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Lorena Fernández Abdo
Guest
Hace más o menos 100 años, comer rodajas de pan blanco era el no va más de los foodies. Por un lado, el pan blanco había sido coronado por los victorianos como el más sofisticado y ‘puro’. Luego salió un inventor estadounidense con la novelería de la maquinita que corta el pan en rodajas precisas, y así, sin más, nació una de las comidas más populares del mundo entero.
Hoy en día, en los supermercados — y tiendas, y hasta farmacias — del Ecuador, el pan blanco de molde sigue siendo uno de los productos más vendidos, considerado un alimento de canasta básica y de cultura popular. Usted pídale a cualquier millenial que le cante la canción del pan Bimbo, a ver si no se arrepiente. Sin embargo, va siendo hora de reconocer el lugar que le corresponde al querido pan blanco rebanado. Al lado de los cigarrillos y la Coca-Cola.
Muy bienvenidos a esta nueva columna de temas gastronómicos y alimentarios, donde se cuecen las habas de la dieta ecuatoriana, se discute la producción nacional de alimentos con cebolla paiteña bien picada, y se ofrecen en bandeja de oro reseñas de propuestas culinarias, sin azúcar añadido.
Hay dos cosas, querido lector, que es necesario aclarar en cuanto al pan blanco rebanado. La primera es que todos los nutricionistas con quienes consulté sobre este tema se empeñaron en recalcar que no hay que ‘satanizar’ ni al pan blanco, ni a ningún otro alimento, pues todos los alimentos tienen su valor en una dieta balanceada. La segunda cosa es que si fuera por mí, dibujase cachitos de diablo en todas las fundas de pan blanco del supermercado.
Permítanme untarles tres razones para que se unan al lado oscuro del pan: primero, el pan blanco rebanado, siendo tan esponjocito y suave, es casi instantáneamente digerido por el cuerpo y convertido en azúcar en dos chinchos. No solo nos causa una subida de azúcar que coquetea con la diabetes, sino que evita que nos sintamos llenos, y por lo tanto comemos más.
Segundo, tiene un valor nutricional vergonzoso. El proceso de refinar harina despoja al trigo de casi todos sus nutrientes, y aunque las empresas que hacen pan de molde añaden una que otra vitamina por ahí, lo cierto es que la harina blanca de trigo que se usa para hacer pan de molde está vacua de nutrientes y fibra a comparación de un pan que se hace con harina de trigo no refinada, con pedacitos de cosas que nos alimentan y ayudan a digerir, y así nadie se estriñe…
Tercero, algunos de los aditivos y preservantes que se le echa al pan blanco de molde para que aguante un mes sentado en la estantería de la farmacia — no lo supero, ¿quién compra pan en la farmacia? — son hoy en día considerados sospechosos de empeorar, y tal vez hasta causar, varias enfermedades crónicas del sistema digestivo.
Queda aquí acomodado, entre los cigarrillos y la Coca-cola, el pancito de molde blanco. Así como sus compañeros de repisa han ido perdiendo mercado a medida que se exponen las razones por las que, pues, en verdad no ha sido tan maravilloso fumar ni tomar Coca, el usar este pan como el lienzo cuadrado sobre el que pintamos tres comidas al día se va poco a poco reconociendo como una idea… no tan buena.
De ser un producto de alcurnia, el pan blanco ha caído en estatus hasta la planta baja. El consumo sigue siendo alto, tanto en el Ecuador como en el mundo, pero su prestigio se ha ido desmoronando migaja a migaja. En sociedades como el Reino Unido, por ejemplo, el consumo de este producto está bajando de su estrellato de más de seis décadas, y siendo reemplazado por una amplia gama de productos que se consideran más saludables.
La misma tendencia se ve en Canadá, donde el pan blanco de molde ha ido perdiendo popularidad y es considerado comida chatarra. Por coincidencia — o tal vez no —, estos son países donde tratar la obesidad, el sobrepeso, y la diabetes requiere considerables porciones del presupuesto de salud pública.
Ahora, que quede claro que aquí nadie le está haciendo feo al pan en general. Los ecuatorianos, y me atrevo a decir que en particular los capitalinos, gozamos de riquezas panaderas a millares surgir. La gran variedad de pan fresco, hecho con buenos ingredientes, a precios asequibles, es uno de los lujos que tenemos en nuestra sociedad. Vamos, querido lector, dejemos en el pasado al pan blanco de molde, que aquí hay mucho más que probar. Pan comido.
