El peligro de vivir para el público: la única competencia que vale la pena

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Edgardo Molino Mola

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Existen personas cuya vida parece diseñada no para ser vivida, sino para ser exhibida. Cada decisión, meta o logro no responde a una convicción íntima, sino a un cálculo minucioso: ¿cómo se verá desde afuera?, ¿cuántos aplausos generará?, ¿servirá para superar al vecino, al colega o al conocido?

Vivir con la vista puesta permanentemente en el espectador ajeno puede convertirse en una forma de servidumbre y en un camino seguro hacia la insatisfacción.

Naturalmente, existen actividades en las que el público forma parte del oficio. El político necesita el respaldo de los ciudadanos; el actor, el cantante y quienes trabajan en el espectáculo viven, en buena medida, de la aceptación del público. Es comprensible que deban interesarse por la reacción de quienes los escuchan, los eligen o pagan por verlos.

Pero esa no puede convertirse en la regla de vida para todos los demás.

Quienes no vivimos profesionalmente del aplauso público debemos aprender a vivir, ante todo, de acuerdo con nuestros valores, nuestras convicciones y nuestra conciencia. Una cosa es escuchar la opinión ajena y otra muy distinta es permitir que esta gobierne nuestra existencia.

El error de fondo consiste en colocar el centro de gravedad fuera de uno mismo. Quien actúa condicionado por el miedo a la crítica o por un apetito insaciable de aprobación entrega el control de su tranquilidad a criterios ajenos, cambiantes e imprevisibles.

La aprobación externa es, por naturaleza, pasajera. Los mismos que hoy aplauden pueden mañana criticar. Pretender complacer a todos obliga muchas veces a renunciar poco a poco a la propia identidad y a dejar en segundo plano lo verdaderamente importante: el desarrollo personal.

A esta trampa se suma el hábito destructivo de compararse permanentemente con los demás.

Medirse continuamente con otras personas es participar en una carrera que nunca termina. Siempre habrá alguien con más dinero, más reconocimiento, una casa más grande, mayores triunfos o, por lo menos, una apariencia más brillante.

Y allí aparece otro problema: la comparación casi nunca es justa.

Conocemos nuestra propia vida por dentro, con nuestros errores, temores, dificultades y frustraciones. En cambio, de los demás normalmente vemos solamente lo que muestran. Terminamos comparando nuestra realidad completa con la vitrina cuidadosamente arreglada de otra persona.

La comparación verdaderamente útil es distinta.

No consiste en preguntarnos si somos mejores que el vecino, el colega o el amigo, sino si hoy somos mejores que nosotros mismos hace algún tiempo.

Ese es el verdadero punto de referencia.

¿He aprendido algo? ¿He corregido algún defecto? ¿Soy más paciente? ¿Más responsable? ¿Más generoso? ¿He sabido reconocer un error? ¿Tengo hoy más serenidad que ayer?

Esa competencia sí vale la pena, porque nunca exige derrotar a nadie.

Trabajar sobre uno mismo significa actuar con la vista puesta en el deber cumplido, la ética personal y la responsabilidad. Buscar ser un poco mejor que ayer —en carácter, conocimiento, prudencia y templanza— convierte la vida en un proceso permanente de crecimiento interior.

No significa despreciar la opinión de los demás. A veces, una crítica sincera puede enseñarnos mucho. Significa algo diferente: escuchar sin convertirnos en esclavos del juicio ajeno.

El público tiene derecho a opinar. Nosotros tenemos derecho a decidir quiénes queremos ser.

Al final de la jornada, salvo quienes por razón de su profesión necesariamente dependen de la aceptación pública, la mayoría de nosotros no debería vivir para una audiencia imaginaria.

Debemos vivir conforme a nuestros valores.

Porque cuando se apagan los aplausos, desaparecen las comparaciones y quedamos solos frente a nosotros mismos, el veredicto que verdaderamente importa no es el del público.

Es el de nuestra propia conciencia.

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