El regreso paulatino que los niños necesitan

  • Empezar tema Empezar tema Michelle Charpentier B.
  • Fecha de inicio Fecha de inicio
M

Michelle Charpentier B.

Guest
El regreso a clases después de vacaciones largas no es un simple cambio de calendario. Para los niños de etapa inicial, implica una transición profunda entre dos mundos emocionales: el hogar, con sus ritmos flexibles y vínculos constantes, y la escuela, que propone estructura, convivencia y nuevas demandas. Pensar que este retorno debe ser inmediato y uniforme es desconocer cómo se construye la seguridad emocional en la primera infancia.

En los primeros años de vida, el tiempo no se vive como lo hacemos los adultos. Para un niño pequeño, una pausa prolongada puede sentirse como una ruptura total. Por eso, volver al aula no es “retomar donde se quedó”, sino reconstruir la confianza, volver a reconocer el espacio, los adultos, los pares y las rutinas.

Las vacaciones también dejan huella​


Durante las vacaciones largas, los niños reorganizan su mundo. Cambian horarios de sueño, alimentación y juego. Pasan más tiempo con sus figuras de apego y, muchas veces, reducen los espacios de socialización con pares. Esto no es negativo; es parte de la vida familiar. Sin embargo, sí tiene un impacto directo en la manera en que enfrentan el regreso a la escuela.

Al volver, pueden aparecer señales que suelen interpretarse como “retrocesos”: llanto, mayor necesidad de contacto, resistencia a separarse, irritabilidad o dificultad para seguir consignas. No son caprichos ni conductas problemáticas. Son mensajes emocionales que indican que el niño está en proceso de readaptación.

La readaptación no es debilidad, es desarrollo​


En educación inicial, el desarrollo no es lineal. Avanza, se reorganiza y, a veces, parece detenerse para luego fortalecerse. La readaptación es parte natural de ese proceso. Forzar una adaptación rápida, sin considerar los tiempos individuales, puede generar ansiedad innecesaria y afectar el vínculo del niño con la experiencia escolar.

Un regreso paulatino permite que el niño vuelva a sentirse seguro antes de responder a las demandas académicas o sociales. La seguridad emocional es la base desde la cual el aprendizaje ocurre. Sin ella, no hay exploración, curiosidad ni disfrute.

La seguridad emocional no se exige: se construye, paso a paso, en cada reencuentro.

El rol del adulto​


Tanto docentes como familias cumplen un rol clave en este proceso. Los niños leen el mundo a través de los adultos que los acompañan. Si el mensaje es de prisa, exigencia o minimización de sus emociones, el retorno se vuelve más complejo.

Un acompañamiento respetuoso implica sostener rutinas claras, anticipar lo que ocurrirá, validar emociones y transmitir confianza. Decir “sé que cuesta volver, y estoy aquí contigo” tiene más efecto que insistir en que “ya debería estar acostumbrado”.

En el aula, esto se traduce en propuestas flexibles, espacios de juego libre, tiempos de reencuentro y una mirada atenta a cada niño. En casa, significa preparar el regreso con anticipación, ajustar horarios gradualmente y evitar discursos que carguen al niño con expectativas adultas.

Volver sin apuro también es educar​


La educación inicial no se mide por cuántos contenidos se retoman en la primera semana, sino por cómo se reconstruye el vínculo con la escuela. Un niño que se siente esperado, comprendido y respetado tendrá más herramientas para adaptarse y aprender.

El regreso paulatino no es una concesión ni una falta de exigencia. Es una decisión pedagógica y emocionalmente responsable. Reconoce que cada niño necesita su propio tiempo para volver a habitar el espacio escolar con confianza.

En un contexto donde la prisa suele marcar las agendas, detenerse a acompañar este proceso es un acto de cuidado. Y, sobre todo, una forma de recordar que, en la etapa inicial, educar también es saber esperar.

Sigue leyendo...
 
Atras
Superior