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Shirley Ibañez
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La modernidad ha convertido al exceso en virtud. Vivimos en sociedades donde todo parece exigir intensidad. Producir más, consumir más, opinar más, exhibirse más, desear más, competir más. El equilibrio ha dejado de ser una aspiración ética para convertirse, casi, en un signo de debilidad. Y, sin embargo, quizás nunca como ahora la humanidad había padecido con tanta claridad las consecuencias de vivir en los extremos. La sociología de la vida cotidiana nos enseña que las grandes crisis históricas no solo se expresan en guerras, colapsos económicos o revoluciones políticas, sino también en las pequeñas prácticas diarias, en la ansiedad permanente, en el agotamiento emocional, en la incapacidad de detenerse, en la pérdida de sentido. Allí donde la vida ordinaria se desordena, la sociedad entera comienza a fracturarse.
Hace más de dos mil años, Aristóteles formuló una de las ideas más perdurables de la filosofía moral, que la virtud se encuentra en el “justo medio”. El coraje, por ejemplo, no es cobardía ni temeridad y la generosidad no es avaricia ni despilfarro. La plenitud humana consiste en encontrar un equilibrio racional entre los extremos. No se trataba de mediocridad ni de tibieza, sino de armonía. La contemporaneidad, sin embargo, parece organizada exactamente al revés. El capitalismo tardío, como lo describieron Zygmunt Bauman y Byung-Chul Han, ha construido una cultura del exceso permanente. Bauman habló de una “modernidad líquida” donde nada permanece y todo debe renovarse compulsivamente, mientras Han, por su parte, describió una “sociedad del cansancio” donde el individuo se autoexplota creyéndose libre. El resultado es una vida hipertrofiada, hiperconectada, hiperproductiva, hiperinformada, pero profundamente vacía. La paradoja es brutal, cuantas más posibilidades tiene el individuo moderno, menos paz interior posee.
Los excesos atraviesan todas las dimensiones de la existencia contemporánea. En la economía, el consumo ha dejado de responder a necesidades para convertirse en mecanismo de identidad. Thorstein Veblen ya advertía, a finales del siglo XIX, que las sociedades modernas producen “consumo ostensible”, pues se compra no para vivir mejor, sino para demostrar estatus. Hoy esa lógica se ha radicalizado mediante las redes sociales, donde la vida entera se convierte en exhibición. En la política ocurre algo semejante. Los extremos ideológicos sustituyen la deliberación racional por la indignación permanente. El algoritmo premia la furia, no la reflexión. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa y pasa a ser un enemigo moral que debe ser destruido. Hannah Arendt comprendió tempranamente que las sociedades polarizadas son especialmente vulnerables al autoritarismo, porque los extremos destruyen el espacio común donde puede existir la política democrática.
También las relaciones humanas padecen esta lógica. Nunca hubo tanta comunicación y, simultáneamente, tanta soledad. Émile Durkheim llamaba “anomia” a ese estado donde las normas colectivas pierden capacidad de orientar la vida social. La hiperindividualización contemporánea ha producido precisamente eso, a individuos cada vez más conectados digitalmente, pero más desvinculados emocionalmente. Incluso el bienestar ha sido llevado al extremo. La cultura contemporánea exige felicidad constante, éxito permanente, realización absoluta. La tristeza, el fracaso o la pausa son percibidos como anomalías. Pero el ser humano no está hecho para vivir en una euforia continua. Como advertía Sigmund Freud, la civilización siempre implica tensiones, límites y renuncias. Pretender eliminar completamente el malestar termina generando nuevas formas de sufrimiento.
La sociología de la vida cotidiana permite observar cómo los excesos se normalizan silenciosamente. Jornadas laborales interminables consideradas “compromiso”, adicción al teléfono interpretada como “conectividad”, agresividad verbal confundida con “sinceridad”, consumismo presentado como “éxito”. Lo patológico deja de percibirse como tal porque se vuelve colectivo. Pero los extremos no solo producen infelicidad individual, también erosionan la cohesión social. Una sociedad incapaz de moderación termina debilitando sus instituciones, sus vínculos y su estabilidad. El exceso de desigualdad destruye la confianza. El exceso de polarización destruye la democracia. El exceso de consumo destruye el medio ambiente. El exceso de velocidad destruye la capacidad de pensar.
