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Laura Martínez Quesada
Guest
Costa Rica se encuentra hoy frente a una coyuntura excepcional que, bien aprovechada, podría marcar un punto de inflexión para una de las actividades agrícolas con mayor potencial social, ambiental y económico del país: la producción de cacao. Los precios internacionales del grano alcanzan niveles históricamente altos, impulsados por una caída significativa en la oferta mundial, especialmente en África Occidental. Este contexto abre una ventana única para transformar el cacao costarricense en un verdadero motor de desarrollo rural, siempre que se acompañe de una política pública inteligente, articulada y orientada a fortalecer capacidades productivas y organizativas en los territorios más rezagados. Las oportunidades extraordinarias no se repiten: se aprovechan o se pierden.
El cacao no es un cultivo nuevo para Costa Rica. Desde el siglo XVII fue uno de los pilares de la economía colonial y un producto emblemático de exportación. Esa herencia no se ha perdido: hoy el cacao costarricense está reconocido internacionalmente como cacao fino y de aroma, una categoría reservada para granos con perfiles sensoriales diferenciados y alta calidad natural. Sin embargo, ese prestigio histórico no se ha traducido en bienestar suficiente para quienes lo producen. El reconocimiento internacional no paga cuentas si no se convierte en ingreso justo en la finca.
Actualmente, el país cuenta con unas 3.500 hectáreas sembradas de cacao, concentradas principalmente en las regiones Huetar Caribe, Huetar Norte y Brunca. Se trata, en su gran mayoría, de una actividad profundamente rural y familiar: cerca del 79% de las fincas cacaoteras tienen menos de dos hectáreas. Este dato es clave para entender tanto el enorme valor social del cultivo como las limitaciones estructurales que enfrenta. La atomización productiva, la baja escala y la limitada capacidad de negociación colocan a los productores en una posición débil frente a los mercados. Un sector disperso difícilmente puede capturar el valor que genera.
Desde el punto de vista productivo, el país aún opera muy por debajo de su potencial. El rendimiento medio nacional ronda los 270 kilogramos de cacao seco por hectárea al año. Si bien esta cifra refleja avances respecto al pasado, sigue siendo baja en comparación con otros países productores. Ecuador registra rendimientos promedio cercanos a los 510 kilogramos por hectárea; Ghana supera los 560; Costa de Marfil se acerca a los 500. Incluso Brasil e Indonesia, con realidades productivas diversas, muestran desempeños superiores al costarricense. La brecha no es natural: es organizativa, tecnológica y de gestión.
| Esta brecha no responde a una falta de condiciones agroecológicas. Por el contrario, Costa Rica posee ventajas climáticas, suelos aptos y una tradición genética valiosa. En los últimos años se han puesto a disposición de los agricultores clones de cacao con mayor productividad y tolerancia a enfermedades críticas como la moniliasis, superando las limitaciones que afectaron al sector durante décadas. No obstante, la adopción de estas tecnologías ha sido parcial y desigual, reflejo de debilidades en extensión, financiamiento y acompañamiento técnico sostenido. |
El desafío no es únicamente genético. Incrementar la productividad requiere paquetes integrales de manejo: podas adecuadas, nutrición balanceada, control fitosanitario oportuno, manejo de sombra, densidad correcta de siembra y, cada vez más, enfoques agroecológicos que reduzcan costos y aumenten resiliencia. Existe además un amplio margen para fortalecer la investigación aplicada, incluyendo aspectos poco atendidos como la polinización, la interacción suelo–planta y el intercambio sistemático de conocimiento con países que han logrado saltos productivos significativos. La productividad no es un acto individual: es un proceso colectivo basado en conocimiento.
La etapa de poscosecha es otro eslabón crítico. La fermentación y el secado del grano determinan buena parte de la calidad final y del precio que puede obtenerse en el mercado. En Costa Rica, estos procesos se realizan mayoritariamente a nivel de finca, con resultados desiguales. Avanzar hacia sistemas de procesamiento integrados, donde las economías de escala permitan estandarizar y optimizar la fermentación y el secado, podría elevar sustancialmente el valor del cacao nacional sin exigir aumentos inmediatos de área sembrada. Más valor no siempre exige más tierra, sino mejor organización.
La comercialización es, quizá, el punto más débil de toda la agrocadena. Muchos productores entregan su cacao en consignación o a precios poco transparentes, desvinculados de las cotizaciones internacionales y del valor real de su calidad. La falta de organización y de información impide capturar una mayor proporción de la renta que hoy genera el mercado global del cacao. La comercialización conjunta, bien estructurada, permitiría mejorar el poder de negociación y garantizar precios más justos y previsibles. Sin información y escala, no hay mercado justo.
