O
Ohigginis Arcia
Guest
La selva del Darién ya no guarda silencio. Entre el rumor espeso de los ríos y el crujido de las hojas húmedas, otra presencia se ha ido asentando con sigilo: hombres armados, rutas invisibles y un miedo que no figura en los mapas. En este territorio fronterizo, donde Panamá se estrecha hasta rozar a Colombia, el Clan del Golfo ha comenzado a dejar huellas más claras, más cercanas y más peligrosas.
Durante décadas, el Darién fue un lugar de tránsito y abandono, una frontera olvidada donde el Estado llegaba tarde y la ley avanzaba con dificultad. Hoy, ese vacío vuelve a ser disputado, no por migrantes exhaustos, como ocurría años atrás, sino por estructuras criminales que entienden la selva como un aliado estratégico.
Las alertas fueron encendidas por el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) el pasado 17 de diciembre, tras una serie de hallazgos inquietantes: minas antipersonales ocultas en senderos utilizados tanto por patrullas como por comunidades indígenas; manuales de adoctrinamiento del Ejército Gaitanista de Colombia (Clan del Golfo); y movimientos irregulares detectados cerca de puestos binacionales. Nada de eso es casual. Todo responde a una lógica de control territorial que ya se ha visto del otro lado de la frontera.
El director de Senafront, Larry Solís Velásquez, informó que, en un puesto compartido con el Ejército colombiano, un soldado del vecino país perdió una pierna tras activar una mina enterrada en la selva. El hecho, ocurrido recientemente a pocos metros de la línea fronteriza, marcó un punto de quiebre. La selva, que antes escondía pasos, ahora ocultaba explosivos. El mensaje era claro: alguien estaba marcando territorio.
Los caminos donde aparecieron los artefactos no son rutas militares exclusivas. Son las mismas veredas que utilizan los indígenas para llegar a sus cultivos, las trochas por donde cruzan comunidades que comparten vínculos familiares a ambos lados de la frontera. En esos senderos, el miedo volvió a instalarse como una sombra permanente.
Posteriormente, cinco artefactos explosivos improvisados, conocidos como “quiebra patas”, fueron hallados y destruidos por patrullas del Senafront en la frontera oriental: dos cerca de la base binacional La Olla y tres en Alto Limón. Fabricados con materiales comunes y atribuidos a estructuras como el Clan del Golfo, estos dispositivos buscaban frenar el avance de las autoridades y sembrar temor en las comunidades fronterizas.
Operativos prolongados, patrullajes terrestres y marítimos, y reconocimientos en profundidad revelaron una realidad más compleja este mes: no se trataba solo de contrabando o de paso irregular de personas, sino de una estrategia de infiltración gradual, silenciosa y persistente.
Tres ciudadanos panameños fueron capturados con armas, municiones y material doctrinal del Clan del Golfo. El hecho ocurrió en el río Membrillo, donde una patrulla enfrentó a las personas armadas que respondieron con fuego.
Tras el enfrentamiento, los panameños portaban uniformes pixelados, armas, pertrechos de guerra y un brazalete del grupo Gaitanista de Colombia, Frente Efraín Guardia, organización criminal dedicada al narcotráfico.
Fuentes de los estamentos de seguridad apuntan a José Vega Alvará, alias Monseñor, como la mente criminal detrás de las operaciones del Clan del Golfo en la selva del Darién. Hoy, con cerca de 50 años, lidera una de las células armadas de la organización, al mando de unos 120 hombres que operan en la zona selvática del Darién y el Urabá. Su influencia se extiende a través de rutas de narcotráfico, tráfico de migrantes y minería ilegal, consolidándose como una pieza clave en el esquema criminal del Clan.
Como parte de sus actividades delictivas, este grupo criminal insiste en el tráfico de migrantes. De hecho, este mismo mes, Senafront capturó en el tapón del Darién a cinco personas cuando intentaban movilizar a 33 extranjeros en tres piraguas. Entre los detenidos había dos presuntos coyotes colombianos, ocho personas con alerta biométrica y dos vinculadas al “Tren de Aragua”, lo que confirma la infiltración de redes transnacionales en los corredores ilegales.
Actualmente, la dinámica dentro de la selva es clara: el Clan del Golfo no necesita grandes campamentos para imponerse. Le basta con sembrar miedo, minas y lealtades forzadas. La historia se repite con un nombre distinto: antes fueron las FARC; ahora es el Ejército Gaitanista de Colombia, o Clan del Golfo, adaptando viejas tácticas a nuevas rutas criminales.
Debido a estos y otros factores, el grupo fue designado como “organización terrorista” extranjera por el Gobierno de Estados Unidos la semana pasada. Se trata de la mayor organización criminal de Colombia, con cerca de 9 mil integrantes.
Con esta decisión, el Clan del Golfo queda legalmente equiparado a organizaciones criminales transnacionales como el Tren de Aragua, de Venezuela, o el Cártel de Sinaloa, de México, lo que implica congelación de activos, sanciones financieras y la posibilidad de procesar penalmente a quienes le brinden apoyo directo o indirecto.
Sin embargo, más allá del alcance jurídico, el desafío en el Darién sigue siendo profundamente territorial y humano: allí la presencia del Clan del Golfo no se anuncia, se infiltra; no irrumpe, se desliza. Y mientras la selva continúe siendo frontera y refugio, la tarea no será solo desarticular una estructura criminal, sino evitar que el miedo vuelva a imponerse en una región que ya ha pagado un alto precio por el abandono.
