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Gerardo Villacreces Carbo
Guest
Hace pocos días un amigo me hizo casualmente una pregunta: “¿Te irías a vivir a otro país, quizá a uno de Europa?”. La respuesta inicial fue rápida. Por un segundo me vi en Roma, viviendo en un edificio frente al Coliseo, o caminando por Madrid. Pero la imagen se deshizo igual de rápido: incluso en un escenario muy cómodo económicamente en dichos lugares, me quedaría en Ecuador.
Me quedaría por una razón íntima y otra pública. La íntima: aquí no soy extranjero, esta es mi propia tierra; aquí, si uno se cuida, trabaja y hace las cosas de manera correcta, todavía puede vivir bien y con dignidad, cerca y acompañado de los seres queridos y amigos. La pública: quedarse no es solo una preferencia, es una forma de pertenecer. Y pertenecer, en un año como el que acabamos de cerrar, más que nostalgia, demanda carácter.
Todo comienzo lleva implícito la terminación de algo. El cambio de año nos invita a salir del “aquí y ahora” para caminar, con humildad, por las semanas y los meses que ya se fueron. En ese recorrido aparecen emociones mezcladas: tristeza si fue un buen año que no queríamos que termine; alivio si fue un año duro y, al menos, terminó. En ambos casos o en otros, la pregunta de fondo es la misma: ¿con qué ánimo empezamos lo que viene?
Sugiero uno que no está de moda, pero que refuerza y es necesario: la gratitud. No como consuelo fácil, sino como una disciplina para mirar el país con verdad y esperanza.
Quedarse es una decisión de esperanza
Porque 2025 dejó un sabor agridulce, ciertos temas positivos; pero, otros difíciles y hasta extremos: seguridad, política y salud. Según cifras del Ministerio del Interior reportadas por una Agencia de noticias internacional, entre enero y julio se registraron 5.268 homicidios, un aumento de 40% frente al mismo periodo de 2024 (21/08/2025). La estadística es alarmante, pero lo más grave es que se vuelve cotidiano, el miedo se vuelve hábito y el silencio se normaliza.
Y, como si no bastara, la salud pública mostró su fragilidad. Medios nacionales documentaron que el desabastecimiento de medicamentos llegó a niveles críticos hacia finales de septiembre, afectando insumos básicos y tratamientos sensibles. La enfermedad no espera; la burocracia sí. Cuando eso ocurre, la indignación es comprensible.
Por eso, hablar de gratitud puede sonar a privilegio. No lo es. Es, más bien, un freno a la queja estéril y un antídoto contra la parálisis. Agradecer no significa negar el problema; significa reconocer que todavía hay algo bueno que defender, por hacer, algo que salvar y, sobre todo, algo que mejorar.
Gratitud no es resignación
El lector podría preguntarse: “ ¿Se puede agradecer incluso en la adversidad?”. Sí, si entendemos la gratitud como una actitud activa. La adversidad nos enseña dos cosas: nos vuelve resilientes y nos obliga a aprender. Y, con el tiempo, en su sabia perspectiva, se revela lo que en el momento no se vio: un giro, un reto, una circunstancia favorable que aparece cuando parecía que no había salida, todo lo cual catapultándonos a una mejor situación.
Pero hay un punto más importante: la gratitud ordena la mirada, enfoca el norte, tranquiliza al alma agobiada. Nos recuerda que no somos víctimas de lo que nos pasa; también somos responsables de lo que hacemos con lo que nos pasa. La gratitud, bien entendida, es el primer paso para la acción: para exigir, para proponer, para cuidar, para hacer.
Un país que merece exigencia
En medio del ruido, Ecuador sigue teniendo un patrimonio silencioso que no siempre valoramos: su diversidad de paisajes, su riqueza gastronómica, cultural, la calidez de su gente. Su verdor, bosques, montañas y nevados, playas y selvas; ríos, música y clima; la fertilidad y generosidad de su tierra, frutos y cosechas. Esa mezcla abundante es difícil de encontrar toda junta en otro lugar del mundo. Y, pese a todo, seguimos respirando una cuota de libertad que vale oro cuando se pierde.
Precisamente por eso, el amor al país no se demuestra con frases bonitas, sino con exigencia. Exigir instituciones que funcionen, políticas públicas claras que midan resultados, seguridad con justicia transparente, y un sistema de salud que no humille a quien sufre. Exigir, también, de nosotros mismos: civismo, cuidado, empatía y participación.
