En defensa de la gastronomía

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Rodolfo Aliaga

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Unas personas expresaron su disconformidad porque un nuevo ministerio menciona a la gastronomía. Para esos respingados expliquemos su importancia y jerarquía en el desarrollo contemporáneo.

Comer es una pulsión básica, de vida o muerte, pero la gastronomía trasciende la mera subsistencia humana. En toda Bolivia, la cocina es una de las reservas de valor más profundas y dinámicas. Es un motor económico subestimado y un guardián de nuestra identidad cultural: impulsa el desarrollo sostenible, crea cadenas de valor inclusivas, y preserva un patrimonio inmaterial frente a la globalización. El impacto más visible se produce a través del turismo gastronómico. Nuestros vecinos peruanos, con Gastón Acurio a la cabeza, han transformado sus tradiciones culinarias en marcas internacionales y en principal atractivo turístico. Ese flujo no solo genera ingresos por alojamiento y transporte, sino que canaliza divisas directamente a emprendimientos y mercados fortaleciendo las cadenas de valor locales.

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Un plato típico boliviano, sea de un chef o de una casera del mercado, es el producto final de una compleja red económica que comienza con el pequeño agricultor. Al demandar ingredientes autóctonos y estacionales, la industria gastronómica asegura la viabilidad económica de comunidades rurales y fomenta la conservación de la agrobiodiversidad, por ejemplo: la quinua del altiplano, los vinos y singanis de los valles, o el cacao del oriente amazónico. Desde cocineros y meseros, hasta proveedores y artesanos, la gastronomía proporciona oportunidades laborales beneficiando a jóvenes de las áreas urbanas y rurales.

Si la economía es el cuerpo de la gastronomía, la cultura es su alma. Nuestra cocina es repositorio de identidad regional y nacional. La herencia culinaria es un ancla cultural con sentido de pertenencia y orgullo contra la globalización, con un papel crucial en la cohesión social y la transmisión intergeneracional. Nuestras comidas son eventos comunitarios, las recetas van de abuelas a nietos asegurando los valores y los rituales asociados a su preparación y consumo, como se experimenta en nuestras incontables festividades que giran en torno a comidas y bebidas específicas con lazos comunitarios. De todas esas maravillas culinarias escribe Antonio Paredes Candia en La comida popular boliviana, un compendio de recetas que te hacen salivar con su fuerza dual: un poderoso motor de desarrollo económico y un tesoro de patrimonio cultural.

Desarrollemos esa inestimable potencia cultural y económica, reconociendo así a la master chef, a la casera del mercado, y al barman que nos alegraron el cuerpo y elevaron nuestro espíritu hacia las alturas del júbilo.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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