El Piraí no olvida: el nexo bosque-clima

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Shirley Ibañez

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Los bosques son más que un simple conjunto de árboles o un paisaje para la contemplación; son escudos naturales que nos protegen de los desastres y sostienen la vida misma. En Santa Cruz, hemos aprendido por las malas que el nexo bosque-clima no es una teoría académica, sino la línea de fuego entre la seguridad y el desastre.

La memoria histórica de la ciudad guarda una cicatriz profunda: la riada de 1983. Aquel evento no fue un simple capricho de la naturaleza, sino el grito de una cuenca despojada de su protección. El nombre Piraí hoy resuena como una advertencia persistente. Sin la cobertura vegetal que regula el balance hídrico y garantiza la estabilidad del suelo, nuestros ríos dejan de ser fuentes de vida para convertirse en amenazas latentes. A esta fragilidad se suma hoy la explotación desordenada de áridos, una actividad que, al realizarse sin rigor técnico ni control ambiental, altera la morfología de los cauces, debilita las riberas y acelera la fuerza de las corrientes, dejando a los municipios vecinos en un estado de vulnerabilidad absoluta frente a las crecidas.

Hoy, la historia amenaza con repetirse bajo una luz aún más sombría. Con aumento de la deforestación en última década en los municipios de la cuenca, hemos roto nuestro mecanismo natural de amortiguación. Sin árboles, las lluvias torrenciales ya no se filtran hacia los acuíferos; corren con violencia, erosionando la tierra y poniendo en jaque el futuro de miles de familias. Este nexo bosque-clima es un sistema de retroalimentación crítica: los árboles fabrican lluvia, regulan la temperatura y gestionan los excedentes de agua. Al talarlos y degradar los lechos con excavaciones indiscriminadas, alteramos el termostato y la hidrología de toda la región.

Esta crisis local se refleja en un escenario internacional fracturado. El proceso de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) ha demostrado ser incapaz de integrar la complejidad de este nexo. Hemos pasado de un enfoque basado en el consenso y compromiso global a uno plurilateral y atomizado, donde el progreso ya no depende de normas vinculantes, sino esfuerzos voluntarios de países que actúan según su conveniencia política. Esta fragmentación permite que, mientras en foros como la COP 30 se debaten promesas etéreas, en el territorio el avance silencioso de la deforestación y degradación siguen desmantelando nuestra última línea de defensa, impulsados por un modelo de crecimiento que ignora los límites de la biósfera.

La solución exige un cambio radical en nuestra relación con el territorio. La protección de nuestros ríos requiere transitar del lamento a la restauración estratégica de las cuencas, frenando la extracción ilegal de materiales y estableciendo una gobernanza que priorice la estabilidad ecológica sobre la expansión urbana descontrolada. No podemos permitir que la conservación siga siendo una sugerencia ética; debe ser una obligación legal innegociable.

Al final del día, el bienestar de nuestras comunidades es proporcional a la salud de nuestros ecosistemas. Proteger el bosque y el cauce de nuestros ríos es un acto de justicia hacia las generaciones futuras. La naturaleza tiene límites que no se negocian en mesas diplomáticas. Asegurar un futuro sostenible depende de nuestra capacidad para convertir esas lecciones en escudos reales, exigiendo que las promesas se transformen en acciones antes de que la próxima riada nos recuerde el precio de nuestra indiferencia.

*Es directora ejecutiva, Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN)

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