo Vásquez y María Emilia Páez se casaron luego de cinco años de haberse conocido.
Eduardo Vázquez, cuencano de 25 años, y María Emilia Páez, quiteña de 28, se conocieron en la Universidad del Azuay en 2018. Antes de ser pareja fueron compañeros, amigos y un equipo constante. Esa etapa previa, dicen, fue clave para generar confianza y comunicación abierta.
Empezaron su relación a fines de 2021. Casi dos años después se casaron, el 7 de agosto de 2023, cuando ya trabajaban y planificaron su vida juntos.
Para Eduardo, el matrimonio apareció como una posibilidad real cuando entendió que no quería compartir su vida con nadie más. Para María Emilia, que nunca vio el matrimonio como un plan personal, la decisión llegó cuando dejó de percibirlo como una etiqueta y empezó a entenderlo como un proyecto de vida.
El compromiso, coinciden, no se basó en promesas sino en hechos: estabilidad laboral, planificación económica y una visión compartida. Hoy, como padres de Eda Sofía, describen el matrimonio como una “sociedad de vida”, una forma de cuidarse mutuamente, tomar decisiones en conjunto y construir una identidad familiar.
“No se trata de uno contra el otro, sino los dos contra el problema”, dice Eduardo. Para ambos, el matrimonio no es una obligación social ni una pérdida de individualidad, sino una elección diaria que exige conversación, corresponsabilidad y acuerdos claros, especialmente en temas como el dinero, el trabajo y la crianza. Ambos son psicólogos educativos.
Anahí Ávila y Daniel Oleas contrajeron matrimonio en este 2025 luego de largas conversaciones.
Daniel Oleas, de 25 años, y Anahí Ávila, de 26, se conocieron en junio de 2024. Cuatro meses después comenzaron a convivir. La decisión de casarse llegó rápido, pero no fue impulsiva. Surgió de conversaciones concretas sobre convivencia, planes a futuro y la necesidad de formalizar.
La vida en común se volvió decisiva durante los apagones de septiembre de 2024, cuando tomaron la decisión de vivir juntos, y más tarde, en abril, durante una emergencia médica de Anahí. En ese momento entendieron que el compromiso no era solo emocional: implicaba también respaldo legal, capacidad de decisión y protección mutua.
Casarse, explica Anahí, no cambió el fondo de su relación, pero sí trajo tranquilidad. La preparación de la boda quedó atrás y dio paso a una rutina más ordenada, con tiempo para compartir, hacer deporte y planificar. Hoy, su principal proyecto es la compra de un terreno para construir su propio hogar, un objetivo que comenzaron a financiar incluso antes de casarse.
Lejos de idealizar el matrimonio, dicen que las conversaciones previas -sobre hijos, crianza, dinero y expectativas- les ayudaron a “aterrizar” la relación. Lo que más les sorprende no es la vida en pareja, sino los discursos negativos que escuchan a su alrededor. Se eligieron por lo que son, no porque sean una carga.
Aunque vienen de disciplinas distintas, el sociólogo Enrique Santos y la psicóloga Renata Velastegui coinciden en varios puntos sobre cómo la generación Z en Ecuador se relaciona hoy con el matrimonio. Sus lecturas ayudan a entender por qué no hay un “regreso” masivo al matrimonio, pero sí una transformación del compromiso.
Enrique Santos subraya que el cambio más drástico no está en la cantidad de matrimonios, sino en la edad y la duración. La edad promedio del primer matrimonio pasó de 27 a 36 años en hombres y de 24 a 33 años en mujeres, entre 1997 y 2024. La duración promedio de los matrimonios aumentó de 12 a 16,4 años. Para Santos, esto indica que quienes sí se casan lo hacen con mayor cautela y con la expectativa de estabilidad, no como un paso social inevitable.
La precariedad laboral es un factor clave. En Ecuador, señala, los jóvenes enfrentan mayores niveles de desempleo, informalidad y bajos ingresos. Esto vuelve riesgosa cualquier decisión a largo plazo. En ese contexto, el matrimonio se vuelve una apuesta que solo se hace cuando hay ciertas condiciones mínimas.
Pero, Santos enfatiza que no existe una única experiencia juvenil: el comportamiento frente al matrimonio varía según estrato social, zona urbana o rural y nivel educativo. Mientras en sectores urbanos y medios se posterga el matrimonio y la maternidad, en contextos rurales o más empobrecidos las uniones -muchas veces de hecho- ocurren antes y son menos duraderas.
La psicóloga Renata Velastegui explica que a diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes buscan entender cómo convivir, cómo resolver conflictos y cómo equilibrar sus diferencias.
