El viaje anular

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Ruben Dario Atahuichi Lopez

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Pasar el dedo por la pantalla, subiendo, subiendo, a la velocidad de siete centímetros por segundo y a la misma velocidad con la que cambian las emociones. Un gatito con sombrero de Dartagnan, un dictador con la cara cubierta por la vergüenza de no haber resistido, el obituario de un señor de la tercera edad porque no hay una cuarta y todo se divide en tres. Tres los mundos de las cosmovisiones, tres las posibilidades en las que una moneda lanzada al aire caiga, tres caras la santísima, tres, la vencida. Y sigue el dedo pasando, la boda, la mejor forma de saber si es ataque cardiaco o gases en el vientre, la máquina, que está barata pero no se sabe para qué sirve, el sujeto que no lee la información y pide indefectiblemente más información y desaparece en la nube, en la nube del poema de Tamayo. Y sigue el dedo pasando sobre la superficie pulida, uniforme, brillante, sin aristas, sin obstáculos, lisa, una celebración de la transparencia. Aparece el indignado, la argumentación fallida, la señora con la moral por encima del alerce más alto de la región de los lagos en Chile, la chica Bond de los años 70 cumpliendo 80 y siendo expuesta en el sempiterno laboratorio abierto de las redes neuronales.

Pasar el dedo por las texturas diversas de las cosas, por la piel del durazno para sentir que hay una especie de terciopelo si se cierran los ojos y se piensa en la capa escarlata de Lucrecia Borgia caminando por un pasillo que conduce a la conspiración nocturna. Pasar el dedo por encima del cabello de ángel antes de la cocción o del cabello de un ángel caído justo en la placita del barrio, un domingo después de las 18.00, a la hora del Cristo. O por el cabello de la persona amada, atrapado en una sopa de cabellos de ángel. Apoyar el dedo en la sien, haciendo la figura de una pistola imaginaria y desplazarlo luego hasta los labios para mandar un beso al horizonte de montañas que se ve desde la ventana clausurada con un montón de maderas clavadas desde los años cuarenta del siglo XX. Pasar el dedo suavemente por encima del lomo del caballo de Calígula y sentir que esa es la textura de un rey disfrazado de animal. Pasar el dedo por el tiempo, o por las páginas de un libro, que es lo mismo, abarcando una infinidad de experiencias aprendidas de otras experiencias y parar a la cuenta de, otra vez, tres, para jugar a la pausa, al silencio, a la escucha, a la contemplación sin culpa.

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Pasar el dedo por el fondo del sartén cuando la salsa ha sido ya dispuesta en los platos y las personas ordenadas por tamaños alrededor de la mesa del comedor que está ahí puesta para que Leonardo haga una pintura, rápido, antes de que los modelos se pongan en estado alterado de conciencia y comiencen a hablar de fútbol, de ideologías y de religión.

Pasar el dedo por si acaso. Nunca se sabe. Siempre es mejor hacer la prueba, experimentar, no tener plan o que el plan sea en verdad un no plan y a ver qué sale. Pasar el dedo por el ombligo del mundo, por todos los ombligos del mundo, por los perecederos, por los fugaces, por los que tienen una pelusa interpérrita, por los que conversaron amenamente con el de Cleopatra un minuto antes de envolverse en la alfombra mágica antes de la pasión repentina. Pasar el dedo por el forro, por donde se pasan también leyes, normas, amores, lealtades y las reglas de la gramática del sánscrito.

(*) Óscar García es compositor y escritor

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