Elogio a mi escultor de sombra

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Rafael Candanedo

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A mi amigo le puse flores del campo en la testa, flores de esos rincones rurales donde la lluvia y los minerales son la sal de sus tallos. A él le debo el soplo vital que aligera las cargas y esa misericordia que me hace creer, por momentos, casi glorioso. Pero a ti, mi desafecto, mi adversario, mi enemigo, te debo algo más crudo y, por tanto, más sólido: te debo mi horma.

Ni te imaginas cuánto lustras mi existencia desde tu puesto de vigilancia. Eres mi auditoría gratuita, el recordatorio constante de que mi presencia te obliga a una atención que no puedes evitar y que, muy a tu pesar, te mantiene unido a mi destino. Tú eres ese molde negativo contra el cual mi voluntad se ajusta hasta hacerse piedra.

Lacan lo definió: “Te amo, pero, porque inexplicablemente amo en ti algo más que a ti, te entro a matar”. Ese “algo más”, ese objeto que emana de mi historia y que tú no puedes procesar, te inquieta. Por esa razón, me tienes en capilla ardiente, celebrando el rito solitario del muñequito de trapo, puyando mi nombre con alfileres de una urgencia que no logras nombrar. Es el Thanatos intentando morder la vida porque ha olvidado cómo imitarla.

Cada alfiler que clavas es, en realidad, acupuntura existencial. La acupuntura no busca el daño, sino la sanación mediante la punción exacta en los centros de flujo energético. Tu hostilidad me obliga a tensar el músculo del talento, a vigilar mis propias grietas, a no relajarme en la desidia de procrastinar. Tu persecución es mi tónico. Me curas de la complacencia. Me obligas a una excelencia constante.

No hay rencor en estas líneas, pues el rencor es un lujo energético que mi obra no se permite malgastar. El odio es un fuego que consume primero el recipiente que lo contiene. Cuando nos cruzamos y te miro a los ojos, mi saludo no es una máscara de cortesía ni un formalismo social; es el saludo a tus demonios íntimos, que conozco mucho mejor de lo que imaginas.

Saludo a esos huéspedes que te dictan mi nombre en las madrugadas, esos que te impiden el sueño y te obligan a repasar mis pasos. Los reconozco porque los veo reflejados en la tensión de tu mandíbula, en la brevedad de tus palabras y en ese silencio que disfrazas de indiferencia.

Si el amigo es el puerto donde descanso, tú eres el oleaje que me impide encallar en el fango de lo previsible. Me das definición por oposición. Eres la piedra de afilar que mantiene mi juicio con el filo de un bisturí. Como pidió Rilke en Cartas a un joven poeta: “Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo”. Eres el terror y la sombra bajo el sol de mediodía, recordándome que ocupo un lugar en el espacio.

Continúa puyando el trapo en tu capilla ardiente. Mientras tú te agotas en la penumbra sosteniendo el metal y midiendo mis caídas, yo me inmortalizo en la página sosteniendo la pluma. Quien empuña el alfiler del odio siempre termina con la mano sangrando por su propia cuenta. Mi existencia ha dejado de ser un murmullo para convertirse en tu horma, esa forma que no puedes romper sin romperte tú también.

Vaya con Dios.

El autor es filólogo y periodista.

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