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Pablo Deheza
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Durante meses, el presidente estadounidense Donald Trump ha estado obsesionado con Cuba. Ha lanzado amenazas e impuesto sanciones adicionales contra la isla. En las últimas semanas, el ejército estadounidense ha llevado a cabo decenas de vuelos de inteligencia frente a sus costas, lo que sugiere los preparativos de una invasión.
El gobierno cubano ha manifestado su disposición a negociar con la administración Trump sobre algunos temas, como la migración, el narcotráfico y la apertura a inversiones de cubanoamericanos. Pero la soberanía de Cuba no se negocia.
Tras entrevistar el mes pasado al presidente cubano Miguel Díaz-Canel, la periodista estadounidense Kristen Welker pareció comprenderlo. «Nada irrita más [a los cubanos] que la idea de que Estados Unidos pueda decirle al gobierno cubano quién debe liderarlo o qué debe hacer, cómo debe gobernar, porque eso desafía la noción misma de la soberanía del país», dijo.
Esta obsesión estadounidense por controlar, influenciar y coaccionar a Cuba es muy anterior a Trump e incluso a la Guerra Fría. Así describía a la isla el presidente Theodore Roosevelt en 1906. «Estoy tan furioso con esa infernal republiquita cubana que quisiera borrar a su gente de la faz de la tierra. Todo lo que queríamos de ellos era que se portaran bien y fueran prósperos y felices, para no tener que intervenir. Y ahora, hete aquí, han iniciado una revolución totalmente injustificable y sin sentido».
Comprender el actual impasse entre estos dos vecinos enfrentados exige mirar todo el arco de su historia. Si bien la Doctrina Monroe de 1823 buscó establecer la primacía estadounidense en todo el continente americano, Cuba siempre ha sido un foco particular de la atención de Washington.
Desde el momento en que las 13 colonias norteamericanas declararon su independencia de Gran Bretaña, los estadounidenses dieron por hecho que Cuba pasaría a formar parte de la Unión. Sucesivas administraciones estadounidenses intentaron comprar, anexar o controlar de algún modo a Cuba, alegando que ello era inevitable por las leyes de la gravedad y la geografía. También se consideraba parte de una autoproclamada «misión civilizadora».
Cuando los cubanos finalmente derrotaron a sus amos coloniales españoles en 1898, Estados Unidos intervino y ocupó la isla para frustrar su independencia.
Por aquel entonces, al menos un tercio de los cubanos eran antiguos esclavos o personas mestizas. El gobernador estadounidense de Cuba, Leonard Wood, sostenía que no estaban preparados para autogobernarse.
Lo cierto es que Estados Unidos —especialmente los antiguos esclavistas del Sur— no quería otro Haití en su vecindario. Los esclavos haitianos habían tomado el control de su nación isleña arrebatándosela a los franceses en una violenta rebelión en 1804, haciéndose eco de los gritos de la Revolución francesa por la libertad, la fraternidad y la igualdad.
La ocupación militar estadounidense de Cuba terminó en 1902 y Cuba declaró formalmente su independencia, aunque con condiciones. Estas habilitaban una futura intervención estadounidense cada vez que Washington considerara que el pueblo cubano necesitaba una mano que lo guiara (lo que resultó ser bastante frecuente).
En las décadas siguientes, los intereses empresariales estadounidenses penetraron profundamente en todos los sectores de la economía cubana y ejercieron un control absoluto sobre los gobiernos cubanos.
En lo cultural, Cuba se «americanizó» rápidamente mediante un nuevo sistema educativo al estilo estadounidense. Los viajes a la isla también se incrementaron. La popular Terry’s Guide to Cuba aseguraba a los visitantes estadounidenses en los años veinte que se sentirían como en casa porque «miles [de cubanos] actúan, piensan, hablan y lucen como estadounidenses».
Todo esto cambió con el surgimiento de Fidel Castro.
Durante la Revolución cubana, Castro anunció en abril de 1959 que el gobierno revolucionario «cubanizaría a Cuba». Esto podía parecer «paradójico», explicaba, pero los cubanos «subvaloraban» todo lo cubano. Se habían «imbuido de una especie de complejo de inferioridad» frente a la abrumadora influencia estadounidense sobre la cultura, la política y la economía de la isla.