Además cree que el matrimonio sigue vinculado al amor, pero también a una necesidad emocional legítima de compañía, pertenencia y seguridad, propia de seres sociales. No se trata solo de ansiedad o soledad, sino del deseo de construir algo con otro en un contexto de incertidumbre.
También identifica un cansancio frente al “dating” digital, que tuvo su auge en la pandemia. Aunque las aplicaciones siguen existiendo, muchos buscan vínculos más espontáneos, profundos y estables.
La psicóloga-añade-las parejas actuales saben que el divorcio es una posibilidad real. Esto las lleva a conversar más, a poner límites claros y a entender que, en algunos casos, resolver un conflicto puede implicar incluso la separación.
Para Juan Carlos Garzón, párroco de Nuestro Señor de la Ascensión de la Primavera, quienes se acercan a casarse por la Iglesia suelen hacerlo después de alcanzar cierta estabilidad laboral o profesional. Y movidos por el amor y la fe.
Garzón señala que, aunque muchos conviven antes o consideran otras formas de unión, en el fondo persiste un deseo profundo de compromiso duradero. Desde la visión católica, el matrimonio sigue entendiéndose como una vocación y una entrega total. “Siempre hay temor al compromiso, pero también un deseo de amar para siempre”.
Cristian Ruales, pastor evangélico, en cambio, observa que no están improvisando sus relaciones. Quieren saber si comparten visión de vida, valores y expectativas. Les preocupa menos “fracasar” como concepto abstracto y más equivocarse de proyecto. No quieren descubrir después que quieren cosas distintas. Por eso hablan antes de casarse sobre hijos, dinero, trabajo, tiempo libre y hasta rutinas cotidianas. Para ellos, el compromiso no es impulsivo: es deliberado. Ven el matrimonio como una alianza que se sostiene con acuerdos previos.
Ruales también identifica un cambio fuerte en cómo enfrentan la incertidumbre económica. Frente a eso, enfatiza, no se paralizan. Piensan en sumar. En empujar juntos. En dividir riesgos y responsabilidades. Casarse o proyectarse como pareja estable aparece como una estrategia de vida, no como una huida.
Buscan acompañamiento, hablan de salud mental, reconocen traumas y piden ayuda antes de comprometerse. No esconden sus problemas. Los ponen sobre la mesa. Para esta generación, dice, estar en pareja no es perder libertad, sino ganar un equipo para enfrentar un futuro incierto.
La generación Z en Ecuador no está protagonizando un regreso masivo al matrimonio, pero tampoco lo abandona. Lo que emerge es un cambio: casarse deja de ser una obligación social y se convierte en decisión consciente, atravesada por el amor, el pragmatismo, la fe- para algunos- y, sobre todo, por la necesidad de construir estabilidad. El compromiso se redefine.
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Aún no se ve con claridad un ‘regreso al anillo’, sino una brecha entre lo que dicen querer y lo que pueden -o deciden- hacer. Esa distancia abre una pregunta clave: ¿Qué está pasando con el matrimonio entre los jóvenes ecuatorianos y por qué el compromiso se expresa de formas tan distintas según el contexto?
¿Por qué importa cómo la Gen Z ve el matrimonio?
El matrimonio sigue siendo una decisión que ordena -o desordena- proyectos de vida, economía, maternidad, vivienda y redes de cuidado, incluso cuando ya no es mayoritaria.
Lo que hoy hagan o posterguen los jóvenes frente al matrimonio anticipa cómo cambiarán la familia, la convivencia y la estabilidad social en Ecuador. Entender esta brecha entre deseo y realidad ayuda a leer las tensiones que enfrenta una generación marcada por la precariedad laboral, la incertidumbre al futuro y el aprendizaje a no repetir errores de sus padres.
Lo que dicen los datos sobre casarse en el mundo y Ecuador
A escala global, el relato es optimista. Según el ‘Wedding Trends to Watch Report 2025’, el 86% de jóvenes de la generación Z visualiza el matrimonio en su futuro. De ellos, el 58% afirma que planea casarse legalmente y un 28% lo está considerando. Estas cifras representan un aumento frente a mediciones previas. Para la industria de bodas, el mensaje es claro: el matrimonio sigue siendo un ideal deseado por las nuevas generaciones, incluso en contextos de incertidumbre económica.
En Ecuador, los números cuentan otra historia
Los datos del INEC muestran que entre 2019 y 2024 los matrimonios de jóvenes entre 18 y 24 años cayeron de forma sostenida en Ecuador.
En ese grupo, las bodas de hombres pasaron de 11 903 en 2019 a 7 606 en 2024; en el caso de las mujeres bajaron de 18 426 a 12 240 en el mismo periodo. La tendencia es similar entre quienes tienen entre 25 y 29 años: aunque la caída es menos pronunciada, los matrimonios también se reducen en hombres y en mujeres.