Que este 2026 que recién inicia, sea, para usted amable lector y para sus familiares, un año de realizaciones y bendiciones. Ojalá empecemos con optimismo, sí, pero con un optimismo maduro: el que no se cree el discurso fácil ni se rinde a la desesperanza.
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Me quedaría por una razón íntima y otra pública. La íntima: aquí no soy extranjero, esta es mi propia tierra; aquí, si uno se cuida, trabaja y hace las cosas de manera correcta, todavía puede vivir bien y con dignidad, cerca y acompañado de los seres queridos y amigos. La pública: quedarse no es solo una preferencia, es una forma de pertenecer. Y pertenecer, en un año como el que acabamos de cerrar, más que nostalgia, demanda carácter.
Todo comienzo lleva implícito la terminación de algo. El cambio de año nos invita a salir del “aquí y ahora” para caminar, con humildad, por las semanas y los meses que ya se fueron. En ese recorrido aparecen emociones mezcladas: tristeza si fue un buen año que no queríamos que termine; alivio si fue un año duro y, al menos, terminó. En ambos casos o en otros, la pregunta de fondo es la misma: ¿con qué ánimo empezamos lo que viene?
Sugiero uno que no está de moda, pero que refuerza y es necesario: la gratitud. No como consuelo fácil, sino como una disciplina para mirar el país con verdad y esperanza.
Quedarse es una decisión de esperanza
Porque 2025 dejó un sabor agridulce, ciertos temas positivos; pero, otros difíciles y hasta extremos: seguridad, política y salud. Según cifras del Ministerio del Interior reportadas por una Agencia de noticias internacional, entre enero y julio se registraron 5.268 homicidios, un aumento de 40% frente al mismo periodo de 2024 (21/08/2025). La estadística es alarmante, pero lo más grave es que se vuelve cotidiano, el miedo se vuelve hábito y el silencio se normaliza.
Y, como si no bastara, la salud pública mostró su fragilidad. Medios nacionales documentaron que el desabastecimiento de medicamentos llegó a niveles críticos hacia finales de septiembre, afectando insumos básicos y tratamientos sensibles. La enfermedad no espera; la burocracia sí. Cuando eso ocurre, la indignación es comprensible.
Por eso, hablar de gratitud puede sonar a privilegio. No lo es. Es, más bien, un freno a la queja estéril y un antídoto contra la parálisis. Agradecer no significa negar el problema; significa reconocer que todavía hay algo bueno que defender, por hacer, algo que salvar y, sobre todo, algo que mejorar.
Gratitud no es resignación
El lector podría preguntarse: “ ¿Se puede agradecer incluso en la adversidad?”. Sí, si entendemos la gratitud como una actitud activa. La adversidad nos enseña dos cosas: nos vuelve resilientes y nos obliga a aprender. Y, con el tiempo, en su sabia perspectiva, se revela lo que en el momento no se vio: un giro, un reto, una circunstancia favorable que aparece cuando parecía que no había salida, todo lo cual catapultándonos a una mejor situación.
Pero hay un punto más importante: la gratitud ordena la mirada, enfoca el norte, tranquiliza al alma agobiada. Nos recuerda que no somos víctimas de lo que nos pasa; también somos responsables de lo que hacemos con lo que nos pasa. La gratitud, bien entendida, es el primer paso para la acción: para exigir, para proponer, para cuidar, para hacer.
Un país que merece exigencia
En medio del ruido, Ecuador sigue teniendo un patrimonio silencioso que no siempre valoramos: su diversidad de paisajes, su riqueza gastronómica, cultural, la calidez de su gente. Su verdor, bosques, montañas y nevados, playas y selvas; ríos, música y clima; la fertilidad y generosidad de su tierra, frutos y cosechas. Esa mezcla abundante es difícil de encontrar toda junta en otro lugar del mundo. Y, pese a todo, seguimos respirando una cuota de libertad que vale oro cuando se pierde.
Precisamente por eso, el amor al país no se demuestra con frases bonitas, sino con exigencia. Exigir instituciones que funcionen, políticas públicas claras que midan resultados, seguridad con justicia transparente, y un sistema de salud que no humille a quien sufre. Exigir, también, de nosotros mismos: civismo, cuidado, empatía y participación.
Que este 2026 que recién inicia, sea, para usted amable lector y para sus familiares, un año de realizaciones y bendiciones. Ojalá empecemos con optimismo, sí, pero con un optimismo maduro: el que no se cree el discurso fácil ni se rinde a la desesperanza.
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