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Hoy en día, en los supermercados — y tiendas, y hasta farmacias — del Ecuador, el pan blanco de molde sigue siendo uno de los productos más vendidos, considerado un alimento de canasta básica y de cultura popular. Usted pídale a cualquier millenial que le cante la canción del pan Bimbo, a ver si no se arrepiente. Sin embargo, va siendo hora de reconocer el lugar que le corresponde al querido pan blanco rebanado. Al lado de los cigarrillos y la Coca-Cola.
Muy bienvenidos a esta nueva columna de temas gastronómicos y alimentarios, donde se cuecen las habas de la dieta ecuatoriana, se discute la producción nacional de alimentos con cebolla paiteña bien picada, y se ofrecen en bandeja de oro reseñas de propuestas culinarias, sin azúcar añadido.
Hay dos cosas, querido lector, que es necesario aclarar en cuanto al pan blanco rebanado. La primera es que todos los nutricionistas con quienes consulté sobre este tema se empeñaron en recalcar que no hay que ‘satanizar’ ni al pan blanco, ni a ningún otro alimento, pues todos los alimentos tienen su valor en una dieta balanceada. La segunda cosa es que si fuera por mí, dibujase cachitos de diablo en todas las fundas de pan blanco del supermercado.
Permítanme untarles tres razones para que se unan al lado oscuro del pan: primero, el pan blanco rebanado, siendo tan esponjocito y suave, es casi instantáneamente digerido por el cuerpo y convertido en azúcar en dos chinchos. No solo nos causa una subida de azúcar que coquetea con la diabetes, sino que evita que nos sintamos llenos, y por lo tanto comemos más.
Segundo, tiene un valor nutricional vergonzoso. El proceso de refinar harina despoja al trigo de casi todos sus nutrientes, y aunque las empresas que hacen pan de molde añaden una que otra vitamina por ahí, lo cierto es que la harina blanca de trigo que se usa para hacer pan de molde está vacua de nutrientes y fibra a comparación de un pan que se hace con harina de trigo no refinada, con pedacitos de cosas que nos alimentan y ayudan a digerir, y así nadie se estriñe…
Tercero, algunos de los aditivos y preservantes que se le echa al pan blanco de molde para que aguante un mes sentado en la estantería de la farmacia — no lo supero, ¿quién compra pan en la farmacia? — son hoy en día considerados sospechosos de empeorar, y tal vez hasta causar, varias enfermedades crónicas del sistema digestivo.
Queda aquí acomodado, entre los cigarrillos y la Coca-cola, el pancito de molde blanco. Así como sus compañeros de repisa han ido perdiendo mercado a medida que se exponen las razones por las que, pues, en verdad no ha sido tan maravilloso fumar ni tomar Coca, el usar este pan como el lienzo cuadrado sobre el que pintamos tres comidas al día se va poco a poco reconociendo como una idea… no tan buena.
De ser un producto de alcurnia, el pan blanco ha caído en estatus hasta la planta baja. El consumo sigue siendo alto, tanto en el Ecuador como en el mundo, pero su prestigio se ha ido desmoronando migaja a migaja. En sociedades como el Reino Unido, por ejemplo, el consumo de este producto está bajando de su estrellato de más de seis décadas, y siendo reemplazado por una amplia gama de productos que se consideran más saludables.
La misma tendencia se ve en Canadá, donde el pan blanco de molde ha ido perdiendo popularidad y es considerado comida chatarra. Por coincidencia — o tal vez no —, estos son países donde tratar la obesidad, el sobrepeso, y la diabetes requiere considerables porciones del presupuesto de salud pública.
Ahora, que quede claro que aquí nadie le está haciendo feo al pan en general. Los ecuatorianos, y me atrevo a decir que en particular los capitalinos, gozamos de riquezas panaderas a millares surgir. La gran variedad de pan fresco, hecho con buenos ingredientes, a precios asequibles, es uno de los lujos que tenemos en nuestra sociedad. Vamos, querido lector, dejemos en el pasado al pan blanco de molde, que aquí hay mucho más que probar. Pan comido.
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