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Redacción Universidad
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¿Acaso puede alguien decir que realmente no le importa nada en esta vida? ¿Quién podría vivir bajo esa premisa? Incluso quienes viven en situaciones extremas (sin hogar o privados de libertad) dependen de decisiones políticas para sobrevivir; sus condiciones de vida podrían empeorar, mantenerse o mejorar, dependiendo de políticas públicas. Aunque por su condición involucrarse pueda parecer inútil, de quienes gobiernan dependen los recursos, las leyes y las oportunidades que inciden directamente en su vida. Repetir la frase “no me interesa la política” es un absurdo que, lamentablemente, se ha normalizado en nuestra sociedad y debería erradicarse.
Y cuidado, otra frase que se repite pero que en realidad no tiene tanto sentido es “desentenderse de la política es un privilegio”. Esa idea puede dar a entender que hay personas que en su contexto socioeconómico pueden, con todo lujo, mantenerse al margen de los problemas que sufre la mayoría de la población; sin embargo, muchos hemos sido testigos de que a la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) acuden personas muy adineradas porque se les dificulta pagar el mismo tratamiento en el área privada. Vemos personas de familias ricas estudiando y trabajando en el sector público; robos y amenazas que sufren diputados, y, algo muy obvio, las presas, un martirio que no discrimina en absoluto. Entonces, pensar que alguien tiene “un privilegio” por ignorar la política solo por estar en un rango de ingresos altos también es absurdo y se convierte en un mal pretexto más para ser abstencionista.
Es muy peligroso renunciar a nuestro poder de decisión y permitir que otros, incluso con intereses opuestos a los nuestros, tomen las riendas del presente y del futuro. En la práctica, el desinterés equivale a decir: “soy una persona sin formación cívica, irresponsable y sin criterio propio”. Suena chocante, sí, pero es algo que muchas personas todavía no comprenden.
Paradójicamente, esa apatía favorece a los políticos y grupos de poder que han dañado al país y desprestigiado la política, mientras se olvida que esta debería servir al bien común. El desinterés no es solo una postura personal, sino un acto que perpetúa la inacción, la frustración y la desconfianza, y que fortalece a los mismos actores que se critican. Por eso no es válido generalizar ni repetir que “todos los políticos son iguales”, pues ese discurso beneficia a quienes se sirven de la política y aleja a personas de bien, con vocación de servicio y capacidad de representar mejor a la ciudadanía.
En este país, muchas cosas aún se dan por sentadas: el derecho a usar redes sociales, salir a la calle a cualquier hora, ver cualquier contenido en línea, expresarse libremente, escuchar la radio, etc. Pero todo eso podría cambiar dependiendo del político de turno, y parece que no se está tomando con la seriedad que merece.
Aun así, este tema debe abordarse desde la empatía. Para muchas personas, la política es algo aburrido, complicado o de quienes se dedican profesionalmente a ella. Ese rechazo muchas veces nace del abandono educativo y formativo, de una frustración válida, de la decepción, del enojo, de la incertidumbre y desesperación.
Retomemos la sensatez, el sentido común, porque es absurdo tratar de ignorar los problemas nacionales que afectan nuestra vida privada: seguridad, educación, acceso a los anticonceptivos o libertad religiosa, etc. Hay que saber priorizar y poner la atención donde se debe, en las próximas elecciones, y hacerlo con alto sentido de responsabilidad, por una Costa Rica que está pidiendo auxilio y porque, cada vez que se repiten aquellas falacias tan normalizadas, se pierde un valioso voto.
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