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Jose Eduardo Mora
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“La realidad es que toda obra de arte es una declaración política”. Esa fue una de las afirmaciones que en 1981, en una sesión de preguntas y respuestas, diera el director de Orson Welles, en la Universidad del Sur de California, con motivo de una proyección de su película The Trial. En esa misma actividad, también había sostenido: “Me interesa mucho más la política que las películas, el arte o cualquier otra cosa”.
Cuando Welles hablaba de política, lo hacía en el sentido clásico del término, que es heredero de Aristóteles, quien expresara que el ser humano era un zoom politikón.
La postura de Welles cabe en el contexto actual, debido a que en estos tiempos convulsos que vive el mundo, hay un auge de la derecha y de la ultraderecha, que niega muchos de los preceptos que de por sí definen la condición humana.
En ese sentido, cabe preguntarse hacia dónde debe mirar el artista en una coyuntura como la presente. Si abstraerse de todo lo que le rodea, y definirse apolítico; o, por el contrario, comprometerse con su sociedad y su tiempo, sin caer, sin embargo, en la trampa del panfleto reflejada en su obra.
En esta línea reflexiva y con motivo de una conferencia que diera el 23 de junio de 2005, en la Universidad Nacional, sede de Heredia, José Saramago, ganador del Premio Nobel de Literatura 1998, llamaba a los jóvenes a comprometerse, en lugar de ser neutrales. “Vivimos en un mundo en el que todos somos neutrales. Nadie se compromete con nada; por eso predomina el temor, la resignación y el individualismo”, dijo.
De ahí que con base en la pregunta: ¿debe el artista dedicarse enteramente a su obra y pasar por alto la realidad política en que vive?, se buscó conocer la posición de diferentes escritores costarricenses y de una artista plástica, dado que en la actualidad nacional prevalece un discurso confrontativo desde diversas esferas del poder, así como en el ámbito internacional.
Compromiso
Para la poeta costarricense Julieta Dobles (1943) es imprescindible fomentar una conciencia social, tanto desde el ámbito personal como desde la obra en sí, sin que ello signifique una actitud panfletaria. “El artista tiene una responsabilidad muy grande. El poeta, por ejemplo, tiene una gran responsabilidad en crear una conciencia entre los ciudadanos cuando hay algo que mejorar o algo por lo cual luchar”.
Dobles expresó que una parte de su poesía tiene un claro contenido social, mientras que otra apuesta por una línea más íntima.
La ganadora cinco veces del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría y del Magón, en 2013, se definió como una socialdemócrata y por ese motivo le llaman la atención ciertas voces que quieren desacreditar esta forma de pensar.
“La socialdemocracia ha venido perdiendo terreno en el país, es verdad. Ahora, la presidenta —Laura Fernández— se atrevió a definir a la oposición como comunista. Y eso es absurdo. Puedo decir, con Vladimir de la Cruz, que ella pasó por la Universidad de Costa Rica, pero la universidad no pasó por ella”.
En medio de los tiempos que le corresponda vivir a cada artista, Dobles considera que el gran reto es reflejar en su obra esa realidad a la que se puede aludir de forma directa o indirectamente.
“Definitivamente, el poeta, el escritor, el artista debe crear conciencia en la sociedad a través de su obra. Es algo de lo que no se puede eximir, porque no vivimos en un paraíso”.
En criterio de la autora de Los pasos terrestres (1976), lo cómodo, pero no necesariamente lo adecuado, es abstraerse de lo que rodea al artista. En ese sentido, dijo sentirse cerca del pensamiento de Saramago, que en varias oportunidades, como en la citada de 2005, llamó a combatir la neutralidad.
Para Saramago, esa neutralidad estaba más cerca de la complicidad que cualquier otra postura y eso, ya de por sí, tenía un tinte político, que a su vez reflejaba una ideología.
Entre el artista y la obra ha de establecerse, considera Dobles, una connivencia.
“El reto es hacer buena poesía y hablar de las cosas que nos interesan. Incluso se puede hablar de política, pero hay que hacerlo desde un lenguaje literario. En la actualidad, hay muchas maneras de aludir a ese lenguaje literario que no siempre lo es, como el caso de usar palabrotas en los poemas. Para mí, la poesía está relacionada con la belleza y la armonía”.
Dobles no evadió referirse a la exacerbación del discurso que persigue una polarización. Es, en este ámbito, desde el que se pretende descalificar un tipo de pensamiento, como el socialista o el comunista, lo que deja entrever el desconocimiento que hay detrás de esa postura, pues en el caso costarricense ambos han sido relevantes en la construcción del desarrollo nacional, consideró.
La obra
Al consultarle al escritor Carlos Morales, cuya novela más reciente se titula Es la historia de un amor…, publicada en abril de 2025, de inmediato recordó la posición que en este tipo de situaciones esgrimía el narrador mexicano Juan Rulfo.
