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Historia de las hermandades en Guatemala: La evolución en Antigua Guatemala, Sacatepéquez
En toda Guatemala ha pervivido la conmemoración suntuosa de la Cuaresma y Semana Santa, desde la época colonial, gracias a las cofradías y hermandades, que organizan cortejos procesionales con particulares normas.
Brenda Martínez
21 de marzo de 2026
|
09:30h
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Salida de la procesión de Jesús Nazareno de La Merced, el Domingo de Ramos de 1924, cuya cofradía se fundó en 1675 bajo el nombre de Jesús Nazareno de San Jerónimo. (Foto Prensa Libre, cortesía de Sergio Reyes Rogel)
Según el historiador y cronista de Antigua Guatemala Enrique Berdúo Samayoa, las cofradías se originaron en la Edad Media y, en numerosas ocasiones, provenían de un gremio de artesanos, motivo frecuente de rivalidad entre esas entidades de un lugar.
A principios del siglo XVII, son reguladas y se les exige la autorización del obispo. Muchas cofradías, además de las actividades para sus integrantes, organizaban actos procesionales vinculados con las festividades cristianas tradicionales como las de Cuaresma y Semana Santa.
Luego de la llegada de los españoles, en 1524, con la fundación de los poblados, se hicieron necesarios oficios para proveer de bienes a la sociedad, como muebles, enseres de cocina, edificaciones y arte. De ahí surgieron gremios de artesanos que profesaban devoción a un santo en especial; por ejemplo, los herreros, a San Sebastián; los zapateros, a San Crispín y San Crispiniano; los carpinteros, a San José; los músicos, a Santa Cecilia; los coheteros, a Santa Bárbara, y los albañiles, a la Santa Cruz, entre otros.
“En la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, ya asentada en el paraje de Panchoy, en 1543, durante la segunda mitad del siglo XVI las expresiones de religiosidad fueron cayendo en la rutina, a tal punto de que a mediados del siglo XVII surgió un movimiento renovador en el seno de la Iglesia local, al haber impulsado las expresiones de religiosidad popular, que propició la fundación de cofradías y hermandades”, refiere el cronista.
“En ese sentido, destaca el Santo Hermano Pedro de San José de Betancur como promotor de muchas prácticas piadosas que actualmente realizamos en los diferentes ciclos del año litúrgico”, refiere.
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El documento más antiguo de cofradía que se conserva en el Archivo Histórico Arquidiocesano es el de la fundación, el 19 de mayo de 1675, y aprobación canónica, el 5 de dicho año, de “Las Ordenanzas de la Cofradía de Jesús Nazareno de San Jerónimo”, actualmente conocida como Hermandad de Jesús Nazareno de la Merced de Antigua Guatemala, en la que se les permitió el ingreso a indígenas, mestizos, criollos y mulatos, luego de su traslado en 1804 al templo parroquial de San Sebastián, y el definitivo, al templo de La Merced en 1883, cuando se le empieza a conocer como hermandad. La veneración a dicha imagen se mantuvo ininterrumpida años antes de la fundación de la cofradía y que continúa vigente.
Sergio Reyes Rogel, subcoordinador de la Hermandad de Jesús Nazareno de La Merced, señala que además de las actividades relacionadas con la devoción de esta imagen y del Señor Sepultado de la Merced, también se encargan de la velación de Jesús Nazareno Peregrino, que a principios del siglo XX visitaba por las noches diferentes residencias de la capital.
Jesús Nazareno de La Merced es trasladado a su anda el Sábado de Ramos, un acto solemne en el que participan unas mil 200 personas, señala. Su procesión principal es el Domingo de Ramos, llamada de La Reseña, en la que participan 11 mil 336 cargadores, en 109 turnos, y que se prolonga 21 horas, llevado en hombros por connacionales de todo el país y extranjeros. El Jueves Santo llevan a cabo el santo pregón de la sentencia de Jesús, que data de hace 80 años, en el que tienen parte personajes de soldados y caballería. La imagen también sale el Viernes Santo, con un anda más pequeña, con 79 turnos, cortejo en el que participan seis mil 320 cargadores, “más antigüeña”.
La hermandad está compuesta por 175 hombres y mujeres. Para inscribir a nuevos miembros, se hacen dos convocatorias al año: en la semana de Pascua, y se les juramenta en septiembre, y la otra, en agosto, para juramentarlos ocho días antes de la Cuaresma, y deben pasar por un período de prueba. Sus fondos provienen de rifas, cuotas de recaudación, venta de turnos, souvenirs, libros y calendarios.
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Historia de las hermandades en Guatemala: Jesús Nazareno de la Merced, de la ciudad de Guatemala
Con la promulgación de las Nuevas Leyes para los Reinos de Indias, a mediados del siglo XVI, surgieron los barrios en la periferia de Santiago, al fomentar la estratificación de la sociedad por castas raciales —blancos peninsulares y criollos, indígenas, mestizos, afrodescendientes, mulatos y zambos—, dice Berdúo. Era una sociedad fuertemente integrada, donde el individuo encontró gran apoyo con su administración municipal de barrio y otra religiosa, a base de las cofradías que practicaban el culto y veneración a un santo, añade.
