La democracia costarricense sigue viva y nos corresponde cuidarla a diario

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Este 1 de febrero, el pueblo habló en las urnas con contundencia. Esa decisión es legítima y ha sido certificada por nuestro Tribunal Supremo de Elecciones, que una vez más demostró su impecable competencia técnica y transparencia absoluta. Eso no está en duda.

Para algunos, el resultado fue el más acertado; para otros —entre quienes me incluyo—, hubiésemos preferido otro desenlace. Pero la democracia no se mide solo por quién gana: se nutre del respeto profundo a la voluntad mayoritaria y, al mismo tiempo, del reconocimiento pleno de la gran minoría que piensa diferente, que no se calla y que tiene todo el derecho legítimo de levantar la voz. Un sistema que admite —y debe admitir— el disentimiento legítimo, la crítica responsable, la propuesta constructiva y el derecho inalienable de hacerse escuchar sin miedo.

El reconocimiento a las nuevas autoridades políticas electas y a quienes las llevaron hasta allí con su esfuerzo y convicción. El mismo, a quienes lucharon con igual intensidad por un resultado distinto: su compromiso fortalece la pluralidad y hace más grande nuestra democracia.

Ahora, nos corresponde ser guardianes aún más celosos de esta democracia centenaria. De sus instituciones sólidas. Del Estado social de derecho que las sostiene. Y, sobre todo, de ese modelo de desarrollo solidario que históricamente ha permitido —a pesar de sus imperfecciones— que generaciones enteras mejoren su vida gracias a una educación pública de calidad, a la salud universal, a la protección social que no deja a nadie completamente atrás.

Pero no podemos cerrar los ojos ante la realidad que nos golpea: desigualdades extremas que se profundizan, postergaciones que duelen en comunidades enteras, inseguridad ciudadana en niveles que nunca habíamos visto, corrupción que sigue erosionando la confianza, y un deterioro paulatino de servicios básicos que antes eran orgullo nacional.

Frente a eso, no alcanza solo con discursos. Urge más principios éticos en la función pública, más honestidad política, más sentido crítico agudo, visión de largo plazo y —sobre todo— exigencia inflexible en la rendición de cuentas y en la transparencia absoluta del quehacer de quienes gobiernan.

Amanecimos todos y todas bajo el mismo cielo. Nos une una sola patria a la cual debemos de cuidar juntos y juntas, a pesar de las diferencias.

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