La periodista estadounidense Elizabeth Sutherland observó por entonces algo similar: los cubanos padecían un «complejo de inferioridad cultural típico de los pueblos colonizados».
Para los estadounidenses, en cambio, la franca declaración de Castro parecía, en el mejor de los casos, un gesto de ingratitud y, en el peor, un insulto. Como recordaba el comunicador estadounidense Walter Cronkite, «el ascenso de Fidel Castro en Cuba fue un golpe terrible para el pueblo estadounidense. Esto trajo el comunismo prácticamente hasta nuestras costas. Cuba era una tierra de descanso para los estadounidenses […]; la considerábamos parte de Estados Unidos».
En el corazón del proyecto revolucionario cubano se ha mantenido la afirmación de la soberanía, la independencia y la identidad nacional de Cuba. El impulso ha sido el de crear una nación cubana nueva, unida y socialmente justa, tal como la imaginó su gran héroe nacional y poeta, José Martí.
De modo que, para los cubanos, es una cuestión de historia. Para los estadounidenses, es una cuestión de autoimagen. Se habían «convencido a sí mismos», escribe el historiador Louis A. Pérez, del «propósito benéfico […] del que [Estados Unidos] derivaba la autoridad moral para presumir poder sobre Cuba».
Cuando la administración Obama finalmente reanudó las relaciones con Cuba en 2014, dio la impresión de que se estaba produciendo un giro histórico. Quizás Estados Unidos por fin respetaría la soberanía cubana y trataría con Cuba en igualdad de condiciones. Como dijo entonces el presidente Barack Obama, «no favorece los intereses de Estados Unidos, ni los del pueblo cubano, intentar empujar a Cuba al colapso. […] Nunca podremos borrar la historia que hay entre nosotros, pero creemos que ustedes deben tener la capacidad de vivir con dignidad y autodeterminación».
Trump ha vuelto ahora a la visión neocolonialista tradicional de Washington sobre Cuba, proclamando que puede hacer con la isla lo que se le antoje. Tal vez sea hora de ensayar un nuevo enfoque. Como demostró el espectacular fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos respaldada por Estados Unidos hace 65 años, los cubanos siguen dispuestos a defender su independencia y su derecho a decidir su propio futuro.
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El gobierno cubano ha manifestado su disposición a negociar con la administración Trump sobre algunos temas, como la migración, el narcotráfico y la apertura a inversiones de cubanoamericanos. Pero la soberanía de Cuba no se negocia.
Tras entrevistar el mes pasado al presidente cubano Miguel Díaz-Canel, la periodista estadounidense Kristen Welker pareció comprenderlo. «Nada irrita más [a los cubanos] que la idea de que Estados Unidos pueda decirle al gobierno cubano quién debe liderarlo o qué debe hacer, cómo debe gobernar, porque eso desafía la noción misma de la soberanía del país», dijo.
Una añeja obsesión
Esta obsesión estadounidense por controlar, influenciar y coaccionar a Cuba es muy anterior a Trump e incluso a la Guerra Fría. Así describía a la isla el presidente Theodore Roosevelt en 1906. «Estoy tan furioso con esa infernal republiquita cubana que quisiera borrar a su gente de la faz de la tierra. Todo lo que queríamos de ellos era que se portaran bien y fueran prósperos y felices, para no tener que intervenir. Y ahora, hete aquí, han iniciado una revolución totalmente injustificable y sin sentido».
Comprender el actual impasse entre estos dos vecinos enfrentados exige mirar todo el arco de su historia. Si bien la Doctrina Monroe de 1823 buscó establecer la primacía estadounidense en todo el continente americano, Cuba siempre ha sido un foco particular de la atención de Washington.
La «americanización» de la isla
Desde el momento en que las 13 colonias norteamericanas declararon su independencia de Gran Bretaña, los estadounidenses dieron por hecho que Cuba pasaría a formar parte de la Unión. Sucesivas administraciones estadounidenses intentaron comprar, anexar o controlar de algún modo a Cuba, alegando que ello era inevitable por las leyes de la gravedad y la geografía. También se consideraba parte de una autoproclamada «misión civilizadora».
Cuando los cubanos finalmente derrotaron a sus amos coloniales españoles en 1898, Estados Unidos intervino y ocupó la isla para frustrar su independencia.