En Ecuador, la generación Z puede imaginar el matrimonio como parte de su futuro, pero lo posterga, lo redefine o lo condiciona a factores concretos: estabilidad laboral, ingresos, vivienda, salud y seguridad jurídica. Más que una contradicción, lo que aparece es una tensión estructural: el matrimonio sigue teniendo valor simbólico, pero cada vez menos jóvenes pueden -o quieren- asumirlo temprano.
Dos parejas Gen Z y dos formas conscientes de comprometerse
Aunque los datos muestran menos jóvenes que den el ‘sí quiero’, quienes sí toman esa decisión no lo hacen por inercia ni por mandato social, sino después de procesos distintos, conversaciones largas y acuerdos explícitos. Los testimonios de estas dos parejas muestran cómo el matrimonio se resignifica en la generación Z.
Un proyecto construido con tiempo y planificación
Eduardo Vásquez y María Emilia Páez se casaron luego de cinco años de haberse conocido.
Eduardo Vázquez, cuencano de 25 años, y María Emilia Páez, quiteña de 28, se conocieron en la Universidad del Azuay en 2018. Antes de ser pareja fueron compañeros, amigos y un equipo constante. Esa etapa previa, dicen, fue clave para generar confianza y comunicación abierta.
Empezaron su relación a fines de 2021. Casi dos años después se casaron, el 7 de agosto de 2023, cuando ya trabajaban y planificaron su vida juntos.
Para Eduardo, el matrimonio apareció como una posibilidad real cuando entendió que no quería compartir su vida con nadie más. Para María Emilia, que nunca vio el matrimonio como un plan personal, la decisión llegó cuando dejó de percibirlo como una etiqueta y empezó a entenderlo como un proyecto de vida.
El compromiso, coinciden, no se basó en promesas sino en hechos: estabilidad laboral, planificación económica y una visión compartida. Hoy, como padres de Eda Sofía, describen el matrimonio como una “sociedad de vida”, una forma de cuidarse mutuamente, tomar decisiones en conjunto y construir una identidad familiar.
“No se trata de uno contra el otro, sino los dos contra el problema”, dice Eduardo. Para ambos, el matrimonio no es una obligación social ni una pérdida de individualidad, sino una elección diaria que exige conversación, corresponsabilidad y acuerdos claros, especialmente en temas como el dinero, el trabajo y la crianza. Ambos son psicólogos educativos.
Casarse para ordenar la vida que ya compartían
Anahí Ávila y Daniel Oleas contrajeron matrimonio en este 2025 luego de largas conversaciones.
Daniel Oleas, de 25 años, y Anahí Ávila, de 26, se conocieron en junio de 2024. Cuatro meses después comenzaron a convivir. La decisión de casarse llegó rápido, pero no fue impulsiva. Surgió de conversaciones concretas sobre convivencia, planes a futuro y la necesidad de formalizar.
La vida en común se volvió decisiva durante los apagones de septiembre de 2024, cuando tomaron la decisión de vivir juntos, y más tarde, en abril, durante una emergencia médica de Anahí. En ese momento entendieron que el compromiso no era solo emocional: implicaba también respaldo legal, capacidad de decisión y protección mutua.
Casarse, explica Anahí, no cambió el fondo de su relación, pero sí trajo tranquilidad. La preparación de la boda quedó atrás y dio paso a una rutina más ordenada, con tiempo para compartir, hacer deporte y planificar. Hoy, su principal proyecto es la compra de un terreno para construir su propio hogar, un objetivo que comenzaron a financiar incluso antes de casarse.
Lejos de idealizar el matrimonio, dicen que las conversaciones previas -sobre hijos, crianza, dinero y expectativas- les ayudaron a “aterrizar” la relación. Lo que más les sorprende no es la vida en pareja, sino los discursos negativos que escuchan a su alrededor. Se eligieron por lo que son, no porque sean una carga.
Casarse con cabeza fría, amor, estabilidad y decisiones reales
Aunque vienen de disciplinas distintas, el sociólogo Enrique Santos y la psicóloga Renata Velastegui coinciden en varios puntos sobre cómo la generación Z en Ecuador se relaciona hoy con el matrimonio. Sus lecturas ayudan a entender por qué no hay un “regreso” masivo al matrimonio, pero sí una transformación del compromiso.
En lo que coinciden:
No hay evidencia de un retorno al matrimonio temprano. Los jóvenes se casan menos y más tarde. Esto refleja postergación y selección más cuidadosa.
Las decisiones se toman con más conciencia y menos idealización. Las parejas conversan antes sobre convivencia, dinero, hijos, expectativas y conflictos.
