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Redacción Universidad
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Se aproxima un nuevo proceso electoral y, sin embargo, la pregunta central ya no es únicamente por quién votar, sino si realmente vamos a votar. En un escenario marcado por una alta fragmentación partidaria, campañas poco atractivas y una creciente desinformación, incluido el uso de herramientas de inteligencia artificial para desacreditar candidaturas, el desafío principal no parece estar en la oferta política, sino en la ausencia del electorado.
Estas elecciones se desarrollan en un contexto distinto a procesos anteriores. Aunque la confrontación y persuasión intensa no son estrategias nuevas en la política costarricense, hoy el país se encuentra ante una coyuntura que podría marcar un antes y un después en la configuración del Poder Ejecutivo y Legislativo. No se trata de anticipar escenarios catastróficos, sino de reconocer que, independientemente del resultado, se avecinan cambios estructurales relevantes.
Los sondeos preliminares y las tendencias recientes vuelven a poner sobre la mesa una preocupación persistente: el abstencionismo y los indecisos. Pese a la amplia difusión de información institucional, campañas de educación electoral y llamados constantes al “deber ciudadano”, una parte significativa de la población continúa al margen del proceso electoral. El riesgo es claro: decisiones que no reflejan la voluntad colectiva, sino la de un grupo reducido que sí logró movilizarse.
Surgen entonces preguntas incómodas, pero necesarias. ¿Hemos agotado las formas tradicionales de incentivar la participación? ¿Debe replantearse el carácter voluntario del voto? ¿Cómo se combate una apatía que parece haberse normalizado? Incluso, desde el estudio de la política y los procesos electorales, no existen respuestas simples. Las estrategias comunicativas y de “marketing político” se han sofisticado, pero no han logrado revertir el desinterés ciudadano.
Este distanciamiento no surge de la nada. Existe un desgaste acumulado frente al accionar de administraciones pasadas y una débil formación cívica que limita la apropiación del ejercicio democrático, especialmente entre sectores más jóvenes. Sin generalizar, es evidente que el vínculo entre ciudadanía y política se ha erosionado.
Ante este panorama, una vía posible para fortalecer la participación no pasa únicamente por campañas institucionales, sino por la acción cotidiana entre pares. Conversar sobre la importancia de votar con familiares, amistades, compañeros de trabajo o estudio, sin imponer preferencias ni discursos moralizantes, puede generar reacciones en cadena que incentiven la participación. No se trata de conversar sobre quién votar, sino de recordar por qué el “ir a votar” sigue siendo relevante.
La democracia no se sostiene sola. El comportamiento humano tiende a replicar prácticas colectivas y, en ese sentido, la participación también se contagia. Si aspiramos a un proceso más representativo, debemos involucrarnos activamente, desde los espacios más cotidianos. De lo contrario, seguiremos enfrentando elecciones con múltiples candidaturas, pero con cada vez menos electores.
La entrada Elecciones sin electores: el verdadero reto del próximo febrero aparece primero en Semanario Universidad.
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