Por aquel entonces, al menos un tercio de los cubanos eran antiguos esclavos o personas mestizas. El gobernador estadounidense de Cuba, Leonard Wood, sostenía que no estaban preparados para autogobernarse.
Lo cierto es que Estados Unidos —especialmente los antiguos esclavistas del Sur— no quería otro Haití en su vecindario. Los esclavos haitianos habían tomado el control de su nación isleña arrebatándosela a los franceses en una violenta rebelión en 1804, haciéndose eco de los gritos de la Revolución francesa por la libertad, la fraternidad y la igualdad.
Independencia
La ocupación militar estadounidense de Cuba terminó en 1902 y Cuba declaró formalmente su independencia, aunque con condiciones. Estas habilitaban una futura intervención estadounidense cada vez que Washington considerara que el pueblo cubano necesitaba una mano que lo guiara (lo que resultó ser bastante frecuente).
En las décadas siguientes, los intereses empresariales estadounidenses penetraron profundamente en todos los sectores de la economía cubana y ejercieron un control absoluto sobre los gobiernos cubanos.
En lo cultural, Cuba se «americanizó» rápidamente mediante un nuevo sistema educativo al estilo estadounidense. Los viajes a la isla también se incrementaron. La popular Terry’s Guide to Cuba aseguraba a los visitantes estadounidenses en los años veinte que se sentirían como en casa porque «miles [de cubanos] actúan, piensan, hablan y lucen como estadounidenses».
La misión de Castro
Todo esto cambió con el surgimiento de Fidel Castro.
Durante la Revolución cubana, Castro anunció en abril de 1959 que el gobierno revolucionario «cubanizaría a Cuba». Esto podía parecer «paradójico», explicaba, pero los cubanos «subvaloraban» todo lo cubano. Se habían «imbuido de una especie de complejo de inferioridad» frente a la abrumadora influencia estadounidense sobre la cultura, la política y la economía de la isla.
La periodista estadounidense Elizabeth Sutherland observó por entonces algo similar: los cubanos padecían un «complejo de inferioridad cultural típico de los pueblos colonizados».
Para los estadounidenses, en cambio, la franca declaración de Castro parecía, en el mejor de los casos, un gesto de ingratitud y, en el peor, un insulto. Como recordaba el comunicador estadounidense Walter Cronkite, «el ascenso de Fidel Castro en Cuba fue un golpe terrible para el pueblo estadounidense. Esto trajo el comunismo prácticamente hasta nuestras costas. Cuba era una tierra de descanso para los estadounidenses […]; la considerábamos parte de Estados Unidos».
Visiones en disputa
En el corazón del proyecto revolucionario cubano se ha mantenido la afirmación de la soberanía, la independencia y la identidad nacional de Cuba. El impulso ha sido el de crear una nación cubana nueva, unida y socialmente justa, tal como la imaginó su gran héroe nacional y poeta, José Martí.
De modo que, para los cubanos, es una cuestión de historia. Para los estadounidenses, es una cuestión de autoimagen. Se habían «convencido a sí mismos», escribe el historiador Louis A. Pérez, del «propósito benéfico […] del que [Estados Unidos] derivaba la autoridad moral para presumir poder sobre Cuba».
Cuando la administración Obama finalmente reanudó las relaciones con Cuba en 2014, dio la impresión de que se estaba produciendo un giro histórico. Quizás Estados Unidos por fin respetaría la soberanía cubana y trataría con Cuba en igualdad de condiciones. Como dijo entonces el presidente Barack Obama, «no favorece los intereses de Estados Unidos, ni los del pueblo cubano, intentar empujar a Cuba al colapso. […] Nunca podremos borrar la historia que hay entre nosotros, pero creemos que ustedes deben tener la capacidad de vivir con dignidad y autodeterminación».
Trump ha vuelto ahora a la visión neocolonialista tradicional de Washington sobre Cuba, proclamando que puede hacer con la isla lo que se le antoje. Tal vez sea hora de ensayar un nuevo enfoque. Como demostró el espectacular fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos respaldada por Estados Unidos hace 65 años, los cubanos siguen dispuestos a defender su independencia y su derecho a decidir su propio futuro.
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