“‘La cultura es el gran compromiso del escritor’, me respondió el icónico y lacónico Juan Rulfo, cuando le pregunté, en medio de las guerras de alta intensidad (años 70), por el artista y su participación en la política”. Para Morales, detrás de esa frase, muy al estilo de Rulfo, precisa y puntual, hay un gran sustrato.
“Su respuesta es irreprochable, porque en el verdadero artista, el impulso creador obedece a fuerzas interiores muy complejas que no pueden subordinarse al credo político, y recuerdo que hasta el muy comprometido Julio Cortázar afirmó por ahí que “la obligación del escritor es escribir bien”.
Ese escribir bien entra en relación con lo que también postulaba Gabriel García Márquez, para quien la obra es la que tiene que hablar por el artista, sin que necesariamente hubiese una confluencia entre obra y el pensamiento particular de cada escritor.
Un ejemplo que puede ilustrar lo anterior es el de Mario Vargas Llosa, acreedor del Premio Nobel de Literatura 2010, quien luego de militar en la izquierda dio un giro de 180 grados para adherirse al pensamiento conservador y de derechas, lo cual nunca permeó su vasta y valiosa obra.
Aunque para Morales la creación debe circunscribirse a los valores estrictos de lo artístico, hay situaciones coyunturales que ameritan una postura distinta. Es el caso de los tiempos presentes, en los que en Europa y América Latina ha habido un brote asociado al pensamiento conservador y excluyente de la derecha y, sobre todo, de la extrema derecha, que ha roto las reglas del equilibrio internacional para que prevalezca la selva en lugar de la política en el más clásico sentido que le daban los griegos. En esta tesitura, Morales sostiene que se han de asumir posiciones desde el pensamiento más crítico.
Juan Rulfo, explica el escritor Carlos Morales, tenía claro que el compromiso del escritor era con la cultura. (Foto: Britannica)
“En un tiempo como el actual, cuando la injusticia y el cinismo recorren el globo a sus anchas, dejando civilizaciones destruidas, y niños muertos destazados por las bombas de los señores de la guerra, yo, personalmente, creo que ya no se puede jugar a hacer el arte por el arte como en los tiempos de Wilde, ni a practicar el objetivismo experimental de la noveau roman y de Ayn Rand de los cincuenta, con su secuela de postmodernistas (Robbe-Grillet, Lacan y secuaces)”.
En esta coyuntura, se ha de asumir una cercanía con el pueblo, reclama Morales, quien en su oportunidad luchó en varios frentes solidarios para combatir la tiranía de Augusto Pinochet en Chile.
“Hoy es un deber del artista vibrar junto a su pueblo, y denunciar o clamar, porque la civilización no retroceda en esas garras de los que la acaparan (1% de la población posee el 90% de la riqueza mundial). O sea, es lógico y natural que un creador dedique su mayor empeño a la obra de arte emprendida, pero no tiene derecho de volver la cara para el otro lado ante la masacre de Gaza, por ejemplo. Tiene que mojarse los calzones cuando sea necesario en defensa de la justicia ciudadana y de los valores fundamentales del humanismo y la ética”.
Frente a una realidad que se transforma y que pasa por el tamiz de la palabra como ejercicio principal, mientras en las cifras se corrobora la manera en que están terminando de proyectar al mundo, en el que cada vez hay más distancias entre los que tienen mucho y los que nada poseen, el artista y la cultura vienen a constituirse en un espacio para la resistencia y para la reflexión.
“Si Rulfo —como antropólogo que era— estaba usando en aquel momento, el concepto amplio de cultura, que es tan grande y abarcador como el concepto aristotélico de política, entonces estaría admitiendo que el artista no puede cerrar los ojos ante la vida criminal y desequilibrada que nos rodea. Y mientras se invierta la parte gorda del PIB (producto interno bruto) en ejércitos, en armas y en guerras, tendremos que volver, como dijo Daniel Viglietti y cantó Víctor Jara: ¡A desalambrar, a desalambrar!”.
El escritor Álvaro Rojas tiene claro que el compromiso del artista es con su obra, pero la conciencia no puede evadir mirar la realidad que le rodea.
“La realidad política en la que un escritor crece, aprende a leer, a escribir y a relacionarse con las demás personas, de una u otra manera, va a penetrar su obra. Creo que hay escritores más conscientes de eso, y otros menos conscientes; lo que no es recomendable es subordinar la literatura a intereses políticos. Es decir, que en lugar de escribir novelas, cuentos o ensayos, escriba panfletos. Y eso está muy bien, si uno quiere hacer panfletos, pero ese es otro género”.
Rojas valora el hecho de si se trata de forma directa o no el asunto de la política en la literatura: “Si el material de que están hechas las obras literarias es lo humano en acción, es inevitable tratar la política. Ahora, eso se puede hacer con más o menos talento, con más o menos dominio literario”.
