La cumbia de las miserias

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Gerson Rivero

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Escena 1. En un hogar de clase media de la ciudad de La Paz, la dueña de casa consigue a una joven para que haga la limpieza. La contratada va cuarto por cuarto, barriendo, desempolvando, limpiando, bajo la atenta mirada del padre de la dueña. Ella se da cuenta. Cuando la propietaria le reclama por un par de lugares donde no limpió, ella responde que esos lugares eran inaccesibles. Son un par de alacenas, cerradas por el padre, encargado de cuidar que la señorita no se haga con nada que no sea suyo. Él mismo se encarga de poner, con un marcador, una línea en una botella de Coca-Cola, para que nadie se tome ni una gota de tan preciado líquido. “Es que a veces se aprovechan”, dice. La dueña se niega a pagar por los lugares no limpiados.

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Escena 2. Durante la pandemia, una pareja es derivada a cuidados intensivos. Su caso no es grave, no se ha generado una infección, pero más vale tenerlos bajo observación. Se los enviará a uno de los hospitales ya acondicionados para lidiar con el virus maldito. Eso sí, el encargado del lugar les deja algo muy claro: “lleven solo cepillo de dientes y el cargador de su celular. No nos hacemos responsables de otras cosas”.

Escena 3. Corren los primeros años del siglo. Una familia en su vagoneta, volviendo de un fin de semana en el lago, se apresura demasiado, toma mal una curva y se embarranca en un lugar, al parecer, deshabitado. El auto siniestrado no se ve desde el camino, y por ello, los servicios de auxilio tardan en llegar. Cuando lo hacen, hay dos fallecidos y dos heridos graves. No es posible identificar a ninguno, porque para el momento del rescate, no tienen ropa ni documentos: los pobladores se los han quitado, haciendo un esfuerzo, pese a la sangre y a los huesos rotos.

Escena 4: Las precarnavaleras en el oriente siempre son alegres, y se viven entre amigos y los amigos que uno va a hacer. Están pensadas, sobre todo, para los jóvenes y su disfrute. Por eso, cuando la niña de 16 años empleada en la cocina del local se ve confrontada por el hombre de bigotes, no lo entiende. “A mí me vas a servir más, ¿me entiendes?” le dice él. “Yo soy el dueño de todo esto. Vos no sos nadie. Y si yo te digo que me pongás más en el plato, vos lo hacés y listo”. Ella llora, porque no esperaba que, en medio de la fiesta, un tipo mayor le grite en público. “No sabes quién soy yo”, termina él, entre las miradas incómodas –y pasivas –de sus compañeros de comparsa.

Escena 5. Un avión cargado de billetes que aún deben ser aprobados para su circulación se estrella al aterrizar, causando varias muertes y heridas graves a los transeúntes cercanos al aeropuerto. La preciosa carga se hace visible. Quienes pasan por ahí vuelcan las rejas divisorias del aeropuerto para hacerse de los billetes, ignorando a quienes necesitan ayuda para sobrevivir.

María Zambrano, filósofa española, dice que la miseria no es solo el hambre, sino la pérdida de la esperanza y de la capacidad de verse a uno mismo. La miseria no comienza cuando se vacía el estómago, sino cuando se apaga la mirada. No es solo la ausencia de pan, sino la amputación del futuro. La pobreza es una circunstancia que se padece, pero la miseria es un abismo que devora la identidad, que convierte al ser humano en una sombra que ya no espera nada de nadie, ni siquiera de sí mismo. Explorar la miseria no es estudiar la escasez; es asomarse al lugar donde el alma se vuelve invisible. De hecho, para muchos, la miseria no consiste en estar en la calle comiendo mendrugos; comienza cuando los bolsillos se llenan y se vacía el espíritu, cuando el miedo de perder las posesiones se hace más grande que la satisfacción de disfrutarlas.

Nos enfrentamos, cada tanto, a ciertos tipos de crisis, la económica, la política, la social, que conmueven y producen cambios. Atendamos a las crisis que nos sacuden el alma. No perdamos de vista estos hechos, pequeños en algunos casos, imposibles de ignorar en otros, que nos despojan de nuestra humanidad y que nos obligan a repensarnos como sociedad, que nos obligan a entender que hay mucho más en la vida que llenar métricas. La miseria no es exclusivamente una condición económica, sino también una herida en la dignidad del ser humano.



(*) Martín Díaz Meave es publicista y comunicador estratégico.

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