La experiencia de divorcios parentales pesa. Muchos jóvenes crecieron viendo separaciones conflictivas o relaciones inestables, lo que los vuelve más cautos.
El matrimonio ya no es el centro del proyecto de vida. Primero vienen la educación, el trabajo, la estabilidad emocional y económica.
Se prioriza la convivencia. Vivir juntos antes de casarse se vuelve una forma de “probar” la relación y reducir riesgos.
Enrique Santos subraya que el cambio más drástico no está en la cantidad de matrimonios, sino en la edad y la duración. La edad promedio del primer matrimonio pasó de 27 a 36 años en hombres y de 24 a 33 años en mujeres, entre 1997 y 2024. La duración promedio de los matrimonios aumentó de 12 a 16,4 años. Para Santos, esto indica que quienes sí se casan lo hacen con mayor cautela y con la expectativa de estabilidad, no como un paso social inevitable.
La precariedad laboral es un factor clave. En Ecuador, señala, los jóvenes enfrentan mayores niveles de desempleo, informalidad y bajos ingresos. Esto vuelve riesgosa cualquier decisión a largo plazo. En ese contexto, el matrimonio se vuelve una apuesta que solo se hace cuando hay ciertas condiciones mínimas.
Pero, Santos enfatiza que no existe una única experiencia juvenil: el comportamiento frente al matrimonio varía según estrato social, zona urbana o rural y nivel educativo. Mientras en sectores urbanos y medios se posterga el matrimonio y la maternidad, en contextos rurales o más empobrecidos las uniones -muchas veces de hecho- ocurren antes y son menos duraderas.
La mirada psicológica…
La psicóloga Renata Velastegui explica que a diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes buscan entender cómo convivir, cómo resolver conflictos y cómo equilibrar sus diferencias.
Además cree que el matrimonio sigue vinculado al amor, pero también a una necesidad emocional legítima de compañía, pertenencia y seguridad, propia de seres sociales. No se trata solo de ansiedad o soledad, sino del deseo de construir algo con otro en un contexto de incertidumbre.
También identifica un cansancio frente al “dating” digital, que tuvo su auge en la pandemia. Aunque las aplicaciones siguen existiendo, muchos buscan vínculos más espontáneos, profundos y estables.
La psicóloga-añade-las parejas actuales saben que el divorcio es una posibilidad real. Esto las lleva a conversar más, a poner límites claros y a entender que, en algunos casos, resolver un conflicto puede implicar incluso la separación.
La fe como ancla emocional en tiempos de incertidumbre
Para Juan Carlos Garzón, párroco de Nuestro Señor de la Ascensión de la Primavera, quienes se acercan a casarse por la Iglesia suelen hacerlo después de alcanzar cierta estabilidad laboral o profesional. Y movidos por el amor y la fe.
Garzón señala que, aunque muchos conviven antes o consideran otras formas de unión, en el fondo persiste un deseo profundo de compromiso duradero. Desde la visión católica, el matrimonio sigue entendiéndose como una vocación y una entrega total. “Siempre hay temor al compromiso, pero también un deseo de amar para siempre”.
Cristian Ruales, pastor evangélico, en cambio, observa que no están improvisando sus relaciones. Quieren saber si comparten visión de vida, valores y expectativas. Les preocupa menos “fracasar” como concepto abstracto y más equivocarse de proyecto. No quieren descubrir después que quieren cosas distintas. Por eso hablan antes de casarse sobre hijos, dinero, trabajo, tiempo libre y hasta rutinas cotidianas. Para ellos, el compromiso no es impulsivo: es deliberado. Ven el matrimonio como una alianza que se sostiene con acuerdos previos.
Ruales también identifica un cambio fuerte en cómo enfrentan la incertidumbre económica. Frente a eso, enfatiza, no se paralizan. Piensan en sumar. En empujar juntos. En dividir riesgos y responsabilidades. Casarse o proyectarse como pareja estable aparece como una estrategia de vida, no como una huida.
Buscan acompañamiento, hablan de salud mental, reconocen traumas y piden ayuda antes de comprometerse. No esconden sus problemas. Los ponen sobre la mesa. Para esta generación, dice, estar en pareja no es perder libertad, sino ganar un equipo para enfrentar un futuro incierto.
En conclusión…
La generación Z en Ecuador no está protagonizando un regreso masivo al matrimonio, pero tampoco lo abandona. Lo que emerge es un cambio: casarse deja de ser una obligación social y se convierte en decisión consciente, atravesada por el amor, el pragmatismo, la fe- para algunos- y, sobre todo, por la necesidad de construir estabilidad. El compromiso se redefine.
- Enlace externo: Las tendencias de la industria de las bodas en el mundo
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