La pregunta decisiva para nuestra época quizá sea esta: ¿puede una sociedad sobrevivir cuando convierte todos los excesos en aspiraciones? Tal vez el desafío contemporáneo no sea conquistar más cosas, sino recuperar la capacidad de medida. Saber detenerse. Saber limitarse. Saber distinguir entre intensidad y plenitud, ya que casi todo exceso termina devorando aquello que prometía satisfacer. Y acaso la verdadera rebeldía, en tiempos de extremismos y desmesuras, consista simplemente en volver a vivir con equilibrio.
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Hace más de dos mil años, Aristóteles formuló una de las ideas más perdurables de la filosofía moral, que la virtud se encuentra en el “justo medio”. El coraje, por ejemplo, no es cobardía ni temeridad y la generosidad no es avaricia ni despilfarro. La plenitud humana consiste en encontrar un equilibrio racional entre los extremos. No se trataba de mediocridad ni de tibieza, sino de armonía. La contemporaneidad, sin embargo, parece organizada exactamente al revés. El capitalismo tardío, como lo describieron Zygmunt Bauman y Byung-Chul Han, ha construido una cultura del exceso permanente. Bauman habló de una “modernidad líquida” donde nada permanece y todo debe renovarse compulsivamente, mientras Han, por su parte, describió una “sociedad del cansancio” donde el individuo se autoexplota creyéndose libre. El resultado es una vida hipertrofiada, hiperconectada, hiperproductiva, hiperinformada, pero profundamente vacía. La paradoja es brutal, cuantas más posibilidades tiene el individuo moderno, menos paz interior posee.
Los excesos atraviesan todas las dimensiones de la existencia contemporánea. En la economía, el consumo ha dejado de responder a necesidades para convertirse en mecanismo de identidad. Thorstein Veblen ya advertía, a finales del siglo XIX, que las sociedades modernas producen “consumo ostensible”, pues se compra no para vivir mejor, sino para demostrar estatus. Hoy esa lógica se ha radicalizado mediante las redes sociales, donde la vida entera se convierte en exhibición. En la política ocurre algo semejante. Los extremos ideológicos sustituyen la deliberación racional por la indignación permanente. El algoritmo premia la furia, no la reflexión. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa y pasa a ser un enemigo moral que debe ser destruido. Hannah Arendt comprendió tempranamente que las sociedades polarizadas son especialmente vulnerables al autoritarismo, porque los extremos destruyen el espacio común donde puede existir la política democrática.
También las relaciones humanas padecen esta lógica. Nunca hubo tanta comunicación y, simultáneamente, tanta soledad. Émile Durkheim llamaba “anomia” a ese estado donde las normas colectivas pierden capacidad de orientar la vida social. La hiperindividualización contemporánea ha producido precisamente eso, a individuos cada vez más conectados digitalmente, pero más desvinculados emocionalmente. Incluso el bienestar ha sido llevado al extremo. La cultura contemporánea exige felicidad constante, éxito permanente, realización absoluta. La tristeza, el fracaso o la pausa son percibidos como anomalías. Pero el ser humano no está hecho para vivir en una euforia continua. Como advertía Sigmund Freud, la civilización siempre implica tensiones, límites y renuncias. Pretender eliminar completamente el malestar termina generando nuevas formas de sufrimiento.
La sociología de la vida cotidiana permite observar cómo los excesos se normalizan silenciosamente. Jornadas laborales interminables consideradas “compromiso”, adicción al teléfono interpretada como “conectividad”, agresividad verbal confundida con “sinceridad”, consumismo presentado como “éxito”. Lo patológico deja de percibirse como tal porque se vuelve colectivo. Pero los extremos no solo producen infelicidad individual, también erosionan la cohesión social. Una sociedad incapaz de moderación termina debilitando sus instituciones, sus vínculos y su estabilidad. El exceso de desigualdad destruye la confianza. El exceso de polarización destruye la democracia. El exceso de consumo destruye el medio ambiente. El exceso de velocidad destruye la capacidad de pensar.
La pregunta decisiva para nuestra época quizá sea esta: ¿puede una sociedad sobrevivir cuando convierte todos los excesos en aspiraciones? Tal vez el desafío contemporáneo no sea conquistar más cosas, sino recuperar la capacidad de medida. Saber detenerse. Saber limitarse. Saber distinguir entre intensidad y plenitud, ya que casi todo exceso termina devorando aquello que prometía satisfacer. Y acaso la verdadera rebeldía, en tiempos de extremismos y desmesuras, consista simplemente en volver a vivir con equilibrio.
*Es sociólogo
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