El arte perdido de aburrirse

Prensa Libre

New member
EDT-ANA-MARIA-SANCHEZ.png

Pluma invitada

El arte perdido de aburrirse

El silencio que hemos perdido podría ser el recurso más valioso hoy en día.​

EDT-ANA-MARIA-SANCHEZ-BYN.png


Ana María Sánchez


10 de enero de 2026

|

time-clock

00:00h



Compartir en Facebook

Compartir en X

Compartir en LinkedIn

Compartir en WhatsApp



Copiar enlace



Guardar artículo
EDT-ANA-MARIA-SANCHEZ.png


Nos cuesta estar quietos, no solo física sino también mentalmente. Cada instante parece necesitar una tarea o una pantalla porque la idea de no hacer nada nos incomoda. Ahora que la actividad constante se interpreta como “productividad”, hacer una pausa se ve incluso como tabú. Sin embargo, el silencio bien podría ser el recurso más escaso y valioso que tenemos hoy en día.

Redescubrir el aburrimiento quizá sea la clave de la lucidez.


Durante décadas, la tecnología nos ofreció liberarnos del esfuerzo y del aburrimiento. Hoy se puede trabajar, estudiar, conversar y distraerse sin moverse del mismo lugar. Lo que no se previó fue que esa disponibilidad permanente acabaría ocupando el espacio que antes pertenecía al pensamiento. Las notificaciones interrumpen lo que antes era tiempo propio. Ahora ya no es necesario aburrirse, y justamente por eso nos cuesta reflexionar.

El aburrimiento, lejos de ser una falla, era el mecanismo natural que obligaba a imaginar y pensar. Cuando la mente se quedaba sin estímulos externos, buscaba hacia adentro, y en esa exploración aparecían ideas, recuerdos e incluso errores que llevaban a comprender mejor la vida. Actualmente, esa pausa se ha vuelto rara y tan pronto llega el silencio buscamos rellenarlo con algo. Revisamos el teléfono, abrimos una aplicación y le damos “play” para evitar ese vacío, pero nos perdemos la oportunidad de hacer introspectiva.

Este fenómeno no ocurre solo en las grandes ciudades. En lugares como Guatemala, donde todavía existen espacios de quietud regidos por el sol y la lluvia, la prisa digital también ha penetrado. Los hábitos de conexión continua han cambiado la manera en que se vive el tiempo, y lo que antes era calma, ahora se percibe como haraganería porque se ha desprestigiado la práctica de reflexionar. Y aún así, en la medida en que desaparece ese silencio aumenta la ansiedad y la confusión.

La mente necesita espacio para ordenar lo que vive porque, sin ese paréntesis, se vuelve una mezcolanza. Muchas personas describen una sensación de fatiga que proviene más del exceso de estímulos que del trabajo físico. Cada publicación en redes pareciera exigirnos reacciones u opiniones inmediatas y al final del día la sensación es de haber hecho mucho sin haber pensado nada.

El Año Nuevo suele presentarse como una oportunidad para empezar de nuevo. Se establecen metas y planes para aprovechar el tiempo. Pero quizás la renovación que más necesitamos no está en hacer más, sino en hacer menos. Tal vez convenga recuperar el tiempo vacío, ese tiempo en que no pasa nada visible, pero algo se acomoda por dentro de nuestra cabeza.

No hablo de rechazar la tecnología, porque eso sería ingenuo e inútil; hablo de ponerle límites. De permitir momentos sin estímulos, aunque al principio resulten incómodos. Podríamos caminar sin audífonos o comer sin mirar una pantalla, incluso esperar en la fila sin revisar el teléfono. Son ejercicios simples que nos devuelven la presencia que el ruido digital nos ha ido quitando.

El silencio, más que ausencia de sonido, es una condición mental que permite que las cosas encuentren su lugar. Cuando uno deja de consumir información por unos minutos, la mente empieza a procesar. A veces se incomoda, porque aparecen pensamientos que estaban solapados, pero ese proceso es el que permite comprender y tomar decisiones con mayor claridad.

Aprender a tomarse un momento antes de reaccionar puede ser una forma de libertad, porque nos permite ver las cosas con calma. Tal vez el progreso verdadero no consista en tener más conectividad, sino en hacer más conciencia. Y el primer paso hacia esa conciencia empieza con algo tan simple y tan olvidado como el silencio.

Sigue leyendo...
 
Atras
Superior