Fuente: datos de La Organización Internacional del Cacao, Precios del grano de cacao en los mercados de futuros de Londres y Nueva York.
El contexto internacional refuerza la urgencia de actuar. Entre 2023 y 2025, el precio del cacao en los mercados de futuros de Nueva York y Londres aumentó alrededor de un 145%, superando los 7.900 dólares por tonelada. Esta situación, lejos de ser una bonanza pasajera, debe asumirse como una oportunidad estratégica para ordenar el sector, corregir fallas históricas y aliviar la asfixia financiera que enfrentan las pequeñas y medianas explotaciones, que representan cerca del 90% de la actividad.
Desde la economía del desarrollo, la situación actual del cacao costarricense refleja con claridad varias fallas de mercado persistentes. La atomización extrema de la producción, la asimetría de información en precios, la débil capacidad de negociación de los pequeños productores y la ausencia de economías de escala en poscosecha y comercialización impiden que los altos precios internacionales se transmitan de forma justa hacia el productor. A ello se suma la subinversión crónica en bienes públicos esenciales, investigación agrícola, extensión técnica, información de mercados y sanidad vegetal, cuya provisión no puede quedar librada al mercado. Corregir estas fallas no es ideología: es economía aplicada.
Desde una perspectiva institucional y financiera, Costa Rica no parte de cero. El país cuenta con un referente exitoso en el sector cafetalero: el modelo del ICAFE. Este esquema ha demostrado que es posible combinar transparencia, medición objetiva de rendimientos, precios de referencia claros y una distribución más equitativa del valor generado. Replicar una institucionalidad similar para el cacao no implica copiar mecánicamente, sino adaptar principios: información confiable, reglas claras y una gobernanza sectorial que reduzca la incertidumbre para el productor.
La experiencia histórica del café demuestra que una institucionalidad sectorial bien diseñada no distorsiona el mercado, sino que lo ordena. Medir rendimientos con precisión, transparentar precios de referencia y administrar colectivamente la información reduce la incertidumbre, mejora la asignación de recursos y estabiliza ingresos en actividades expuestas a alta volatilidad internacional. Los mercados pequeños no fallan por exceso de reglas, sino por ausencia de ellas.
Hoy, una de las mayores debilidades del sector es la ausencia de información sistemática. No existe un registro público y continuo de los precios pagados al productor de cacao seco en Costa Rica. Las cifras disponibles provienen de estudios puntuales o informes regionales, lo que dificulta la formulación de políticas basadas en evidencia. La creación de un observatorio nacional del cacao sería un paso clave para dotar de transparencia y previsibilidad al sector.
La limitada visibilidad política del cacao también explica parte del rezago. La producción se concentra en zonas con bajos índices de desarrollo humano, alejadas de los centros de decisión, donde los productores tienen escasa capacidad de incidencia. Paradójicamente, estas condiciones deberían justificar un esfuerzo público sostenido, orientado a convertir al cacao en una herramienta de desarrollo territorial, reducción de pobreza y generación de empleo rural.
Existe, además, un ecosistema institucional con capacidades técnicas y experiencia acumulada. Articular estos esfuerzos bajo una visión común permitiría pasar del acompañamiento fragmentado a una política de fomento coherente y evaluable. La dispersión institucional cuesta productividad; la coordinación la multiplica.
El momento de actuar es ahora. Costa Rica ya dispone de un Plan Nacional de Cacao; lo que se requiere es acelerar su ejecución y dotarlo de una gobernanza efectiva. Si se logra ordenar los factores productivos, mejorar la productividad con ciencia y tecnología, fortalecer la poscosecha y transparentar la comercialización, el cacao puede dejar de ser una actividad de subsistencia para convertirse en un motor de resiliencia económica y social en las regiones más olvidadas del país.
El chocolate que Costa Rica puede ofrecer al mundo no solo debe destacar por su aroma y calidad, sino por la solidez de una estructura que garantice una participación justa y próspera para todos los actores de la agrocadena. Aprovechar esta oportunidad histórica es, en última instancia, una decisión de visión país.
El cacao puede ser mucho más que un cultivo tradicional: hoy es una oportunidad concreta para llevar desarrollo donde históricamente ha faltado.
La entrada El cacao costarricense: una oportunidad histórica que el país no puede dejar pasar aparece primero en Semanario Universidad.
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