Como escritor, dijo, que le interesa mucho estar atento al devenir de la política así como la forma en que los creadores la reflejan en su hacer: “Me interesa, como lector y crítico literario, las novelas que tratan grandes escenarios sociales y de grandes extensiones, estilo siglo XIX, que muestran los conflictos sociales, políticos y militares. Guerra y paz, para que quede con mayor claridad lo que pretendo expresar. En mi caso, que escribo ensayo y hago crítica y que también hago obras de ficción, la política es muy importante, con la condición de que se converse la libertad del autor”.
El director y actor Orson Welles asegura que para él nada era más importante que la política, en el sentido clásico que le daban los griegos. (Foto: Imdb.com)
Más voces
A la pregunta ¿debe el artista dedicarse enteramente a su obra y pasar por alto la realidad en la que vive?, la escritora costarricense Catalina Murillo, autora de Una mujer insignificante (2024), respondió: “Leo ‘debe el artista’ y me cortocircuito. El artista quizás debe; la artista encuentra su libertad fuera de ese ‘debe’. La pregunta parte de una dicotomía que no acepto: dedicarse enteramente a ‘su obra’ como algo que te haría pasar por alto la realidad política. Lo personal es político. Una artista que se dedica a pintar gatos azules está vindicando su libertad”.
Ante la consulta de si la obra, de por sí, ¿debe reflejar esa realidad social en la que está inmerso el artista?”, agregó: “La artista no está solo inmersa en una realidad: la está creando mientras vive y escribe. La obra sí o sí refleja una realidad. Lo imaginado no es real, pero existe en sus efectos”.
Por su parte, Pablo Salazar, escritor y lexicógrafo, luego de hacer un amplio razonamiento sobre la consulta medular de este reportaje, llega a varias conclusiones, entre ellas, que el hacer político es inherente al ser humano, sea artista o no: “Creo que la participación política, en lo grande y en lo pequeño, es consustancial al ser humano. No depende de si se es artista o no”.
Salazar estima que la obra se separa del creador, en el sentido de que el autor puede tener una determinada postura política, pero no necesariamente la refleja en su creación. En esta vertiente, coincide con lo sostenido por Morales y Rulfo.
Salazar, quien está inmerso en la escritura de su novela: El 48, diccionario Dácero, agregó:
“Pienso que la obra, como tal, se separará del creador. Mario Vargas Llosa era un cavernario de derechas; pero ninguno de sus textos literarios se encauzó a hacer propaganda política a favor del libre mercado”.
Algo similar sucedía con estos otros creadores: “George Orwell era antiestalinista, pero no pretendió (dicho por él) que su obra fuera un ariete contra el socialismo o la no participación estatal en puntos neurálgicos del quehacer social. Me imagino que habrá acuerdo en que Miguel de Cervantes era un literato. Pero escribió, sí, en el Quijote, un capítulo ‘Acerca de las letras y las armas’, en el que plantea que son más importantes los soldados que los letrados. Solzhenitsyn odiaba con furia la Unión Soviética de Stalin y Brezhnev; pero odiaba, un poquito menos, eso sí, el capitalismo”.
Entre tanto, Lorna Loría, artista plástica que ha sostenido a lo largo de sus años un trabajo de compromiso con el arte en sus diferentes manifestaciones, sostuvo que hay diferentes tipos de artistas y que ello tiene relación con la sensibilidad que cada cual practique: “A algunos artistas solo les interesa crear por crear. Otros son más autobiográficos y se inclinan por temas más relacionados con la catarsis, con lo del ser, con sus experiencias, y hay otros, que son con los cuales más comulgo, que son muy sensibles a lo que sucede en su entorno”.
Cuando Loría alude a lo externo, lo asocia con lo político, con la idea de que el artista, desde su hacer particular, pueda contribuir con el cambio: “Hay artistas que ven el arte como una acción política. Son con los cuales más me identifico. Son los que tienen la esperanza de que por medio del arte se pueda crear una sensibilidad, una comunicación y causar algún tipo de acción”.
Loría lamenta que, al estar el artista inmerso en una sociedad capitalista, muchas veces si se pronuncia sobre determinados asuntos, como el caso de Israel con Palestina, pueda ser señalado por sus futuros compradores.
“Yo no juzgo ni culpo a esos artistas. Los entiendo, pero están vendiendo su libertad de expresión por plata. Esa es una posición bastante delicada. Eso refleja, en el fondo, que el arte, al final, sí es político y tiene poder en sí mismo, pues, de lo contrario, si no fuera relevante, no preocuparía a los dueños del poder”.
Para Loría, su acción particular sí tiene que intervenir en las cosas de la vida, como en su caso con su visión del feminismo, los adultos mayores, lo ecológico y el accionar político: “Quiero que mi arte refleje lo que sucede en el país y en la cultura”.
En aquel lejano encuentro en la Universidad del Sur de California, Welles sostenía que “la realidad es que toda obra de arte es una declaración política”. Sin embargo, antes de dar por zanjado cualquier debate al respecto, añadía: “Cuando se hace deliberadamente, usualmente se cae en la trampa de la retórica”. Con este matiz, Welles se decantaba porque la obra fuese la que levantara la voz en nombre del artista y de su tiempo.
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