En Cotacachi levantarse no basta, hay que recomponer su economía

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Gabriela Quiroz

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Cotacachi reabrió tras el paro indígena. La imagen de locales con persianas levantadas, talleres de cuero retomando el ritmo y restaurantes encendiendo otra vez sus fogones es, sin duda, una buena noticia.

Pero sería un error confundir reapertura con recuperación. Más de dos meses después de la paralización que detuvo la vida económica del cantón durante un mes, la ciudad avanza. Aunque lo hace con heridas visibles y con un aprendizaje que aún está en proceso de asimilarse.

Cotacachi no es una ciudad cualquiera. Su economía gira, en gran medida, alrededor del turismo. De él dependen el comercio, la producción de cuero, las artesanías, la gastronomía, la hotelería y una cadena de servicios que da sustento a cerca de 56 mil habitantes. Cuando el paro cerró vías, ahuyentó visitantes y detuvo la actividad, el impacto no fue abstracto: fue directo al ingreso diario de cientos de familias.

Hoy los turistas han vuelto, pero lo hacen de otra manera. Antes, un visitante gastaba en promedio unos 80 dólares diarios según los mismos comerciantes; ahora esa cifra se ha reducido casi a la mitad. Llegan, recorren la ciudad durante el día y se marchan. Se quedan menos noches, consumen menos y toman decisiones más cautelosas. Es un comportamiento que revela algo más profundo que una simple retracción económica: habla de una confianza que todavía no se recompone del todo.

El paro dejó lecciones incómodas para todos. Para el mundo indígena kichwa, porque la protesta -legítima en sus demandas- mostró también los costos internos que puede tener. Sobre todo cuando se prolonga sin una estrategia clara de salida y sin medir el daño a economías locales frágiles.

Para los mestizos, porque confirmó que la convivencia intercultural no puede sostenerse solo en la tolerancia pasiva, sino en el diálogo real y constante. Y para los extranjeros-unos 1500 según el Muncipio- porque evidenció que vivir en un territorio también implica también comprender sus tensiones históricas, sociales y políticas.

Sería injusto, sin embargo, quedarse únicamente en el balance de pérdidas. Cotacachi ha mostrado una capacidad de recomposición social que merece destacarse. Las organizaciones, aunque golpeadas y con fisuras internas, optaron por la comunicación y por acciones conjuntas para reactivar la economía local.

No ha sido un camino fácil ni exento de desconfianzas, pero sí uno necesario. La decisión de priorizar la reconstrucción del tejido económico sobre la prolongación del conflicto es señal de madurez colectiva.

El reto ahora es mayor. Cotacachi no puede depender de la memoria corta del turista ni de la esperanza de que “todo vuelva a ser como antes”. El contexto cambió. El visitante es más austero, más selectivo y más sensible a los mensajes de estabilidad. Recuperar su confianza exige algo más que abrir locales: requiere señales claras de que la ciudad es un destino organizado y capaz de resolver sus conflictos sin autolesionarse.

También interpela a las autoridades locales y nacionales. La reactivación no puede recaer solo en el esfuerzo de comerciantes y artesanos. Se necesitan políticas de apoyo al turismo interno, incentivos para la estadía prolongada y una estrategia de promoción que destaque no solo la belleza del cantón, sino su capacidad de aprendizaje tras la crisis.

Ahora lo decisivo será cómo Cotacachi transforma la experiencia del paro indígena en una oportunidad para fortalecer su cohesión social y redefinir su modelo económico. En una ciudad donde conviven identidades diversas y donde el turismo es sustento común, la lección es clara: sin diálogo, todos pierden; con acuerdos, la recuperación -aunque lenta- sí es posible.

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