Escuela de Cristo
A mediados del siglo XVIII, la devoción a La Preciosa Sangre y Santísimo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo recibió un nuevo impulso en la metrópoli, al haber sido fundadas dos cofradías bajo esta advocación en los templos de la Escuela de Cristo y en el del Hospital para Clérigos de San Pedro Apóstol. La primera, es conocida actualmente como Hermandad del Señor Sepultado y María Santísima de la Soledad de la Escuela de Cristo.
José Núñez, coordinador de dicha hermandad, refiere que en 1793 se emitieron las ordenanzas de la Hermandad de la Preciosísima Sangre de Jesús del Templo de Nuestra Señora de los Remedios, y se les mandó a establecer sus estatutos, aprobados ese año. El 10 de enero de 1868 se emitió el reglamento de la Sociedad de Jesús Sepultado de la Parroquia de los Remedios de Antigua Guatemala.
Santo Entierro de la Escuela de Cristo, el Viernes Santo de 1955, a su paso por la calle de La Concepción hacia la Plaza Mayor, en Antigua Guatemala. (Foto Prensa Libre, cortesía de Enrique Berdúo).
La imagen del Señor Sepultado de la Escuela de Cristo corresponde a la imagen de Cristo Crucificado de la Preciosísima Sangre que se veneraba a principios del siglo XVIII —entre 1705 y 1731— , en la sacristía del templo de la Escuela de Cristo, perteneciente a la congregación de San Felipe Neri.
Dicha imagen, de autor desconocido, fue transformada en Señor Sepultado, y se le adaptó movimiento en piernas, brazos y cuello, para poder realizar cada Viernes Santo las ceremonias de crucifixión y descendimiento de la cruz. Fue consagrada en 1979.
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La imagen de María Santísima de la Soledad del templo de la Escuela de Cristo es una de las más bellas obras de la imaginería colonial de América, dice Núñez, atribuida al artista antigüeño Pedro de Mendoza en los comienzos del siglo XVII. Actualmente, la hermandad está conformada por 140 hombres y 60 mujeres, que van desde los 7 hasta los 95 años. Su sección infantil-juvenil tiene 40 integrantes. Sus gastos de mayor consideración son la música, adornos y casi 400 sayones o personal de apoyo, cada Viernes Santo.
Traslado
Luego del terremoto de Santa Marta, el 29 de julio de 1773, la capital inició un período de proscripción y convulsión social, pues las autoridades de la Audiencia Real debieron enfrentar la resistencia al abandono de la ciudad, encabezada por el Ayuntamiento, el arzobispado, las cofradías, gremios de artesanos y la mayoría de la población. La Audiencia Real ordenó el traslado de bienes de la Iglesia a la nueva ciudad que se asentó en el valle de la Ermita o de las Vacas, especialmente, imágenes vinculadas con la devoción cuaresmal y patronal. Sin embargo, los habitantes de barrios y pueblos de la periferia permanecieron en ella y, a pesar de las prohibiciones terminantes, continuaron realizando sus prácticas religiosas en los templos que no habían tenido daños, así como la continuidad de organización de desfiles sacros, expone Berdúo.
Al declararse la Independencia de Centroamérica, el 1 de julio de 1823, la presión de las ideas liberales desató una nueva persecución contra la Iglesia, ordenando la secularización de las ordenes religiosas, su expulsión y confiscación de los bienes de la Iglesia, y prohibición de realización de actividades públicas. Las cofradías cambiaron su denominación a sociedades, al jugar un papel fundamental para que las prácticas de religiosidad no decayeran, ante el escaso número de sacerdotes.
A finales del siglo XIX, y primeras décadas del XX, son fundadas y reorganizadas nuevas sociedades (cofradías), al propiciar un nuevo auge a la celebración de las fiestas patro nales, gremiales y cuaresmales. Durante la década de 1940, ante el número de cortejos procesionales, se estableció un orden para las velaciones los viernes de Cuaresma, que es el que rige en la ciudad actualmente.
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A finales de la década de 1950 y de 1960, las sociedades adquieren el nombre de hermandades, que al día de hoy ostentan, y reafirman su carácter casi autónomo. Cada cuatro años eran convocados todos los fieles devotos para presentar planillas y elegir a la junta directiva que regiría, destaca el cronista.
Esto fue algo inusitado, pues dentro de una institución jerárquica como la Iglesia Católica se admitió la presencia de las hermandades que realizaban prácticas democráticas para designar a sus directivos.
Sin embargo, un decreto suscrito por el arzobispo metropolitano monseñor Óscar Julio Vian las abolió, y subordinó la administración de hermandades a la figura de los curas párrocos, que ejercen como presidentes de las hermandades.
“En nuestra ciudad, prácticamente, todas las expresiones de religiosidad popular son animadas y promovidas por las hermandades, asociaciones, grupos y movimientos laicales, lo que permite una mayor participación de la feligresía y, también, la comprensión del mensaje evangelizador adaptado a las costumbres y tradiciones de los antigüeños”, dice Berdúo.
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