Sigue leyendo...
Durante décadas, el Darién fue un lugar de tránsito y abandono, una frontera olvidada donde el Estado llegaba tarde y la ley avanzaba con dificultad. Hoy, ese vacío vuelve a ser disputado, no por migrantes exhaustos, como ocurría años atrás, sino por estructuras criminales que entienden la selva como un aliado estratégico.
Las alertas fueron encendidas por el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) el pasado 17 de diciembre, tras una serie de hallazgos inquietantes: minas antipersonales ocultas en senderos utilizados tanto por patrullas como por comunidades indígenas; manuales de adoctrinamiento del Ejército Gaitanista de Colombia (Clan del Golfo); y movimientos irregulares detectados cerca de puestos binacionales. Nada de eso es casual. Todo responde a una lógica de control territorial que ya se ha visto del otro lado de la frontera.
El director de Senafront, Larry Solís Velásquez, informó que, en un puesto compartido con el Ejército colombiano, un soldado del vecino país perdió una pierna tras activar una mina enterrada en la selva. El hecho, ocurrido recientemente a pocos metros de la línea fronteriza, marcó un punto de quiebre. La selva, que antes escondía pasos, ahora ocultaba explosivos. El mensaje era claro: alguien estaba marcando territorio.
Los caminos donde aparecieron los artefactos no son rutas militares exclusivas. Son las mismas veredas que utilizan los indígenas para llegar a sus cultivos, las trochas por donde cruzan comunidades que comparten vínculos familiares a ambos lados de la frontera. En esos senderos, el miedo volvió a instalarse como una sombra permanente.
Posteriormente, cinco artefactos explosivos improvisados, conocidos como “quiebra patas”, fueron hallados y destruidos por patrullas del Senafront en la frontera oriental: dos cerca de la base binacional La Olla y tres en Alto Limón. Fabricados con materiales comunes y atribuidos a estructuras como el Clan del Golfo, estos dispositivos buscaban frenar el avance de las autoridades y sembrar temor en las comunidades fronterizas.
Mente criminal
Operativos prolongados, patrullajes terrestres y marítimos, y reconocimientos en profundidad revelaron una realidad más compleja este mes: no se trataba solo de contrabando o de paso irregular de personas, sino de una estrategia de infiltración gradual, silenciosa y persistente.
Tres ciudadanos panameños fueron capturados con armas, municiones y material doctrinal del Clan del Golfo. El hecho ocurrió en el río Membrillo, donde una patrulla enfrentó a las personas armadas que respondieron con fuego.
Tras el enfrentamiento, los panameños portaban uniformes pixelados, armas, pertrechos de guerra y un brazalete del grupo Gaitanista de Colombia, Frente Efraín Guardia, organización criminal dedicada al narcotráfico.
Fuentes de los estamentos de seguridad apuntan a José Vega Alvará, alias Monseñor, como la mente criminal detrás de las operaciones del Clan del Golfo en la selva del Darién. Hoy, con cerca de 50 años, lidera una de las células armadas de la organización, al mando de unos 120 hombres que operan en la zona selvática del Darién y el Urabá. Su influencia se extiende a través de rutas de narcotráfico, tráfico de migrantes y minería ilegal, consolidándose como una pieza clave en el esquema criminal del Clan.
Tráfico de migrantes
Como parte de sus actividades delictivas, este grupo criminal insiste en el tráfico de migrantes. De hecho, este mismo mes, Senafront capturó en el tapón del Darién a cinco personas cuando intentaban movilizar a 33 extranjeros en tres piraguas. Entre los detenidos había dos presuntos coyotes colombianos, ocho personas con alerta biométrica y dos vinculadas al “Tren de Aragua”, lo que confirma la infiltración de redes transnacionales en los corredores ilegales.
Actualmente, la dinámica dentro de la selva es clara: el Clan del Golfo no necesita grandes campamentos para imponerse. Le basta con sembrar miedo, minas y lealtades forzadas. La historia se repite con un nombre distinto: antes fueron las FARC; ahora es el Ejército Gaitanista de Colombia, o Clan del Golfo, adaptando viejas tácticas a nuevas rutas criminales.
Debido a estos y otros factores, el grupo fue designado como “organización terrorista” extranjera por el Gobierno de Estados Unidos la semana pasada. Se trata de la mayor organización criminal de Colombia, con cerca de 9 mil integrantes.
Con esta decisión, el Clan del Golfo queda legalmente equiparado a organizaciones criminales transnacionales como el Tren de Aragua, de Venezuela, o el Cártel de Sinaloa, de México, lo que implica congelación de activos, sanciones financieras y la posibilidad de procesar penalmente a quienes le brinden apoyo directo o indirecto.
Sin embargo, más allá del alcance jurídico, el desafío en el Darién sigue siendo profundamente territorial y humano: allí la presencia del Clan del Golfo no se anuncia, se infiltra; no irrumpe, se desliza. Y mientras la selva continúe siendo frontera y refugio, la tarea no será solo desarticular una estructura criminal, sino evitar que el miedo vuelva a imponerse en una región que ya ha pagado un alto precio por el abandono.
Sigue leyendo...