G
Giovanni Astudillo
Guest
Hilda Besson
El inicio de año siempre invita a evaluar cómo pensamos, cómo decidimos y qué debemos ajustar para enfrentar un entorno cada vez más exigente.
Pero esta vez ocurre algo distinto: los líderes comienzan el año con un nuevo compañero de trabajo, un “copiloto algorítmico” que promete acelerar procesos, ordenar información y ofrecer respuestas inmediatas.
La pregunta no es si debemos usarlo, sino cómo hacerlo sin perder lo más valioso del liderazgo: la capacidad de reflexionar antes de actuar.
La inteligencia artificial introduce una tentación peligrosa: confundir velocidad con lucidez. La inmediatez de sus análisis puede empujar a decidir antes de comprender, a delegar juicio en un sistema que procesa datos del pasado pero no entiende las consecuencias futuras.
Sin embargo, el verdadero liderazgo e inteligencia artificial no compiten; se complementan. La IA amplifica la capacidad de pensar, siempre y cuando el líder mantenga el rol de interpretar, cuestionar y decidir.
Lo que está en juego no es solo la eficiencia operativa, sino la calidad del pensamiento estratégico. Una herramienta capaz de ordenar miles de variables en segundos puede deslumbrar, pero la estrategia sigue dependiendo de elementos que ningún algoritmo domina: ética, paciencia, intuición, lectura del contexto humano, comprensión cultural.
Liderar con IA implica asumir una nueva responsabilidad: filtrar, desacelerar cuando conviene y no permitir que la máquina marque el ritmo de nuestra visión.
La velocidad que ofrece la inteligencia artificial no sustituye la claridad que exige el liderazgo estratégico.
La paradoja es clara: mientras más se acelera el mundo, más valioso se vuelve el líder que piensa despacio. El que hace preguntas antes de aceptar un resultado. El que entiende que una predicción probabilística no es una respuesta definitiva.
El que sabe que los datos iluminan una parte de la realidad, pero las motivaciones humanas, las tensiones sociales y las dinámicas emocionales siguen fuera del alcance de cualquier algoritmo.
Por eso, el liderazgo algorítmico requiere una disciplina distinta para este nuevo año. No se trata de dominar herramientas, sino de dominar la forma en que nos relacionamos con ellas.
Implica revisar los sesgos que la IA puede amplificar, analizar las fuentes de los datos que utiliza, decidir cuándo apoyarse en su velocidad y cuándo tomar distancia para pensar con más profundidad. Significa convertir a la IA en un espejo cognitivo, no en una brújula absoluta.
La oportunidad para los líderes es enorme: usar la inteligencia artificial para expandir la perspectiva, no para sustituirla. Aprovechar la tecnología para liberar tiempo, no para llenar la agenda con decisiones automáticas.
Empezar el año no solo con más información, sino con mayor claridad sobre qué tipo de decisiones requieren análisis acelerado y cuáles necesitan pausa, reflexión y conversación humana.
El liderazgo e inteligencia artificial definirán juntos este nuevo ciclo. Y la diferencia entre quienes simplemente adoptan tecnología y quienes la convierten en ventaja estratégica estará en una habilidad que ninguna máquina puede replicar: la forma en que los líderes piensan.
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