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La Prensa
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San Miguelito cierra el año rodeado de bolsas rotas, aceras convertidas en vertederos improvisados y un olor persistente que retrata una crisis que no es nueva, pero que en diciembre se agrava. El aumento estacional de los desechos, propio de las fiestas y el consumo, ha desbordado un sistema frágil, con efectos visibles en la vida diaria. La acumulación de basura no solo degrada el entorno: pone en riesgo la salud pública, al favorecer la proliferación de vectores y la posible aparición de enfermedades. El ciudadano queda atrapado entre la burocracia, el mal servicio y una deficiente administración contractual. Las responsabilidades son compartidas. El Municipio debe planificar con mayor anticipación y asegurar transiciones ordenadas. El Gobierno Central, que avaló la contratación temporal, debe acompañar sin demora. Y la Contraloría General de la República tiene un rol clave: el refrendo oportuno no es un favor, sino un deber cuando los procesos cumplen la ley. La basura no espera trámites. Su mala gestión profundiza la pobreza, transmite mala imagen y erosiona la dignidad de quienes viven en condiciones ya vulnerables.
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