El nuevo año entre ritos, festejos y esperanzas

  • Empezar tema Empezar tema Rodrigo Albuja Chaves
  • Fecha de inicio Fecha de inicio
R

Rodrigo Albuja Chaves

Guest
Las luces de diciembre y los estallidos de enero suelen teñir nuestras ciudades con un barniz de euforia colectiva. Es ese tiempo suspendido donde la camaradería, el derroche y la alegría parecen obligatorios. Una suerte de paréntesis anual donde el ruido intenta acallar las deudas y las penas. Sin embargo, tras el velo de la música decembrina y el humo de la pirotecnia, subyace una realidad contradictoria: el abismo creciente entre el rito que nos une superficialmente y el individualismo que nos fragmenta como nación.

El origen de estas festividades se remonta a la necesidad humana de marcar los ciclos de la vida y la naturaleza. En el mundo occidental católico, la Navidad y la Epifanía nacieron como celebraciones de la luz, el renacimiento y la humildad. El significado original era la comunión, el compartir y la renovación del espíritu. No obstante, a lo largo de los siglos, estos hitos han sufrido una metamorfosis radical. Lo que antes era un espacio para la introspección y la solidaridad se ha convertido en una vulgarización del rito. La espiritualidad ha sido desplazada por un consumismo desenfrenado, impulsivo y degradante que ha convertido el nacimiento de un símbolo de pobreza en una oda a la acumulación.

En nuestra realidad nacional, esta contradicción se palpa en el contraste hiriente entre la opulencia de los centros comerciales y la precariedad de los suburbios. En Ecuador, la tradición del “Año Viejo” —la quema del monigote— funciona como una catarsis colectiva, un intento de incinerar los males del pasado. Pero, la llamarada es solo simbólica: quemamos al político corrupto, a la crisis o a la inseguridad, para luego despertar en un primero de enero donde las estructuras de injusticia permanecen intactas. Mientras el país se sume en una crisis de seguridad sin precedentes y una economía que asfixia a la clase media y baja, el “derroche” festivo se vuelve una máscara de felicidad forzada que oculta la impotencia del ciudadano común ante la falta de empleo y servicios básicos.

Esta situación profundiza las desigualdades. Mientras unos celebran el exceso, el ecuatoriano de bajos recursos se enfrenta a la frustración de no poder acceder siquiera a un leve mejoramiento de sus condiciones de vida. La brecha no es solo económica, sino moral. ¿Cómo llegamos a este individualismo enfermizo? Parte de la respuesta reside en una modernidad tecnológica que prioriza la producción de bienes suntuarios e inútiles que solo refuerzan la vanidad y el hedonismo. Nos hemos convertido en autómatas carentes de la fuerza espiritual necesaria para asumir los deberes morales hacia la sociedad. Se ignora la doctrina de la solidaridad social que las religiones proponen con acierto.

Al desentendernos del bienestar del otro, permitimos que persistan el racismo y la exclusión, dando lugar a gobiernos autócratas, represores y corruptos que florecen allí donde la población ha renunciado a su papel de vigilancia ética. Las expresiones de “buenos deseos” son hoy convencionalismos sociales sin conciencia sobre nuestra responsabilidad en la búsqueda de soluciones a los problemas nacionales.

Al final, la resaca de enero no es solo física, sino financiera y espiritual. El aumento de las deudas por un consumo que no responde a la realidad económica es la consecuencia de una devoción ciega al rito y a la desesperanza. Si queremos que el próximo año sea realmente nuevo, debemos trascender el festejo efímero y recuperar la solidaridad como eje de nuestra identidad. Solo una ciudadanía que cambie el individualismo por la acción común podrá transformar la esperanza en una realidad tangible para todos.

Sigue leyendo...
 
Atras
Superior